inglaterra

Viajo en Moto napoleónico

Hacemos podcast de motos y llegamos a los 150 programas, número redondo para seguir viajando con el viento en la cara. No solo podcast de motos, que eso es algo posterior. Primero hacemos el programa en directo, como cada miércoles, a las 22 horas (hora española. O a los @875 beats, hora de internet.

Y para celebrar con nosotros vienen al programa tres estrellas rutilantes. Cuatro, si contamos al ínclito Charly Sinewan que ya ha salido de Cuba con su moto y navega hacia México. En velero, ahí es nada. No le basta recorrer el mundo el moto, el resto de sistemas de transporte también le tienta.

Lulo “Peichs” vive en Inglaterra y, de cuando en cuando, sale al monte con su BMW. ¿Estarán allí mejor que nosotros en ese sentido? ¿Será más fácil salir a la campiña inglesa a pisar tierra con la moto que las pistas españolas? Saldremos de dudas y hablaremos de varias rutas en la Isla.

A Teo Romera, más conocido como MrHicks46, no hay quien lo pare. Está a punto de salir hacia México para preparar un viaje que luego hará como guía. Queremos que nos cuente sus planes y que nos desvele si va a volver a ser un motovlogger o es agua pasada.

Terminaremos con Ángel Sanz, nuestro “literato de guardia” que hoy nos lleva hasta Moscú siguiendo los pasos de la Grande Armée de Napoleón en retirada.

 

Y esta es la playlist del programa, muy clásico todo y muy de siempre.

The English Riviera

Martes 20 de junio de 2006 A causa de la latitud en este país amanece, prácticamente, a la hora de acostarse. Así las cosas, a las cuatro de la mañana ya estoy despierto mientras observo, somnoliento, el techo de la tienda de campaña, perlado de gotas de agua. No se podía esperar otra cosa de una tienda de campaña del Carrefour: condensación. Cierto es que por mil duros poco más se podía pedir. Aún tengo sueño y, por supuesto, decencia, con lo cual vuelvo a dormirme pero a las seis ya estoy con los ojos como platos y pensando en el dueño de la finca en la que estoy acampado. Consigo mantener la horizontalidad hasta las siete y media en que me levanto y recojo todo rápidamente para no dejar pruebas de mi paso por la zona. Aún así, no puedo evitar dejar algunos restos orgánicos y un poco de papel higiénico entre los matorrales. Vuelvo a la autopista y el mundo vuelve a ser como ayer, después de haber pasado la noche en territorio “salvaje”. El dormir en el prado con la tienda de campaña me causó una sensación de irrealidad, como si algo no encajara del todo, como si careciera de lógica. Todos estos pensamientos quedan disipados de inmediato al incorporarme a la vorágine del tráfico matinal en la M-4 hacia Cardiff. desayuno en una de las múltiples áreas de servicio donde, para no variar, me vuelven a dar el palo. Por una salchicha, una tostada, dos trozos de bacon y un agua pago, al cambio, siete euros, lo cual me parece bastante caro. Todo aquí es caro para mi maltrecha economía. Con el bolsillo convenientemente aliviado y cara de tonto vuelvo a la autopista un rato. Dejo atrás el estuario de Severn y ya tomo dirección sur por la M-5 hasta llegar a la altura de Tauton donde abandono la autopista para adentrarme en las carreteras secundarias. Hasta mañana a las once no sale el ferry para Santander, con lo cual tengo todo el día para vagabundear en la ruta, habida cuenta de que, por autopista, nom e separan más de 200 km de Plymouth. Visito Exeter y otros pueblos que, comparados con lo que he visto en Gales, Inglaterra y Escocia, no tienen nada que ofrecerme. La moto engulle kilómetros por carreteras agrícolas hasta llegar a algo que los ingleses llaman la “English Riviera”. Cuando ví la indicación, plasmada en un segado talud con setos y flores creí que esta riviera sería algo parecido a Marbella o a Niza o… cualquier cosa menos lo que me encontré allí. Si para ellos esta es su “Riviera” pues vale, pero el lugar deja bastante que desear.

 

Cientos de casas de alquiler jalonan la costa pero les falta la chispa, el ambiente y, sobre todo, los bares y restaurantes, con sus terrazas. ¿Qué riviera es ésta si no hay “movida”? Eso sí, los edificios, estéticamente, les dan mil vueltas a los de la especulada costa española. Y ya que hablo de edificios, en todo mi viaje no he visto rascacielos, ni siquiera edificios de siete plantas en ninguno de los lugares por los que he pasado. Aquí casi todo es de arquitectura amable, muy tradicional incluso en las nuevas construcciones. Las viviendas unifamiliares con jardín y patio son la tónica general, incluso en ciudades grandes. que suerte para un país poder vetar a pretenciosos arquitectos… 

Salgo de esta extraña “riviera” y vuelvo a las zonas agrícolas para. poco a poco, adentrarme en Plymouth, el destino final de mi viaje por el Reino Unido.  

Hoy sí que estimo oportuno quedarme en un camping porque ya huelo. Si no fuera por la ducha volvería a buscar un solitario prado para acampar, pero necesito un poco de higiene. Los B&B más baratos suelen costar unos 40 o 50 € y mi presupuesto ya está bastante desbarajustado así que me dedico a la búsqueda del camping. 

Mi idea es llegar a Plymouth, tomar una, (o dos), Ginness y buscar un “camp site” por los alrededores. Por cierto, lo del “camp site” es una palabra nueva para mi… cuando les decía “camping” parece que no me comprendían. La primera parte bien, llegar a la ciudad y recorrerla entera. Lo que no conseguí fue encontrar una terracita donde tomarme una cerveza con un ojo puesto en la moto. Por supuesto, al día siguiente ví varios lugares que cumplían los requisitos que yo exigía. La segunda parte, buscar un camping, me llevó unas dos horas. Encontré uno, completo, a 15 km de la ciudad y allí me indican otro que está a escasos 5 km de Plymouth. Tras varias vueltas a las diversas rotondas que tanto gustan aquí llegué al “camp site” donde, nada más montar la tienda, comenzó a diluviar. El camping era un lujazo, parecía que estaba acampado en el “green” de un campo de golf, todo segado de forma exquisita y cuidado hasta el mínimo detalle. Eso sí, la minuta diaria son 22 libras por la tienda y la moto. A las 8 de la tarde estoy en la tienda, recién duchado y escribiendo la crónica diaria co la vana esperanza de que deje de llover un rato para bajar a Plymouth a cenar y tomar una cerveza. Siguió lloviendo hasta bien entrada la noche y yo me dormí casi de inmediato. Mi cuerpo comenzaba a acusar el cansancio de los últimos dos días rodando intensamente.

Volando bajo en Gales

Lunes 19 de junio de 2006

Capítulo VI.

