El Gaitero en el Lago

Jueves 14 de junio de 2006

Hoy es mi primer día completo en Escocia y me levanto a las siete de la mañana para ir a desayunar y acudir al congreso internacional en el que estoy inscrito. El día amanece despejado y apetece salir a conocer un poco esto. Digo que amanece despejado, pero en realidad parece que no ha anochecido del todo. Sobre las 11 de la noche aún quedaban restos de luz crepuscular y a las cuatro de la mañana comenzó a amanecer. Hay que tener en cuenta que estamos muy al norte, en la misma latitud que Moscú, por ejemplo, y el círculo polar ártico está a tiro de piedra.

Después de desayunar me voy al salón de actos y compruebo, desilusionado, que no hay traducción simultanea. – Coño!- , pienso – tan avanzados que están los de esta isla bien podrían haber pensado un poco en los extranjeros, que aquí hay gente de los cuatro continentes y no todos dominamos la lengua del imperio. Acudo a la primera de las charlas impartida por una diputada local y no me entero de gran cosa. Solo consigo pillar algunas palabras sueltas. Visto el efecto que va a tener el congreso éste sobre mi persona decido pasar de todo y encaminarme hacia lugares más propicios para mi enriquecimiento personal. En menos de veinte minutos ya estaba de nuevo sobre la moto, como no, en dirección norte, mientras mis compañeros aguantaban estoicamente el tostón. Me sentí un poco avergonzado por “pirar clase” el primer día, pero mi autocomplacencia es grande y pronto olvidé el asunto. No era cuestión de tirar los pocos días que iba a estar por estas tierras escuchando incomprensibles discursos.

En la primera gasolinera que encuentro me paro a repostar y pregunto por dónde se va a Doune, donde hay un famoso castillo. El gasolinero, muy amable y hablando un inglés bastante comprensible me envía por unas carreteras secundarias en lugar de ir por la general. La cosa se agradece porque además de haber muy poco tráfico discurren por zonas muy bonitas. 

Llego a Doune y le hecho un vistazo rápido al castillo. Solo por el exterior porque quiero ver más cosas y no dispongo de demasiado tiempo. En castillo es impresionante y está en un entorno

realmente bello.

 

Continúo en dirección nor-noroeste por la A-84 ora entre prados, ora entre abetos por una carretera con buen firme aunque estrecha. Después de pasar Callander por el Paso de Leny, un paraje angosto lleno de curvas y arboleda, el mundo se abre de nuevo y llego al lago Lubnaig.

La belleza de este pequeño, (para lo que se estila por aquí), lago me sobrecoge y me veo obligado a detener la moto para reflexionar. Hay unas cuantas personas en el borde del lago. Algunos en silencio, otros almorzando con sus mesas de pic-nic y otros simplemente admirando la quietud y la belleza de este lugar. El lago está rodeado de montañas de escasa altitud, como son aquí todas las montañas, con bosquetes de abetos, abedules y alisos rodeando la masa de agua. Me bajo de la moto, me quito la cazadora y el casco con parsimonia y saco la gaita de la mochila. En la orilla, con la lámina de agua ondulando a mis pies entono la Muñeira de Grandas mientras que los pacientes escoceses me miran con una cara que va de la sorpresa a la resignación.

Cuando termino, desmonto de nuevo la gaita, la introduzco en la mochila y me voy, dejando a los perplejos espectadores con semblante circunspecto. Si al menos me hubieran aplaudido podría haber hecho una reverencia a modo de despedida, incluso un “bis” si la ocasión lo requiriese, pero en vista de su parquedad, me voy tan serio y altivo como he llegado, como si les hubiese hecho el favor de regalarles los oídos con una pizca de mi música. He de decir que soy bastante malillo con la gaita, pero también, añadir en mi descargo, que solo llevo tocando nueve meses, aún no he parido lo mejor de mi.

 

Sigo ruta después del parón musical dejando atrás el Ben Vorlich y Lochearnhead, otro precioso lago que paso por su extremo oeste. A partir de aquí descubriré que los loch, los lagos, son una constante en el paisaje escocés y que los hay de todos los tamaños y formas; grandes, pequeños, bonitos, feos, pero la mayoría con un encanto especial. Por esta zona comienzo a ver cortas de madera y bastantes aprovechamientos forestales, con grandes repoblaciones de abeto y pino. Es un paisaje que recuerda a las fotos de Canadá o algunos parques nacionales de Estados Unidos, con sus lagos y sus abetos. Bucólicas estampas después de cada curva. Bordeando el Loch Tay, a los pies del Ben More me uno a una pareja de moteros holandeses, l en una Yamaha TDM y ella en una BMW GS650. En una zona de obras en la que tenemos que detenernos me pongo a su lado, nos miramos, hacemos una leve inclinación de cabeza y continuamos unos km. juntos, hasta Crianlarich, donde el hambre nos obliga a parar. No podemos intercambiar muchas impresiones porque, a pesar de que hablan entre los dos, inglés, alemán, francés y flamenco, mi dominio de cualquiera de estos idiomas es muy pobre. Ya ves para qué les sirvió saber tantos idiomas!! Conseguimos entendernos en su escaso francés. Se muestran un tanto extrañados por la estética de la moto y me pregunta la marca y el modelo. La verdad es que de Teneré le va quedando cada vez menos con las sucesivas oleadas de custumización ratera. De Crianlarich me dirijo hacia Fort William, sin saber nada de la ruta porque me he dejado las guías en la universidad. No se para que me molesto en comprar nada. Ni la guia, ni el diccionario, ni el diccionario fonético… aquí va todo por las bravas. La ruta en cuestión es una especie de altiplano bastante frio, con unas rectas enoooormes jalonadas por imponentes montañas. Bidean nam Bian y otros vocablos impronunciables son los nombres de estas moles con tapiz verde.

