marruecos

Los Himalayas, Marruecos y el contrabando

Marruecos está aquí al lado, como quien dice. Para algunos es como su patio de recreo donde disfrutar de buena comida, seguridad y dunas para hacer el cabra con la moto, dentro de un entorno “más o menos controlado”. Para otras personas Marruecos es el exotismo y la aventura desértica. Sea como fuere, Marruecos tiene suficientes atractivos como para que, cada año, miles de personas se vayan al reino alauí para hacer turismo.

O para rodar hasta la extenuación.

Para hablar de Marruecos tenemos a Gon Castro, que acaba de llegar de allí y lo pillamos por banda nada más bajarse de la moto.

El año nuevo es sinónimo de nuevos planes pero para algunos de nosotros también es el momento de rememorar viajes pasados, vidas anteriores. Hoy nos vamos a Leh, en el corazón de los Himalayas indios. Vamos a recordar y a volver a disfrutar de paisajes indómitos desde el recuerdo.

Música y Motos… cóctel ideal para mucha gente y algo imprescindible para mí. Kike Felíu llega arrasando con su sección y contándonos cómo empezó todo. Nos lo cuenta con música, claro.

En la sección de TravelBike hoy no tenemos a nadie de la empresa. Estará con nosotros alguien que ha viajado mucho con ellos, Jesús Gallego, y nos cuenta su experiencia.

Viajo en Moto intimmista

Ni invitados, ni entrevistas, ni conexiones, solo las idas de olla del locutor de Viajo en moto

Viajo en Moto gratis

Esta semana hablaremos (otra vez) de México. Se ve que nos estamos acostumbrando a cruzar el charco. Lo haremos con Luis Castilla y Teo Romera. Luis, además de viajar en moto y ser copropietario de una empresa de viajes en moto, fue el ganador de un magnífico concurso que organizó Harley Davidson hace algún tiempo y que le permitió viajar por toda Europa con los gastos pagados.
Además os traigo un libro mítico, [amazon_textlink asin=’0760352674′ text=’One Man Caravan’ template=’ProductLink’ store=’viaenmot-21′ marketplace=’ES’ link_id=’860d02b4-4e5b-11e8-88f3-6dc721fb47cc’], el que está considerado como el primer libro de viajes en moto. En realidad no lo traigo yo, que no lo he leído. Es cosa de Eugen Bidegain que lo ha leído para nosotros.
Como bonus track, vienen al programa Raúl Castaño, que acaba de llegar de Marruecos y trae aún olor a pelo de dromedario. Y Olga Ferro, a la que intenté sonsacar información de su próximo viaje pero ho hubo manera. Aún así tuvimos una agradable charla de viaje.

la música que ha sonado en el programa de este miércoles es, más o menos, esta:

 

Libro: Amazigh. En moto hasta el desierto

Amazigh. En moto hasta el desiertoDice Mario Montoro en el prólogo de este libro que “las palabras escritas necesitan del adorno pomposo y suntuoso que sólo les confiere una correcta edición y una trabajada puesta en escena”. No podría estar más de acuerdo. Un libro, sea de viajes o no, además de contar una historia, ha de estar correctamente editado. Es, a mi modo de ver, el formato mayúsculo, la expresión máxima de la literatura, muy por encima de archivos de texto, libros electrónicos, audiolibros y otros inventos de índole menor. Un libro es la cúspide de la pirámide de la tradición escrita. Read More

1. Erotismo en Curva

 

Grandas- Plasencia 570 km


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Erotismo en Curva

 

Como no podía ser de otra manera, al final llegó el día de salir con destino a Mauritania de modo que, un viernes por la tarde, con agradable temperatura, me estaba encaminando hacia la N-VI, dando saltos entre los baches de la carretera de Fonsagrada.

No había nervios, ni dudas, ni esa zozobra tan peculiar que se apodera de uno cuando parte hacia un destino un tanto incierto. A cambio, me inundaba una gran tranquilidad y, como me gusta decir tantas veces, la ruta “fluía” con parsimonia en aquella tarde primaveral.