Dejo Chester con melancolía y al salir de la ciudad, rodando de nuevo en la campiña, me vuelve a invadir esa sensación de felicidad y de contenida emoción, esa sensación de sentirme inmensamente agitado en mi solitario periplo por estas tierras. La moto va como una seda, exceptuando el problema con el cuenta y el hecho de que no me marca la temperatura, nada preocupante. Y menos el tema de la temperatura, que ya hace semanas que dejó de funcionar. Como para los repostajes necesito saber el número de km recorridos, (lleno el depósito cada 300), realizo el cálculo con el GPS en lugar de usar el cuentakm parcial. También para saber a qué velocidad circulo, en estas carreteras llenas de limitaciones, con lo cual voy alternando entre las pantallas “mapa” y “datos”, un poco engorroso, pero efectivo. No he sido capaz de encontrar la avería del cuenta por más que he mirado y la opción del taller ni se me pasa por la cabeza en este país, habida cuanta de los precios que se estilan por aquí. Mientras voy disfrutado de mis placenteras ensoñaciones por tranquilas carreteritas un ruido ensordecedor hace que casi pierda el equilibrio. Fue como un enorme rugido, como un trueno que, bramando estridente, pasaba sobre mi cabeza. El susto fue tan monumental que tuve que detener la moto para sosegarme. En lontananza, alejándose de forma vertiginosa, un caza de la RAF, pasaba rasante a menos de 500 metros de altura rompiendo la quietud de las colinas galesas. Inmediatamente recordé cuando, a los 7 u 8 años, estando con mi padre en su taller nos sobrevolaron dos cazas a baja altura también con un ruido estrepitoso. Mi padre, dejó la forja y con el martillo en alto gritó con los brazos levantados “hijos de puta!!”. Fue una declaración de ideas, un bramido que le salía del corazón. Antes de poder darme cuenta estaba repitiendo las mismas palabras dentro del casco, de forma inconsciente, al piloto del F-16 y a toda su parentela, en venganza por el vuelo rasante que me sacó el corazón del pecho. Poco a poco la Yamaha devora kilómetros y nos vamos adentrando en el Gales profundo entre prados y bosquetes de escasa entidad. Me apetece conocer la costa oeste, el mar de Irlanda y las playas galesas, si es que las hay, así que enfilo la rueda en esa dirección después de pasar Wrexham. La carretera es cada vez más estrecha y en Llangollen tomo un desvío equivocado que va al norte de mi ruta. Al dar la vuelta para tomar la vía buena vuelvo a pasar al lado del “Museo del Motor” y, como la primera vez se me ocurrió parar y no lo hice, decido que el destino me ha enviado una señal haciéndome pasar dos veces por su puerta. Aparco y entro en el “museo”. Me quedo un poco de piedra cuando me reciben en una especie de oficina de taller sacada de una película. Un lugar oscuro, lleno de estanterías y con un pequeño mostrador de madera con el frente de cristal. Tras éste, coches de juguete, pegatinas y otros objetos de difícil descripción con rancia apariencia. Luego, una vez dentro, hay un pasillo estrecho con un montón de estanterías llenas de piezas de coche. Veo limpiaparabrisas, carburadores, manillas de puerta, bielas y un sinfín de repuestos que acumulan polvo y añoran tiempos pretéritos. – Definitivamente esto es un taller cerrado,- pienso.

 Y

si, era un taller cerrado, pero una vez superado el umbral era como sumergirse en el descuidado centro de trabajo de un viejo mecánico. Lo primero que me encuentro es una Norton de los años 30 o 40, aparcada en un recodo, como esperando a que alguien revisara las bujías antes de partir para Liverpool.

 

Luego, en la “zona de trabajo”, decenas de motos y coches de todas las épocas almacenados como a la espera de reparación. Casi todos estaban primorosamente restaurados, incluso una Harley del ejército de los años 40, con su pala y todo.

 

Dejo estampada mi firma en el “Libro de Taller” y hojeo algunos catálogos y revistas de los 50. Hay cientos. Definitivamente, el despiste y la posterior parada han merecido la pena.

Continúo mi marcha por carreteras cada vez más estrechas atravesando las Cambriam Mountains y me extraño de no cruzarme con nadie por estos parajes. Es como si solo yo y las ovejas, (los bichos de la caldereta, ya sabes), existiéramos en este superpoblado país. Durante varios km. ruedo por lo más alto de esta cadena montañosa que recorre Gales de norte a sur sin más compañía que los bóvidos y los bosquetes de abetos de jalonan la carretera, además de una fina lluvia que, de nuevo, vuelve a visitarme. Estoy en el centro del Aberhirnant Forest, en el borde del Parque Nacional de Snowdonia. Un nuevo error de orientación por no mirar el GPS y confiar en mi instinto, me saca de la ruta que me había marcado mentalmente y cuando me quiero dar cuenta estoy rodando por una carretera de poco más de dos metros de ancho, un especie de trinchera excavada en el verde de ambos márgenes, a tres metros de profundidad después de haber pasado por el extraño pueblo de Pen y Bon Fawr, otro de esos pueblos medio fantasmas. La diferencia es que este está situado en un bonito valle, una especie de olla rodeada de verdes montañas cubiertas de brezo.

Después de unos 15 o 20 km. rogando a los dioses galeses que no apareciera ningún coche de frente, aparezco en una vía un poco más ancha y mi mente se relaja. Sigue lloviendo suavemente, una lluvia fina y persistente que, aunque parezca extraño, me reconforta enormemente. Una vez más me invade esa extraña sensación de paz interior y de felicidad plena a los mandos de mi Yamaha Tenere. (dita sea, me estoy enamorando de ella). La carretea, que discurre ahora entre alisos, abetos y arces, invita a una conducción relajada y al solaz recreo de la vista. A menudo pienso que es una lástima disfrutar solo de este viaje aunque, seguramente, ahí es donde está la gracia del mismo. Mientras estoy absorto en mis pensamientos y en el devenir viajero llego a “Lake Vyrnwy”, una reserva natural donde abundan los urogallos, mochuelos y zarapitos entre otras aves. Me cruzo con varios coches con tablas de windsurf e inmediatamente intuyo de que es un centro de deportes acuáticos. Para llegar al lago desde la población de Llanwddyn hay que hacer dos km en uno de los tramos mas bellos que he visto en toda la ruta. Aún se me pone un nudo en la garganta al recordar la revirada carretera, oscura a pleno día a causa de los árboles que impiden la entrada de la luz. A mi izquierda el río y los alisos dominándolo todo. Una curva enlaza con la siguiente mientras la Teneré y yo ascendemos por la suave pendiente con perfectas trazadas.

Al llegar al lago una nueva sorpresa me espera. En realidad no es un lago sino un embalse artificial… esto del idioma sigue siendo un handicap. Aún así el lugar es impresionante.

La presa es una mole de bloques de piedra con multitud de arcos. Nuevamente, nada que ver con las presas de mi tierra, tapones de hormigón armado herencia del pasado franquista.

El embalse de Llanwddyn se terminó de construir en 1888 y su objetivo era abastecer de agua a Liverpool, en constante crecimiento en plena revolución industrial, y dejó sepultada bajo sus aguas la antigua aldea. Me imagino las grúas a vapor moviéndose pesadamente para colocar los grandes bloques de piedra en su sitio

Digo adiós a la presa y en poco tiempo salgo de estas carreteras de segundo orden para retomar dirección oeste, hacia la costa. Voy dejando atrás el valle del Dover por la A-489, pueblos y pequeñas ciudades que constantemente me recuerdan a Asturias, sobre todo por los campos y pequeños bosquetes, tan típicos de la zona centro asturiana. Aquí las construcciones son más standard que en el centro de Gales o el oeste de Inglaterra. Aún sin llegar a la histeria del ladrillo español, no es ésta una zona que encandile por su arquitectura. Por fin llego al mar, a la ciudad de Aberystwyth, un nombre que ni me atrevo a pronunciar en inglés. A dos o tres km de la city, en un promontorio que me ofrece buena vista de la bahía de Cardigan, compruebo anonadado, que no hay playas ni acantilados. Simplemente no existen. En su lugar extensiones verdes perladas de ovejas se adentran en el agua o roquedos y areneros plagados de algas se adentran en lo verde. No hay turismo, no hay chiringuitos, solo agua salada al lado de los prados.