 

Las montañas no tienen mucha altitud, de hecho el punto más alto del país es el Ben Nevis con mil trescientos y poco metros. Lo que ocurre es que se pasa de los 100 o 200 metros sobre el nivel del mal a los 900 o 1000 en muy pocos metros, con lo cual las montañas son enormes y de laderas escarpadas. El paisaje recuerda un poco a los Pirineos en algunos puntos, aunque, en general, me recuerda a Asturias constantemente. Aquí es el lugar donde comienzan las Highlands, las tierras altas donde los ladrones de ganado en tiempos ulteriores campaban a sus anchas. De hecho, a expensas del ejército inglés se construyó una vía de tren para acceder a Glencoe y a Fort William y paliar así los efectos que estos rudos cuatreros hacía sobre la cabaña ganadera de los grandes clanes, imagino que la versión escocesa de los ricos terratenientes españoles. 

El ganado principal aquí, al igual que en el resto del país son las ovejas, (ya sabes, el ingrediente básico de la caldereta), pero además hay unos bichos con cuernos y con cara de buena persona, las Cow Hair o, como yo las llamo, las vacas peludas. Son uno de los emblemas de las Highlands.

 La bajada hacia Glencoe, lugar que a muchos les sonará porque hay una famosa marca de wisky, es un tanto vertiginosa en algunos puntos, pero disfruto mucho rodando por aquí. Parece que esta es una ruta habitual de motos porque las hay de todos los colores, eso sí, alta cilindrada, y alto precio, que no veo ningún trasto como el mio por estos lares.  

Fort William es una villa un tanto anodina. Creí que iba a ser otra cosa y me siento un poco

desilusionado.

 

Oigo música que sale de la zona peatonal en inmediatamente me detengo no vaya a ser que necesiten de mis servicios como gaiteiro, aunque con la cantera que tienen aquí lo dudo. Cuando me acerco un poco más, después de dejar la moto, me encuentro a unos sioux cantando danzas tribales. 

Por un momento pienso si no habré dado un salto en el tiempo y el espacio. Solo espero que no estén cantando la danza de la lluvia. 

Durante un rato estuve pensando si dirigirme al norte, al Lago Ness o si al este, al mar y a la zona de Argyll. Al final deshecho la posibilidad del lago Ness porque todo el mundo dice que no es muy bonito y además tengo que regresar a Stirling o buscar alojamiento por la zona, lo cual es una lástima teniendo el alojamiento y la comida ya pagados en la universidad. La decisión fue un acierto. Voy rodando por una carreterilla de segundo orden siempre con el mar a mi derecha, con muy poco trafico y disfrutando de los olores y del mar. El tiempo ha refrescado bastante y de vez en cuando caen dos o tres gotas, pero las nubes permanecen altas y no presagian lluvia. Los nativos americanos no han tenido éxito. Espero que vendan muchos cd’s. 

En Inveraray me detengo a ver el imponente castillo con sus cuidados jardines alrededor. Me pregunto quien será el dueño de todo esto porque en un cartel, a la entrada, pone claramente que es propiedad privada. La envidia me reconcome un ratillo. 

Ahora me dirijo al Lago Lomond que es enorme. Creo haber leído en algún sitio que es la extensión de agua dulce más grande de el Reino Unido. Yo, acostumbrado a ver las lagunas y lagos de mi tierra me quedo un poco sobrecogido con estas cosas. Y hablando de tamaños, (dicen que no importa), en todos los mapas que he consultado, y fueron muchos, esto parecía mas pequeño. El United Kingdom y Escocia en particular, ha resultado ser mas grande incluso que la grandeza que propugna su graciosa majestad. Rodeando el lago me di cuenta de que ya estaba un poco harto de ruta, tenia el culo cuadrado y la moto hacia ruidos extraños a ir a detenerse. Estuve un rato preocupado por esos ruidos hasta que, al final, el cuentakilómetros dejo de funcionar y los ruidos cesaron por completo.

 

Desde el lago Lommond hasta Stirling escogí una ruta alternativa, fiel a mi estilo. Una carreterita de tercer orden, la “Old Military Road” donde todas las gasolineras estaban o cerradas, o había que llamar al dueño para que te sirviera gasolina. No caí en la cuenta que desde que hice el reglaje de válvulas y carburación, en la lejana ciudad de Lugo, la moto consumía la mitad que antes, de modo que iba preocupado por nada. Al llegar a la universidad me encuentro con los compañeros que, muertos de envidia desearían tener una moto para moverse a sus anchas por la zona. 

De nuevo, visito el bar donde descubro, después de tomarme unos wiskys, que la Ginness de barril no me da alergia, como el resto de las cervezas. Ya llevo más de seis años sin catar la cerveza y este descubrimiento reabre viejos placeres para mis anquilosadas papilas gustativas. La resaca de mañana es un hecho esperable 

Stirling-Fort William-Stirling Unos 350 o 400 km.

      

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