 

No tardé en llegar a “mi curva”, esa sobre la que escribo en algunas ocasiones. Está en la carretera de Fonsagrada a Lugo y, desde hace mucho tiempo, me tiene hipnotizado. Ese día, con la moto cargada, no tenía muchas esperanzas de negociarla con elegancia pero al llegar y encarar la rueda delantera me acogió con la pasión tierna de una novia primeriza. Con la moto inclinada y rodando con suavidad el tiempo pareció detenerse y el sonido del viento silenciarse. Sentí la caricia de la curva, el tacto aterciopelado de una trazada perfecta y el vello de la nuca y los brazos se me erizó. Creo que, en ese momento, hubiese podido cerrar los ojos y continuar en un bucle infinito. Al igual que cuando comes un bocado delicioso, al encarar la contracurva, exhalé un suspiro acompañado de un “mmmm” que tenía un no se qué de erotismo. Las curvas perfectas existen y esta es la mía, sin lugar a dudas.

 

Había quedado con Molina en las cercanías de Benavente y hacia allí me dirigí entre el escaso tráfico de la N-VI y el frescor de una tarde primaveral. Al llegar a Barcial del Barco, ya metido de lleno en la Ruta de la Plata me detuve a esperar a Molina, que venía con tres cuartos de hora de retraso. Allí, sentado en la terraza de un anodino bar de pueblo, castellano donde los haya, me dediqué a aguantar con estoicismo la vociferante algarabía de los parroquianos que jugaban a subastado. Cuatro jugando y siete mirando se convierten en una tropa lo suficientemente ruidosa para poner nervioso a cualquiera.

Molina hace su aparición, escoltado por dos amigos que nos despiden mientras ponemos rumbo al sur, rumbo a las ignotas tierras mauritanas. Estos días están en plena campaña electoral por allí, y yo espero que no tengamos ningún problema con la convulsa situación política.

La primera parada la hacemos en Guijuelo donde el hermano de Molina corría con la organización del Campeonato de España de Rallye de Tierra. Allí rebasamos los controles de la policía local con nuestras motos como si fuéramos parte de la organización y nos colocamos al lado del podium de salida ante la atónita mirada de los cientos de espectadores. Cuando llegó el hermano de Molina rematamos nuestra actuación sacándonos unas fotos bajo la pancarta de salida mientras el público nos miraba con extrañeza.

Rallye de Guijuelo

Rallye de Guijuelo

Dejamos Guijuelo y el rally y seguimos, siempre en dirección sur, hasta que me percaté de que Molina ya no me seguía. Se había desviado hacia Béjar para repostar. Primeros momentos de duda que enseguida se solucionan con una llamada telefónica.

Van sucediéndose los kilómetros con buen ritmo, incluso cuando me equivoqué y atravesamos Salamanca por el centro de la ciudad. La idea era llegar a Mérida y salir por allí a tomar algo pero, conforme iba cayendo la tarde nuestro objetivo del día iba diluyéndose con la puesta de sol. Habríamos de conformarnos con llegar a Plasencia junto con las primeras gotas de agua del viaje. Yo no llevaba traje de aguas. Me parecía un auténtico despropósito ir hacia el desierto llevando tamaña impedimenta y un contrasentido de mal augurio así que, de milagro llevaba los forros de abrigo de la ropa de cordura.

En Plasencia nos tomamos unos vinos por el centro mientras íbamos conociéndonos un poco más. Hasta la fecha Molina y yo solo nos habíamos visto en dos ocasiones, la primera apenas media hora para corroborar que el proyecto iba en serio y establecer, un poco por alto, la ruta a seguir. Nada más. Creo que ambos sabíamos que no iba a haber problemas entre nosotros en todo el viaje pues congeniamos bien desde el principio y, conforme ibamos avanzando en estos primeros compases, las coincidencias en el carácter y en lo canallas, nos auguraban un buen feeling.

Así las cosas nos fuimos a dormir a un hostal con el enorme deseo de llegar a Marruecos cuanto antes y atravesar luego el Sáhara Occidental en direccion a Mauritania.

14. Tangerine Dream

Cuando me levanté, a primera hora, mis intestinos aún seguían revueltos pero, para mi tranquilidad, lo peor parecía haber pasado. Al menos esa esperanza tenía a esa hora de la mañana…

Contento por abandonar el tugurio que nos había servido de hogar esa noche inicié el día con ánimos renovados aún a pesar de lo precario de mi salud. Como cada día dedicamos un rato a la manutención de las motos, un engrase de cadena y una revisión a fondo de todo lo visible.