 

No puedo seguir porque mi culo lleva un rato diciéndome que me detenga cuando, de repente, una “tavern” se interpone en mi camino obligándome a gastar 2,50 pound en una Ginness bien fría. He descubierto un vicio nuevo que, unido a los que ya tengo, me va a llevar a la perdición. Seis años sin cerveza es mucho castigo y mucha cerveza para recuperar el tiempo perdido.

Una vez satisfecha la perversión cervecera continúo por la costa en dirección sur con la esperanza de encontrar un camping en la zona de Swansea, cerca del sur de Gales. Atravieso la península de Pembrokeshire y me voy internando en una zona mucho más poblada que el centro y el oeste galés y con un marcado carácter industrial. Poco tardo en darme cuenta de que aquí me va a costar trabajo encontrar un camping así que opto por la acampada libre, que seguramente esté prohibida en este educado país. Ya he recorrido unos 350 o 400 km por carreteras de todo tipo, sobre todo secundarias estrechas y reviradas y estoy muy cansado. Recorro los suburbios de Swansea sin encontrar más verde para poner la tienda que los jardines de las casitas del extrarradio, el resto está construido o es demasiado pendiente. Dejo atrás la ciudad y recalo, sin saber como, en un insustancial polígono industrial donde, afortunadamente, el sentido común se impone y me recomienda no acampar en esta zona. Ahora ya estoy en Port Talbot, con Swansea veinte km atrás. Aquí las chimeneas y las luces de sus fábricas me rodean por doquier. Rotondas, pasos elevados, autovías, autopistas… toda una suerte de infraestructuras varias me rodean por todos lados mientras comienza a anochecer y busco desesperadamente un mal sitio donde caerme muerto. Por fin, después de dar vueltas un rato más consigo evadirme del laberinto de hormigón y encuentro una zona agrícola. El primer prado que veo me parece idóneo; recién segado, rodeado por un muro de piedra y con algunos árboles sueltos. Por fin la suerte me sonríe, la búsqueda ha sido recompensada. Busco la entrada a la hacienda y la encuentro flanqueada por una verja, sobre la cual puede leerse, “Margam Park” y tras ella un todo terreno de los vigilantes jurados. Mi gozo en un pozo. A poco más de dos km de aquel idílico, pero vedado lugar, encuentro un camino de tierra que se adentra en un espeso bosque. Me meto hacia lo incógnito y aparezco en un prado segado y rodeado de árboles. Ahora si. De aquí no me saca ni dios! pienso mientras monto la tienda, eso sí, con un ojo pendiente del acceso para ver cuando llegaba la policía o el dueño del prado. Me imagino a mi mismo intentando explicar a cualquiera de ellos, con mi inglés macarrónico, mi presencia en aquella propiedad privada. Una vez erigido mi transitorio hogar, en la soledad de aquel lugar, intento recapacitar sobre lo que ha dado de sí el día de hoy; tarea imposible, el cansancio me lo impide y me duermo de inmediato

 

 

Chester-Port Talbot, 400 o 450 km.

Escocia hace Aguas

Domingo 18 de junio de 2006-07-14 A lomos de la Yamaha Tenere salgo de Stirling a las nueve o diez de la mañana con el cielo encapotado y amenazando lluvia. Mi idea es visitar Edimburgo para luego seguir, en dirección sur, hacia Chester donde voy a quedarme uno o dos días en una casa del Hospitality Club. Al llegar a Edimburgo me llevo una desilusión porque había leído maravillas de esta ciudad y lo que voy viendo no me gusta gran cosa. Las grandes avenidas y, sobre todo, el extrarradio no me aportan nada nuevo, supongo que el centro, la ciudad vieja será distinto. 

Doy varias vueltas dejándome perder una y otra vez por el centro entre el escaso tráfico de un domingo por la mañana. Todo está muy tranquilo, parece que la ciudad aún no se ha despertado. Después de callejear un rato, siempre muy atento a los semáforos y a los cambios de carril, veo que la ciudad no me enamora a primera vista y decido perderme los encantos ocultos de, la que dicen, es una de las ciudades mas bellas de Europa. Otra vez será. En lugar de ir a buscar la confortable autopista M-74 que, junto con la M-6 y la M-5 atraviesan el país longitudinalmente, tomo una carretera nacional que va más al este, por Galashiels hasta Carlisle, la A-7. Poco tarda en comenzar a llover y tan solo un poco más en diluviar de modo que estiro las paradas todo lo que puedo y solo me detengo a repostar. Cuando me convenzo a mi mismo de que el aguacero va para largo, después de una hora de viaje, me pongo el traje de aguas porque el pantalón waterproff con el tiempo “hace aguas”. Parado en un apartadero en mitad de la nada y bajo una persistente lluvia, me doy cuenta de que he perdido parte de mi equipaje. Durante unos instantes dudo si dar o no la vuelta a buscar lo que haya quedado y al final decido volver a ver si se ha salvado algo. Afortunadamente, a los pocos km. encuentro mi bolsa de basura despanzurrada con parte de su contenido mirando al cielo que arroja agua sin compasión. Después de evaluar los daños veo que no hay grandes bajas así que recojo todo, lo fijo con más seguridad a la montura y continúo ruta. En Carlisle, harto de lluvia tomo la M-6 y el viaje continúa su aburrido ritmo hasta las cercanías de Manchester donde el cielo parece haber agiotado sus reservas de agua.Llevo unos 350 o 400km, de los cuales 300 han sido bajo variadas intensidades de lluvia. En poco más de una hora estoy en Chester buscando la casa de Gricel, una chica cubana que me brinda su casa para hospedarme. Lo que voy viendo de la ciudad me deja anonadado por su belleza.  

Más tarde, paseando por el canal, por la muralla romana o por sus calles plagadas de historias, no doy crédito a lo que veo. Es una ciudad de cuento donde una postal preciosa aparece al doblar cada esquina.

 

 Las casas del centro histórico son algo increíble, todas blancas con sus vigas pintadas en negro, todas encandilando al visitante con su belleza. Una vez más tengo un recuerdo para los arquitectos españoles del feismo, a los que Alá confunda.  

Mientras Gricel me muestra muchos rincones de ensueño, no puedo dejar de pensar que a la ciudad, aún siendo una maravilla le falta algo. Ya sé, le faltan los bares!. En España una ciudad como esta estaría llena de bares, de restaurantes, de terrazas… aquí la mayoría de los establecimientos son tiendas donde los ingleses revierten su altísimo poder adquisitivo. Yo, como no soy ingles, me conformo con mirar. Paseamos por el canal con sus decenas de exclusas, bordeando la muralla para terminar el día con una pinta de Ginness en un típico pub inglés al lado del río. Chester no es una ciudad peligrosa, pero, como en todos sitios cuecen habas, Gricel me sugiere que guarde la moto en casa. Así que, ni corto ni perezoso, le quito las maletas al trasto y, con gran tiento, la moto entra por la puerta principal, quedando cómodamente instalada en un típico salón inglés con chimenea. Me pregunto que pensaría el marido de Gricel si supiera que hay un hombre y una moto en su casa, tomando el té en su salón y saliendo a pasear con su chaqueta Northface. Afortunadamente el hombre está en Barcelona y no regresa hasta el martes. Disfruta del concierto, majo. 

Al día siguiente, antes de irme, vuelvo a pasear por el centro buscando un tienda de fotos para descargar las tarjetas de la cámara a un CD. Vuelvo a quedarme embelesado con todo esto. Pero el correctísimo dependiente me saca de mi ensoñación. La grabación del CD me ha salido por 7 libras esterlinas. – Hijo de puta atracador- , pienso mientras le extiendo un billete de diez con la mejor de mis sonrisas. Si algún día, sufrido lector, vas a Inglaterra, acuérdate de pasar por Chester. Jamás olvidarás sus calles.

