En el Valle del Edén

Miércoles 14 de junio de 2006 Hoy me he levantado con un sol de espatarrar. Me ha subido el animo porque contaba con otro día de lluvia a mansalva, pero parece que las cosas van mejorando. No hay que olvidar que ayer era martes y 13 y, aunque a estos de aquí no les afecta, (solo el viernes trece), a mi parece que si. Sim embargo hoy, sol por un tubo y temperatura agradable para rodar y rodar, como dice la ranchera. Me despido de Pauline y su marido, una gente encantadora y convenientemente instalado a los mandos de la Yamaha me dispongo a pasar otro día en la carretera. El marido de Pauline me ha dicho que si tengo tiempo me desvíe en el Lake District, al norte de Liverpool y justo al sur de Escocia y, si todo va bien esta mañana, es lo que haré. 

 

Tardo poco en incorporarme a la autopista M-6 y lo hago al sur de Manchester y Liverpool. La M-6 pasa entre estas dos ciudades y como os podéis imaginar el tráfico durante este tramo es algo increíble. Yo no estoy acostumbrado a las grandes ciudades, ni a aglomeraciones de coches en autopistas de cuatro carriles y lo que voy viendo me supera. Voy rodeado de coches y camiones mientras paso de un carril a otro con soltura y procurando ser tan cívico como lo son mis compañeros de autopista. En pocos minutos ya estoy acostumbrado a la marabunta y me muevo como pez en el agua. Hecho de menos una moto más rutera, que me tape mejor el viento en la cabeza y que se mueva más desahogada, pero, de momento, es lo que hay. Continúo por la autopista durante 160 o 170 km, hasta llegar a la altura de Morecambe Bay, con el Mar de Irlanda al oeste. Tomo la salida hacia Kendal con la intención de adentrarme en el Lake District, en la región de Cumbria. Kendal es una población bastante bonita que atravieso sin pena ni gloria. Muchas veces pienso en que me cuesta mucho trabajo bajarme de la moto cuando estoy en viajes largos, con destino prefijado. Es como si me diera pereza apagar el motor y realizar ese ejercicio de poner un pie delante del otro… como se llama… Ah!, si, caminar. De Kendal sale una carretera hacia el norte, la A-6, que discurre paralela a la autopista y al Lake District Nacional Park y ésa es la opción que escogí. No fue algo premeditado, sino fruto de una equivocación. Entre el gps, el mapa y las indicaciones en inglés creo que me lié un poco a causa de disponer de demasiada información de modo que mi intención primigenia de atravesar el parque nacional quedó frustrada. Aún así la carretera esta no estaba nada mal. Una solitaria vía por la que discurrir plácidamente, lejos del tráfico y pasando por pueblos que, de puro tranquilos parecen fantasmales. El sol sigue luciendo y, a ratos, alguna nube hace que me ponga en estado de “prevenidos”, por si acaso. La verdad es que me importa muy poco si llueve o no. Unos miles de litros de líquido elemento sobre mi no van a conseguir aguarme el viaje. Siguen acompañándome, en los prados que bordean la carretera, las sempiternas ovejas, unos bichos omnipresentes en este país donde, si les gustara como a mi la caldereta de oveja que preparan los pastores extremeños en las majadas, iban a tener muchos menos ejemplares. Me encuentro con que no se puede acceder a ninguna de las pistas que se internan en los montes. Todas están cerradas con vallas y tela ovejera o disponen de su correspondiente cartel prohibiendo el paso.  Por estos lugares hace ya años que se olvidaron de salir con la moto al campo. 

Así las cosas, deslizándome cual grácil damisela, por la geografía inglesa llego a Penrith en el Valle de Eden, solo a tres millas del Parque Nacional del Distrito del Lago.

 

La ciudad, como todo por aquí, es una pasada. Me maravillo una y otra vez con el estilo inglés. Los carteles de las tiendas, las fachadas, los edificios, todo tan… inglés.

 

Me pregunto porque mi país no puede tener unas construcciones tan hermosas, porque no se puede respetar lo tradicional, porque el feismo tiene que engullirlo todo de una forma brutal. Aquí hay una postal detrás de cada esquina, un rincón delicioso aparece donde menos te lo esperas y la vida parece transcurrir sin sobresaltos.

 

Aparco la moto en mitad del pueblo, justo en la plaza mayor, al lado de la torre del reloj, que tiene una placa de bronce con un texto en inglés que me niego a descifrar.