  

 

 

Stirling-Chester 500 km. aproximadamente

El Gaitero en el Lago

Jueves 14 de junio de 2006

Hoy es mi primer día completo en Escocia y me levanto a las siete de la mañana para ir a desayunar y acudir al congreso internacional en el que estoy inscrito. El día amanece despejado y apetece salir a conocer un poco esto. Digo que amanece despejado, pero en realidad parece que no ha anochecido del todo. Sobre las 11 de la noche aún quedaban restos de luz crepuscular y a las cuatro de la mañana comenzó a amanecer. Hay que tener en cuenta que estamos muy al norte, en la misma latitud que Moscú, por ejemplo, y el círculo polar ártico está a tiro de piedra.

Después de desayunar me voy al salón de actos y compruebo, desilusionado, que no hay traducción simultanea. – Coño!- , pienso – tan avanzados que están los de esta isla bien podrían haber pensado un poco en los extranjeros, que aquí hay gente de los cuatro continentes y no todos dominamos la lengua del imperio. Acudo a la primera de las charlas impartida por una diputada local y no me entero de gran cosa. Solo consigo pillar algunas palabras sueltas. Visto el efecto que va a tener el congreso éste sobre mi persona decido pasar de todo y encaminarme hacia lugares más propicios para mi enriquecimiento personal. En menos de veinte minutos ya estaba de nuevo sobre la moto, como no, en dirección norte, mientras mis compañeros aguantaban estoicamente el tostón. Me sentí un poco avergonzado por “pirar clase” el primer día, pero mi autocomplacencia es grande y pronto olvidé el asunto. No era cuestión de tirar los pocos días que iba a estar por estas tierras escuchando incomprensibles discursos.

En la primera gasolinera que encuentro me paro a repostar y pregunto por dónde se va a Doune, donde hay un famoso castillo. El gasolinero, muy amable y hablando un inglés bastante comprensible me envía por unas carreteras secundarias en lugar de ir por la general. La cosa se agradece porque además de haber muy poco tráfico discurren por zonas muy bonitas. 

Llego a Doune y le hecho un vistazo rápido al castillo. Solo por el exterior porque quiero ver más cosas y no dispongo de demasiado tiempo. En castillo es impresionante y está en un entorno

realmente bello.

 

Continúo en dirección nor-noroeste por la A-84 ora entre prados, ora entre abetos por una carretera con buen firme aunque estrecha. Después de pasar Callander por el Paso de Leny, un paraje angosto lleno de curvas y arboleda, el mundo se abre de nuevo y llego al lago Lubnaig.

La belleza de este pequeño, (para lo que se estila por aquí), lago me sobrecoge y me veo obligado a detener la moto para reflexionar. Hay unas cuantas personas en el borde del lago. Algunos en silencio, otros almorzando con sus mesas de pic-nic y otros simplemente admirando la quietud y la belleza de este lugar. El lago está rodeado de montañas de escasa altitud, como son aquí todas las montañas, con bosquetes de abetos, abedules y alisos rodeando la masa de agua. Me bajo de la moto, me quito la cazadora y el casco con parsimonia y saco la gaita de la mochila. En la orilla, con la lámina de agua ondulando a mis pies entono la Muñeira de Grandas mientras que los pacientes escoceses me miran con una cara que va de la sorpresa a la resignación.

Cuando termino, desmonto de nuevo la gaita, la introduzco en la mochila y me voy, dejando a los perplejos espectadores con semblante circunspecto. Si al menos me hubieran aplaudido podría haber hecho una reverencia a modo de despedida, incluso un “bis” si la ocasión lo requiriese, pero en vista de su parquedad, me voy tan serio y altivo como he llegado, como si les hubiese hecho el favor de regalarles los oídos con una pizca de mi música. He de decir que soy bastante malillo con la gaita, pero también, añadir en mi descargo, que solo llevo tocando nueve meses, aún no he parido lo mejor de mi.

 

Sigo ruta después del parón musical dejando atrás el Ben Vorlich y Lochearnhead, otro precioso lago que paso por su extremo oeste. A partir de aquí descubriré que los loch, los lagos, son una constante en el paisaje escocés y que los hay de todos los tamaños y formas; grandes, pequeños, bonitos, feos, pero la mayoría con un encanto especial. Por esta zona comienzo a ver cortas de madera y bastantes aprovechamientos forestales, con grandes repoblaciones de abeto y pino. Es un paisaje que recuerda a las fotos de Canadá o algunos parques nacionales de Estados Unidos, con sus lagos y sus abetos. Bucólicas estampas después de cada curva. Bordeando el Loch Tay, a los pies del Ben More me uno a una pareja de moteros holandeses, l en una Yamaha TDM y ella en una BMW GS650. En una zona de obras en la que tenemos que detenernos me pongo a su lado, nos miramos, hacemos una leve inclinación de cabeza y continuamos unos km. juntos, hasta Crianlarich, donde el hambre nos obliga a parar. No podemos intercambiar muchas impresiones porque, a pesar de que hablan entre los dos, inglés, alemán, francés y flamenco, mi dominio de cualquiera de estos idiomas es muy pobre. Ya ves para qué les sirvió saber tantos idiomas!! Conseguimos entendernos en su escaso francés. Se muestran un tanto extrañados por la estética de la moto y me pregunta la marca y el modelo. La verdad es que de Teneré le va quedando cada vez menos con las sucesivas oleadas de custumización ratera. De Crianlarich me dirijo hacia Fort William, sin saber nada de la ruta porque me he dejado las guías en la universidad. No se para que me molesto en comprar nada. Ni la guia, ni el diccionario, ni el diccionario fonético… aquí va todo por las bravas. La ruta en cuestión es una especie de altiplano bastante frio, con unas rectas enoooormes jalonadas por imponentes montañas. Bidean nam Bian y otros vocablos impronunciables son los nombres de estas moles con tapiz verde.

 

Las montañas no tienen mucha altitud, de hecho el punto más alto del país es el Ben Nevis con mil trescientos y poco metros. Lo que ocurre es que se pasa de los 100 o 200 metros sobre el nivel del mal a los 900 o 1000 en muy pocos metros, con lo cual las montañas son enormes y de laderas escarpadas. El paisaje recuerda un poco a los Pirineos en algunos puntos, aunque, en general, me recuerda a Asturias constantemente. Aquí es el lugar donde comienzan las Highlands, las tierras altas donde los ladrones de ganado en tiempos ulteriores campaban a sus anchas. De hecho, a expensas del ejército inglés se construyó una vía de tren para acceder a Glencoe y a Fort William y paliar así los efectos que estos rudos cuatreros hacía sobre la cabaña ganadera de los grandes clanes, imagino que la versión escocesa de los ricos terratenientes españoles. 

El ganado principal aquí, al igual que en el resto del país son las ovejas, (ya sabes, el ingrediente básico de la caldereta), pero además hay unos bichos con cuernos y con cara de buena persona, las Cow Hair o, como yo las llamo, las vacas peludas. Son uno de los emblemas de las Highlands.

 La bajada hacia Glencoe, lugar que a muchos les sonará porque hay una famosa marca de wisky, es un tanto vertiginosa en algunos puntos, pero disfruto mucho rodando por aquí. Parece que esta es una ruta habitual de motos porque las hay de todos los colores, eso sí, alta cilindrada, y alto precio, que no veo ningún trasto como el mio por estos lares.  

Fort William es una villa un tanto anodina. Creí que iba a ser otra cosa y me siento un poco

desilusionado.

 

Oigo música que sale de la zona peatonal en inmediatamente me detengo no vaya a ser que necesiten de mis servicios como gaiteiro, aunque con la cantera que tienen aquí lo dudo. Cuando me acerco un poco más, después de dejar la moto, me encuentro a unos sioux cantando danzas tribales. 

Por un momento pienso si no habré dado un salto en el tiempo y el espacio. Solo espero que no estén cantando la danza de la lluvia. 

Durante un rato estuve pensando si dirigirme al norte, al Lago Ness o si al este, al mar y a la zona de Argyll. Al final deshecho la posibilidad del lago Ness porque todo el mundo dice que no es muy bonito y además tengo que regresar a Stirling o buscar alojamiento por la zona, lo cual es una lástima teniendo el alojamiento y la comida ya pagados en la universidad. La decisión fue un acierto. Voy rodando por una carreterilla de segundo orden siempre con el mar a mi derecha, con muy poco trafico y disfrutando de los olores y del mar. El tiempo ha refrescado bastante y de vez en cuando caen dos o tres gotas, pero las nubes permanecen altas y no presagian lluvia. Los nativos americanos no han tenido éxito. Espero que vendan muchos cd’s. 

En Inveraray me detengo a ver el imponente castillo con sus cuidados jardines alrededor. Me pregunto quien será el dueño de todo esto porque en un cartel, a la entrada, pone claramente que es propiedad privada. La envidia me reconcome un ratillo. 

Ahora me dirijo al Lago Lomond que es enorme. Creo haber leído en algún sitio que es la extensión de agua dulce más grande de el Reino Unido. Yo, acostumbrado a ver las lagunas y lagos de mi tierra me quedo un poco sobrecogido con estas cosas. Y hablando de tamaños, (dicen que no importa), en todos los mapas que he consultado, y fueron muchos, esto parecía mas pequeño. El United Kingdom y Escocia en particular, ha resultado ser mas grande incluso que la grandeza que propugna su graciosa majestad. Rodeando el lago me di cuenta de que ya estaba un poco harto de ruta, tenia el culo cuadrado y la moto hacia ruidos extraños a ir a detenerse. Estuve un rato preocupado por esos ruidos hasta que, al final, el cuentakilómetros dejo de funcionar y los ruidos cesaron por completo.

 

Desde el lago Lommond hasta Stirling escogí una ruta alternativa, fiel a mi estilo. Una carreterita de tercer orden, la “Old Military Road” donde todas las gasolineras estaban o cerradas, o había que llamar al dueño para que te sirviera gasolina. No caí en la cuenta que desde que hice el reglaje de válvulas y carburación, en la lejana ciudad de Lugo, la moto consumía la mitad que antes, de modo que iba preocupado por nada. Al llegar a la universidad me encuentro con los compañeros que, muertos de envidia desearían tener una moto para moverse a sus anchas por la zona. 

De nuevo, visito el bar donde descubro, después de tomarme unos wiskys, que la Ginness de barril no me da alergia, como el resto de las cervezas. Ya llevo más de seis años sin catar la cerveza y este descubrimiento reabre viejos placeres para mis anquilosadas papilas gustativas. La resaca de mañana es un hecho esperable 

Stirling-Fort William-Stirling Unos 350 o 400 km.

      

En el Valle del Edén

Miércoles 14 de junio de 2006 Hoy me he levantado con un sol de espatarrar. Me ha subido el animo porque contaba con otro día de lluvia a mansalva, pero parece que las cosas van mejorando. No hay que olvidar que ayer era martes y 13 y, aunque a estos de aquí no les afecta, (solo el viernes trece), a mi parece que si. Sim embargo hoy, sol por un tubo y temperatura agradable para rodar y rodar, como dice la ranchera. Me despido de Pauline y su marido, una gente encantadora y convenientemente instalado a los mandos de la Yamaha me dispongo a pasar otro día en la carretera. El marido de Pauline me ha dicho que si tengo tiempo me desvíe en el Lake District, al norte de Liverpool y justo al sur de Escocia y, si todo va bien esta mañana, es lo que haré. 

 

Tardo poco en incorporarme a la autopista M-6 y lo hago al sur de Manchester y Liverpool. La M-6 pasa entre estas dos ciudades y como os podéis imaginar el tráfico durante este tramo es algo increíble. Yo no estoy acostumbrado a las grandes ciudades, ni a aglomeraciones de coches en autopistas de cuatro carriles y lo que voy viendo me supera. Voy rodeado de coches y camiones mientras paso de un carril a otro con soltura y procurando ser tan cívico como lo son mis compañeros de autopista. En pocos minutos ya estoy acostumbrado a la marabunta y me muevo como pez en el agua. Hecho de menos una moto más rutera, que me tape mejor el viento en la cabeza y que se mueva más desahogada, pero, de momento, es lo que hay. Continúo por la autopista durante 160 o 170 km, hasta llegar a la altura de Morecambe Bay, con el Mar de Irlanda al oeste. Tomo la salida hacia Kendal con la intención de adentrarme en el Lake District, en la región de Cumbria. Kendal es una población bastante bonita que atravieso sin pena ni gloria. Muchas veces pienso en que me cuesta mucho trabajo bajarme de la moto cuando estoy en viajes largos, con destino prefijado. Es como si me diera pereza apagar el motor y realizar ese ejercicio de poner un pie delante del otro… como se llama… Ah!, si, caminar. De Kendal sale una carretera hacia el norte, la A-6, que discurre paralela a la autopista y al Lake District Nacional Park y ésa es la opción que escogí. No fue algo premeditado, sino fruto de una equivocación. Entre el gps, el mapa y las indicaciones en inglés creo que me lié un poco a causa de disponer de demasiada información de modo que mi intención primigenia de atravesar el parque nacional quedó frustrada. Aún así la carretera esta no estaba nada mal. Una solitaria vía por la que discurrir plácidamente, lejos del tráfico y pasando por pueblos que, de puro tranquilos parecen fantasmales. El sol sigue luciendo y, a ratos, alguna nube hace que me ponga en estado de “prevenidos”, por si acaso. La verdad es que me importa muy poco si llueve o no. Unos miles de litros de líquido elemento sobre mi no van a conseguir aguarme el viaje. Siguen acompañándome, en los prados que bordean la carretera, las sempiternas ovejas, unos bichos omnipresentes en este país donde, si les gustara como a mi la caldereta de oveja que preparan los pastores extremeños en las majadas, iban a tener muchos menos ejemplares. Me encuentro con que no se puede acceder a ninguna de las pistas que se internan en los montes. Todas están cerradas con vallas y tela ovejera o disponen de su correspondiente cartel prohibiendo el paso.  Por estos lugares hace ya años que se olvidaron de salir con la moto al campo. 

Así las cosas, deslizándome cual grácil damisela, por la geografía inglesa llego a Penrith en el Valle de Eden, solo a tres millas del Parque Nacional del Distrito del Lago.

 

La ciudad, como todo por aquí, es una pasada. Me maravillo una y otra vez con el estilo inglés. Los carteles de las tiendas, las fachadas, los edificios, todo tan… inglés.

 

Me pregunto porque mi país no puede tener unas construcciones tan hermosas, porque no se puede respetar lo tradicional, porque el feismo tiene que engullirlo todo de una forma brutal. Aquí hay una postal detrás de cada esquina, un rincón delicioso aparece donde menos te lo esperas y la vida parece transcurrir sin sobresaltos.