 

Ésta es una ciudad dedicada, principalmente, al comercio, donde puedes encontrar cientos de tiendas de lo más variado. Es una lástima que no pueda quedarme mucho rato, pero quiero llegar a Stirling antes de las cinco de la tarde. Me voy bastante frustrado por este motivo, pero, al fin y al cabo, esto no es un viaje de turismo, estoy aquí por motivos de trabajo. Dejo con pena la ciudad de Kendal y retomo la aburrida autopista en dirección a The North, que es como se señala en la M-6 la dirección norte. Me parece una buena idea esto de señalar el norte o el sur, en lugar de poner el nombre de una ciudad. De este modo si, como yo, te diriges al norte del país solo has de seguir la flecha, sin preocuparte de mirar en el mapa cuales son las ciudades grandes que hay allí. Es como si a la salida de la Coruña por la autopista A-6 hubiera un cartel que pone El Sur, el lugar de Madrid. He rodado unos 50 km fuera de la autopista, según he calculado en el mapa, aunque a mi me parecieron bastantes más, supongo que por lo lento que rodaba y porque hice bastantes paradas para sacar fotos. Ya estoy en Escocia y siento una especie de escalofrío recorriéndome la nuca. Para ser sincero no creí poder llegar tan al norte sin ningún percance, tipo “mierdapalaceite” o “menudoarrastróntantonto”. De momento todo discurre según lo previsto y ningún contratiempo serio hace que se me borre la sonrisa. Al llegar a Escocia se aprecia un empeoramiento de las carreteras, sobre todo cerca de Glasgow, con la autopista parcheada y un firme de peor calidad. También reparo en la ausencia de árboles. Todo está pelado y el ingrediente principal de la caldereta de oveja se mueve a sus anchas entre estas enormes extensiones de pasto. Además, el estado de la vía es inversamente proporcional a la velocidad con que se desplazan los escoceses. Si el England todo el mundo circula a 100-110, aqui lo hacen a 120-130, supongo que cuanto más al norte, más prisas… o que la policía es más permisiva. 

Cuando llego a Stirling me doy una vuelta por la ciudad y, como no, subo al castillo, el segundo más famoso de Escocia, después del de Edimburgo. Allí, volveré más tarde para la recepción que nos hacen a los que acudimos al congreso internacional, (recordemos que estoy aquí por cuestiones de trabajo), por lo tanto doy un vstazo rápido y bajo a buscar un mapa a la oficina de turismo.

 

De allí a la Stirling University, donde los organizadores del congreso me enseñan mis aposentos y me dan toda la documentación del evento. Además me regalan una botellita de güisqui a la que le doy el primer liongotazo, sin haber comido, a las cuatro de la tarde, antes incluso de saber decir “ponme un güisqui”. El licor baja por mi garganta como abriéndose paso a patadas, puedo notarlo, y me calienta las entrañas. Dios, que rico!! Era de ley: nada más poner el pie en Escocia hay que tomarse un lingotazo del licor nacional y si hay que hacerlo en ayunas, pues se hace. Es lo que siempre digo cunado me dan el pincho en los bares: – Lo siento, no como entre bebidas – Subido en un autobús de dos pisos recorro con mis compañeros de congreso las calles de Stirling con dirección al castillo, donde tenemos preparada la recepción. 

 Al llegar nos recibe una banda de gaitas, ataviada con el típico kilt, (la famosa falda), tras los que entramos al castillo por la puerta grande mientras escuchamos “Scontland, the Brave”, uno de los sones más famosos y más trallados de esta tierra. 

Luego de un montón de discursos en un perfecto inglés que no comprendo, comemos, entre otros manjares, haggis, un embutido típico de aquí que está buenísimo. Básicamente consiste en vísceras de cordero especiadas con alguna otra delicia que no conozco. Un manjar. Todo ello regado con vino en abundancia, (de California, que aquí no hay). Durante todo este tiempo voy portando un saco de espeleología amarillo que, por las miradas del resto, deduzco que llama mucho la atención. Guido, un italiano de la misma Italia me pregunta: – Que llevas en el saco. – – Si te lo digo – respondo socarrón – no te lo vas a creer. Cuando la copiosa ingesta alcohólica va soltando mi verborrea anglosajona, abro el saco y extraigo mi gaita asturiana. Me dirijo al jefe de los gaiteros, un escocés de metro noventa y, con la gaita fuera de su vista le pregunto – You play the pipe? (tocas la gaita) – Yes!, me responde con seriedad – Pues… play this one, (toca ésta), – si tienes cojones -, añado mentalmente. 

Y tocó, tocó. Pero el instrumento emitía tales quejidos que, inmediatamente, me arrepentí de mi osadía. Eso me pasa por listo y vacilón. Luego, después de unas risas toqué, como buenamente pude, la Muñeira de Boal, rodeado de señores con falda que me aplaudieron como si, realmente, supiera tocar. 

Nantwich – Stirling 450 o 500 km. más o menos

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