 

Aparco la moto en mitad del pueblo, justo en la plaza mayor, al lado de la torre del reloj, que tiene una placa de bronce con un texto en inglés que me niego a descifrar.

 

Ésta es una ciudad dedicada, principalmente, al comercio, donde puedes encontrar cientos de tiendas de lo más variado. Es una lástima que no pueda quedarme mucho rato, pero quiero llegar a Stirling antes de las cinco de la tarde. Me voy bastante frustrado por este motivo, pero, al fin y al cabo, esto no es un viaje de turismo, estoy aquí por motivos de trabajo. Dejo con pena la ciudad de Kendal y retomo la aburrida autopista en dirección a The North, que es como se señala en la M-6 la dirección norte. Me parece una buena idea esto de señalar el norte o el sur, en lugar de poner el nombre de una ciudad. De este modo si, como yo, te diriges al norte del país solo has de seguir la flecha, sin preocuparte de mirar en el mapa cuales son las ciudades grandes que hay allí. Es como si a la salida de la Coruña por la autopista A-6 hubiera un cartel que pone El Sur, el lugar de Madrid. He rodado unos 50 km fuera de la autopista, según he calculado en el mapa, aunque a mi me parecieron bastantes más, supongo que por lo lento que rodaba y porque hice bastantes paradas para sacar fotos. Ya estoy en Escocia y siento una especie de escalofrío recorriéndome la nuca. Para ser sincero no creí poder llegar tan al norte sin ningún percance, tipo “mierdapalaceite” o “menudoarrastróntantonto”. De momento todo discurre según lo previsto y ningún contratiempo serio hace que se me borre la sonrisa. Al llegar a Escocia se aprecia un empeoramiento de las carreteras, sobre todo cerca de Glasgow, con la autopista parcheada y un firme de peor calidad. También reparo en la ausencia de árboles. Todo está pelado y el ingrediente principal de la caldereta de oveja se mueve a sus anchas entre estas enormes extensiones de pasto. Además, el estado de la vía es inversamente proporcional a la velocidad con que se desplazan los escoceses. Si el England todo el mundo circula a 100-110, aqui lo hacen a 120-130, supongo que cuanto más al norte, más prisas… o que la policía es más permisiva. 

Cuando llego a Stirling me doy una vuelta por la ciudad y, como no, subo al castillo, el segundo más famoso de Escocia, después del de Edimburgo. Allí, volveré más tarde para la recepción que nos hacen a los que acudimos al congreso internacional, (recordemos que estoy aquí por cuestiones de trabajo), por lo tanto doy un vstazo rápido y bajo a buscar un mapa a la oficina de turismo.

 

De allí a la Stirling University, donde los organizadores del congreso me enseñan mis aposentos y me dan toda la documentación del evento. Además me regalan una botellita de güisqui a la que le doy el primer liongotazo, sin haber comido, a las cuatro de la tarde, antes incluso de saber decir “ponme un güisqui”. El licor baja por mi garganta como abriéndose paso a patadas, puedo notarlo, y me calienta las entrañas. Dios, que rico!! Era de ley: nada más poner el pie en Escocia hay que tomarse un lingotazo del licor nacional y si hay que hacerlo en ayunas, pues se hace. Es lo que siempre digo cunado me dan el pincho en los bares: – Lo siento, no como entre bebidas – Subido en un autobús de dos pisos recorro con mis compañeros de congreso las calles de Stirling con dirección al castillo, donde tenemos preparada la recepción. 

 Al llegar nos recibe una banda de gaitas, ataviada con el típico kilt, (la famosa falda), tras los que entramos al castillo por la puerta grande mientras escuchamos “Scontland, the Brave”, uno de los sones más famosos y más trallados de esta tierra. 

Luego de un montón de discursos en un perfecto inglés que no comprendo, comemos, entre otros manjares, haggis, un embutido típico de aquí que está buenísimo. Básicamente consiste en vísceras de cordero especiadas con alguna otra delicia que no conozco. Un manjar. Todo ello regado con vino en abundancia, (de California, que aquí no hay). Durante todo este tiempo voy portando un saco de espeleología amarillo que, por las miradas del resto, deduzco que llama mucho la atención. Guido, un italiano de la misma Italia me pregunta: – Que llevas en el saco. – – Si te lo digo – respondo socarrón – no te lo vas a creer. Cuando la copiosa ingesta alcohólica va soltando mi verborrea anglosajona, abro el saco y extraigo mi gaita asturiana. Me dirijo al jefe de los gaiteros, un escocés de metro noventa y, con la gaita fuera de su vista le pregunto – You play the pipe? (tocas la gaita) – Yes!, me responde con seriedad – Pues… play this one, (toca ésta), – si tienes cojones -, añado mentalmente. 

Y tocó, tocó. Pero el instrumento emitía tales quejidos que, inmediatamente, me arrepentí de mi osadía. Eso me pasa por listo y vacilón. Luego, después de unas risas toqué, como buenamente pude, la Muñeira de Boal, rodeado de señores con falda que me aplaudieron como si, realmente, supiera tocar. 

Nantwich – Stirling 450 o 500 km. más o menos

La Húmeda Campiña

Martes 13 de junio de 2006

 En el barco ceno un bocadillo mientras leo el periódico. Me zampo todos los artículos, incluidos los de deportes que nunca suelo leer, mientras el “ship” se menea arriba y abajo. Luego me recorro todas las cubiertas con parsimonia, por si se me había escapado algún detalle la primera vez.

Por fin, a media tarde, encontré la sala de butacas para descubrir que lo que en la página web de Brittany Ferrys anuncian como “cómodas butacas” no lo son tanto cuando decides dormir. Afortunadamente casi nadie viaja en butaca y puedes optar por dormir en la moqueta, más dura pero al menos estás en horizontal. Consigo dormir a ratos, siempre con el sonido de fondo de unas molestas vibraciones en el techo.
A las siete de la mañana ya estoy de nuevo en el restaurante ante dos chuscos con mermelada y un café que me han costado 4,5 libras, unos 6 o 7 euros al cambio. Dudo si comérmelos y ponerlos en una vitrina.
Después de desayunar recojo el caso y la cazadora en la habitación de equipajes y bajo a la bodega.

 

 

Ya tengo muchas ganas de ver la moto y comprobar si todo está en orden. En el ascensor bajamos varias personas pertrechadas con los atalajes moteros, todos sonreímos un poco, pero yo más que los ingleses, off course.
En menos de 20 minutos estamos en el puerto, bajo una insistente lluvia que parece decidida a acompañarme durante todo mi viaje. Había leído las previsiones meteorológicas días atrás y no parecía que fuese a llover, pero el Paco Montesdeoca inglés no ha dado en el clavo. Delante de mi están Jose y su chica con la Honda Deauville. Los he conocido ayer en cubierta y esta mañana nos hemos encontrado otra vez al recoger las motos. He decidido hacer con ellos un tramo.
Después de hacer cola bajo la lluvia para pasar la aduana nos adentramos el Plymouth guiados por la pda de Jose y tomo contacto con la conducción por la izquierda y con las rotondas en el sentido de las agujas del reloj. Nos adentramos en la “motorway”, atestada de coches y sigue lloviendo, aunque a ratos lo hace con más intensidad de modo que, por momentos, la visibilidad es casi nula. Vamos todo el tiempo a 100-110 km/k, superando camiones y más camiones. Me llama la atención que nadie, o muy pocos, superan los 120 Km/h… ¿Serán las multas?
Así transcurren 200 km. Ya he perdido a los de la Honda . Su ritmo era demasiado lento y me adelanté un ratillo para quitarme el tedio. No los volví a ver.
A la altura de Bristol el agua cae como si los angelitos hubieran quitado el tapón de la piscina lo que, sumada a la que levantan las ruedas de los camiones hace que por momentos sienta miedo de perecer ahogado. Para entonces ya noto el pañuelo empapado y el cogote enfriando. También los pantalones, waterproff, han comenzado a calar en la zona genital. Ahora puedo decir con autoridad que estoy de agua hasta los cojones.
Dejo atrás Bristol y giro hacia el oeste en dirección a Gales atravesanto el puente de peaje sobre el rio Severn. En el Reino Unido todas las autopistas son gratis, pero en los puentes hay que pagar. La sorpresa llega en el peaje cuando me abren la barrera antes de sacar el money. Ante mi extrañada mirada el operario me señala el cartel: motorbikes free. Mira tu por dónde me acabo de ahorrar las 4,5 libras de impuesto revolucionario.
Un poco más adelante, en Newton, me paso dos salidas y tengo que desandar el camino para dirigirme al norte, atravesando el País de Gales y olvidándome por hoy de la autopista, lo cual es un alivio porque me resulta un poco estresante con tanta lluvia y tanto tráfico. Nada más salir me detengo a repostar y a comer algo en un área de servicio y entablo algo parecido a una conversación con un galés que viaja en XT, también harto de lluvia.

Después de dos sandwiches continúo hacia el norte, afortunadamente sin la compañía de la lluvia. Esto, unido a que voy por carreteras comarcales, me permite disfrutar de algunos lugares llenos de encanto como Cwmbran, (o era Abergavenny?), el típico pueblo inglés de postal.

Mi intención es llegar a Nantwich, cerca de Chester, donde he contactado con un matrimonioque me brinda su hospitalidad y su casa. Los conocí a través del “Hospitality Club”, un club internacional de gente que ayuda a otra gente.
Desde Hereford a Shewesbury la carretera es muy bonita, las cunetas no están llenas de basura como en algunas zonas de España. Aquí los márgenes de la carretera parecen un alargado green de golf, con su cortacésped recién pasado. Durante todo el trayecto por England veo decenas de coches, (y alguna moto), con la bandera blanca y roja de Inglaterra. así como algunos pubs y viviendas decorados con la enseña patria. Pensé que celebraban el día nacional, el homenaje a la bandera o que eran grandes patriotas, pero al final resultó ser algo tan banal y mundano como apoyar a la selección de fútbol inglesa en el mundial de Alemania. Los galeses, escoceses e irlandeses no se han clasificado. No tenía ni idea de que en un país hubiera tantas selecciones, en fin, cosas de ésta gente.

Me fijo, (como pa no), en que cada vez que lleno el depósito son 17 libras esterlinas más o menos, por 17 litros de gasolina. Al cambio vienen a ser unos 25 euros, lo cual no está nada mal.
Sigo hacia el norte y el cansancio y la tensión de conducir bajo condiciones adversas, (lluvia, señalización en inglés, conducción por la izquierda…), van haciendo mella en mi. A pesar de estar feliz cual cerdo en el barro, estoy harto de moto y de carretera. además vuelve a llover en la campiña galesa. Afortunadamente no se me hace novedad.
Al fin llego a Nantwich, donde Pauline y su marido me esperan.

Me sorprendo a mi mismo hablando inglés con una soltura inusitada. Me hago entender con facilidad, habida cuenta de que mi dominio de este idioma raya con lo nulo. Nunca estudié inglés y todas las palabras que sé provienen de lo que he aprendido navegando por Internet. Lo peor es que no les entiendo casi nada de lo que dicen. es lo malo que tiene hablar bien inglés; la gente como yo no lo entiende.
Me permiten usar su ordenador, me he duchado y me han dado la cena, se puede pedir más a cambio de nada?
Ahora, una vez relajado y cómodamente instalado en este típico salón ingles escribo mi crónica diaria y reflexiono sobre los tópicos sobre Inglaterra y los ingleses.

Gracias Pauline, me habéis tratado como a alguien de la familia. Si lees esto es que tu español ha mejorado notablemente.

Plymouth – Nantwich, entre 475 y 500 km

Tomando Rumbo

Escocia capitulo I. Tomando rumbo

12 de junio de 2006

Al fin, después de varios meses llega el ansiado momento de la partida. Me inundan las dudas y la zozobra de todos los viajes más o menos largos.
A las 8:30 de la mañana, con lluvia copiosa, rayos, truenos y centellas y con la Yamaha Tenere perdiendo, (como no), aceite, salgo de mi confortable hogar en el occidente de Asturias con dirección a Santander. Me quedan unos 400 km por delante y muchas aventuras por vivir.
La primera parada es a los 45 km de casa para, espantado, comprobar que tengo una copiosa fuga de aceite en la tapa del filtro. Mal comenzamos. Esto no barrunta nada bueno porque el taller está cerrado y yo ya blasfemo en idiomas desconocidos, arameo seguramente.
La segunda parada es en un taller especializado en vehículos todo terreno que me dice que todo está bien aparentemente, pero que, por si acaso, cambie la junta de goma.- Puede ser- , musito apretando los dientes, -puede ser – Ayer por la tarde estuve revisando el motor y quizá me haya cargado la junta. Maldigo de nuevo al cielo por regalarme tan copiosa lluvia y continúo hacia Oviedo. Allí, en un taller de motos y después de esperar dos horas, me cambian la junta de la tapa y la moto deja de perder aceite. El cielo comienza, tímidamente, a abrirse y poco a poco va escampando. Como había perdido dos horas apreté la marcha por la autovía y abandoné mis planes de rutas secundarias. Al llegar a Santander me dirijo sin problemas al ferry siguiendo las indicaciones que hay en las vías principales de la ciudad y antes del embarque ya tengo mis primeros problemas con el idioma, aunque se subsanan rápidamente al percatarse mi cántabro interlocutor de mis dificultades con la lengua de su graciosa majestad. El barco, Pont Aven, es enorme.

Sus tripas me engullen y, sin darme cuenta estoy en la cubierta 2, rodeado de motos con matrícula inglesa y dudando si dejar o no parte de mi equipaje sobre la moto. Al final un chica de la tripulación de indica que no hay ningún problema de robos, el acceso a las cubiertas de vehículos es imposible durante la travesía, (lo he comprobado personalmente en el regreso).

Una vez que dejo a la “Mariposa Negra” en las entrañas del paquebote subo hasta la cubierta 9, si, la nueve, ya ves si es grande esto. Allí, asomado en la borda veo como se aleja España y me acuerdo de los miles de emigrantes que en la primera mitad del siglo XX dejaron el país con rumbo a las Américas. Mi viaje no tiene nada que ver con eso, pero no dejo de preguntarme cómo se sentirían, me parece estar oyendo sus llantos, su tristeza infinita al dejar su hogar y la mayoría de las veces, su familia, sus amigos, con rumbo a lo desconocido. Mi viaje durará 18 horas. El suyo duraba a priori, un mes, a posteriori quizá una vida. Les envío un abrazo fraterno a mi familia argentina y uruguaya.
Mientras estoy embelesado con la enormidad de este buque conozco a una pareja de españoles que también se dirigen a Escocia. Charlamos un poco y nos despedimos.
Recorro todas las cubiertas y compruebo que todo el mundo habla en inglés con lo cual no entiendo nada. Esto promete.
El barco es muy elegante y todos caminamos como si fuéramos borrachos. Tal y como suponía no siento mareos ni nada parecido, no es mi primer viaje en barco, pero el sube y baja hace que el equilibrio se vea un poco alterado, sobre todo esta noche que hay mala mar. Me acabo acostumbrando, pero es desagradable.
Ya son las cinco de la tarde y recuerdo que aún no he comido. Mis tripas reclaman su parte y yo, solícito, acudo con prestancia al restaurante self-service donde me clavan 13 euros por lo que en un chiringuito de Santander no costaría más de 7. Mas tarde tendría ocasión de comprobar que el concepto de caro o barato es algo muy relativo.
A media tarde me despiertan mis propios ronquidos en uno de los sofás de la cubierta seis. Aún no he encontrado la sala de butacas en la que se supone que estoy cómodamente alojado. De repente recordé que no había cambiado dinero y decido hacerlo en la oficina de cambio del propio barco. La comisión de cambio son dos libras y media, unos 4 euros. Inmediatamente comprendí porqué no había cola para el cambio.
Sigo deambulando por el barco cargando con la bolsa sobredepósito porque no me atrevía a dejar las cámaras en la “bagaje room”, una habitación cerrada en la que deposité la cazadora y el casco. Se abrirá media hora antes de la llegada. Voy vestido con bermudas y botas de monte en un maridaje entre la mar y la montaña salvaje de la que procedo. Me veo reflejado en los cristales de popa y sonrío… todo está bien y soy un tío elegante.

En el restaurante de proa, mirando como las olas salpican la cubierta añoro la moto. Ya sé que es una tontería pero siento un no-se-qué. Nadie me la va a robar pero no me siento cómodo.
Aquí en la proa el vaivén es más acusado pero ya me da igual. Estoy relajado y feliz mientras escribo esta crónica pero no puedo evitar pensar en voz alta
– Viajar en solitario es un placer, pero no tienes con quien comentarlo-

Ruta Grandas – Santander, unos 350 km.

Calentando Motores

Ferry Pont AvenFaltan doce días para mi viaje a Escocia. Llevo ya tiempo informándome sobre la zona, mirando webs, leyendo guías, preguntando a otros viajeros, pero aún no he preparado nada del viaje, exceptuando la moto. Bueno, hoy, por fin acabo de hacer la reserva del pasaje del ferry que me llevará desde Santander a Plymouth. Es el primer paso firme que confirma que, efectivamente me voy al norte.
He preparado un poco la moto, pero, como siempre dejando todo para última hora. Hace dos días conseguí solucionar, definitivamente, (al menos eso espero), una gran fuga de aceite en el motor. Comenzó siendo un babeo, hace dos años, en el engranaje del cuentavueltas. Cambié retenes, puse pasta de juntas pero la cosa iba a más. Hace unas tres semanas comenzó a salir gota a gota por un agujero de un tornillo pasante; tapé con resina de epoxi. Como por ahí ya no salía comenzó a subir por la funda del cable del cuenta y salía por un poro… tapé con cinta autovulcanizante. Como por ahí tampoco podía salir, terminó ascendiendo hasta el reloj del cuentarevoluciones y al final todo el motor estaba pringado de aceite negro. También mis botas y mis pantalones.
Como solución final opté por colocar un viejo engranaje que me agencié por eBay Italia. Es de una XT del 89 pero parece que, de momento, aguanta. Ya veremos.
También ayer fui a Lugo a comprarme un neumático trasero. Tiene muy buena pinta, pero es de una marca desconocida y ya veremos que tas funciona en mojado.
En cuanto al viaje en si mismo voy sin planes y por lo tanto no he podido hacer reservas en los B&B ni en ningún otro lugar. Llevo la tienda de campaña y un saco de dormir, con eso será suficiente para cualquier eventualidad.
La idea es, una vez en territorio anglosajón, tomar autovía hasta llegar a Gales, unos 200 km. Luego meterme por las carreteras secundarias de Gales, siempre hacia el norte, y dormir donde me pille la noche, espero que cerca de Liverpool o Wrexham, eso sí, en zona rural que las ciudades me acongojan.
El segundo día en “ese país donde hablan raro” será más aburrido porque mi intención es llegar a Stirling, al norte de Edimburgo, sobre las seis de la tarde. Para eso iré todo el tiempo que pueda por autovía o como se llame allí.
Por cierto, no tengo ni idea de inglés, (o una idea muy vaga), espero que eso no sea un problema para ellos.

10. Samba en Moto, Equipajes y Overlanders

Descarga directa del programa 

  

 

Cumplimos los diez programas! Todo un hito para profanos de la postproducción, la escena podcaster y para nuestra constancia inconsistente.


 


Hablamos, en este programa con Ángel Montoya, motorista español que, mientras trabaja en Brasil no pierde oportunidad de recorrer este país y aledaños a lomos de su moto. Nos cuenta cómo es la vida motera en Brasil, nos habla de amish, de quáqueros y menonitas, de camioneros y de rutas alucinantes atravesando la selva.

 

 

 

 

 


 

Carlos Llabrés y Jose Luis Granizo abren una nueva sección en el podcast. En esta ocasión charlamos de maletas, de colocación de equipajes, de reglajes de suspensiones cuando se va cargado y, en general, de todo aquello que tiene que ver con viajes, largos o cortos, sobre dos ruedas.

 

La sección aún no tiene nombre o sea que solicitamos la colaboración de nuestros oyentes para darle uno.

 


 

Sergio Morchón y Guille de Pozaldez completan la plantilla a los mandos de “Dónde estás Corazón” donde repasamos los viajes de nuestros overlanders favoritos y donde destripan los proyectos de cada uno de ellos para hacernos viajar desde la comodidad de nuestros sillones.

 

En este programa analizamos los viajes de:

 

Miquel Silvestre, que anda promocionando su libro por España a la espera de salir hacia EE.UU.

 

También, aunque de pasada, hablamos de otros libros, Go! Aventuras en Moto, del que Sergio es coautor.

 

Fernando Retor, que anda preparando su aventura a Dakar Tierra y Agua, con algunos problemas de última hora.

 

Alicia Sornosa ya está preparando su asalto a Sudamérica después de un breve paso por España para estar en la Riders.

 

Fabián Barrio que también está de promoción de su libro por todo el país. Incluso en lugares de los más extraño.

 

El Búfalo, nuestro ínclito viajero, el loco egregio que evoluciona por Canadá alternando vida disoluta con miseria rampante.

 

Cuco. Sigue con sus “Cucodesafíos” dejándonos a todos con la boca abierta. Estos días por México en ruta.

 

No nos olvidamos de Havivi, uno de los primeros motoviajeros mediáticos que nos mostró a todos su viaje a través de internet.

 

Y, cómo no, Sergio Morchón que se pasó medio verano por Europa y los Balcanes buscando sensaciones, paisajes y gentes.

 

Lone Wolf, el Lobo Solitario que ya es dueño del Campeonato de España de Mototurismo se nos quiere ir a Cabo Norte en Invierno. 

 

Jaime “Leonú” y Conchi están preparando en Alba de Tormes su viaje a Argelia. Papeleo y más papeleo es el equipaje principal.

 

José María y Pilar, corriendo Aventuras en Moto andan estos días por India después de haber pasado por lugares increíbles.

 

Y por último chafardeamos sobre Nacho Gasullay el proyecto Escritores sin Fronteras.

 


 

Abrimos el podcast con Tempenny Joke y luego intercalamos más música con licencia Creative Commons bajada de Jamendo.

 


 

…y este podcast número 10, ya que estamos de aniversario, se lo dedicamos a Alicia Sornosa. Enterito. Está de cumpleaños este mes de octubre y deseamos que tenga un feliz día en U.S.A.