En poco tiempo habíamos abandonado las caóticas calles de Meknes y rodábamos en dirección norte, camino de Tánger en lo que iba a ser nuestro último día en Marruecos.

La carretera, con piso irregular y con tramos en mal estado, discurría por paisajes agradables. Jalonaban la vía gran cantidad de olivos, pitas, adelfas… entre curvas suaves y dulces de tomar. Íbamos tranquilos, rodando a baja velocidad y disfrutando de lo que tiene de melancólico terminar el viaje con todas las connotaciones que el regreso conlleva.

A pocos kilómetros de Meknes pasamos por Volúbilis. Era un lugar que me sonaba mucho pero no acababa de saber de qué. Tenía reminiscencias romanas pero yo no terminaba de saber de qué conocía el topónimo. Mientras desayunábamos, un zumo y unas pastas en un restaurante de carretera, se me hizo la luz. En alguna ocasión había leído algo sobre la ciudad romana de Volúbilis, uno de los yacimientos arqueológicos más importantes del norte de África. Por fin la suscripción a National Geografic tenía su aplicación práctica. El restaurante, a pesar de disponer de un vistoso cartel que rezaba “bienvenus aux motards”, no nos hizo ningún descuento así que supuse que los moteros éramos bienvenidos pero no recibíamos ningún trato especial. Es decir, bienvenidos los moteros, los camioneros, los taxistas y todo aquel que traiga algún dirham o cualquier otra remuneración dineraria. Pagamos lo que nos pidió la aburrida chica que se encargaba del local y deshicimos camino para tomar la pista que nos llevaría al yacimiento.

Nada más flanquear la entrada, previo pago de la misma, una horda de guías se nos abalanzó para ofrecernos sus servicios. Con una amplia y displicente sonrisa me los quité de encima a todos menos uno que, por todos los medios, intentaba sacarnos diez o veinte euros por acompañarnos por las más de veinte hectáreas de la ciudad romana. Viendo que no podía hacer nada con nosotros, que éramos gente inculta con escaso interés por la romanización en el magreb, nos dejó por imposibles.

Luego, paseando entre el templo de Juno, el Ágora, los mosaicos, el Ara… sí eché de menos un guía y lo solucioné acercándome a un grupo de turistas italianos con más interés por la cultura que nosotros. También entablé conversación con otro guía que, desocupado, haraganeaba por los alrededores del Templo de Venus tomando el sol que ya comenzaba a tornar un poco más agradable la mañana.

En general las ruinas de la ciudad reflejan un tremendo abandono y no me refiero al sufrido en el siglo VIII sino al escaso interés con que la administración marroquí trata este enclave. Matorrales y malas hierbas se disputan el espacio con mosaicos y viviendas romanas con dispar resultado en la pugna dependiendo del lugar por el que nos deslacemos.

Abandonamos este importante enclave romano y continuamos hacia Chefchaouen a donde, si nos dábamos prisa, podríamos llegar a la hora de comer. Yo tenía interés por enseñarle a Carlos esta curiosa ciudad con sus callejuelas y casas pintadas en blanco y azul que tanto me había gustado en mi anterior visita. Llegamos a Chefchaouen a las tres de la tarde, después de haber disfrutado de un agradable viaje por el Rift, el mayor centro de producción de hachis del mundo. Las montañas nos recibieron con sus mejores galas verdes, ya vestidas de plena primavera desde hacía algunas semanas y, de nuevo, nos vimos envueltos en una fiesta de curvas y paisajes hermosos con tráfico escaso y asfalto en estado más que aceptable, óptimo en algunos tramos.

Tetouan

Paseamos por Chefchaouen y decidimos comer en uno de los mejores restaurantes de la ciudad, con vistas a la plaza: Casa Aladín. Yo tenía hambre atrasada a causa de los acontecimientos que se estaban librando en mi interior y deseaba comer algo caliente y que estuviera fuera de toda sospecha. Las tabletas de Fortasec iban haciendo su efecto y ya me sentía con fuerzas para comer cualquier cosa.

Después del buen yantar recorrimos toda la parte alta disfrutando a cada paso de los hermosos rincones de esta pequeña ciudad de cuarenta mil habitantes. Chaouen es, definitivamente un lugar especial y una de las ciudades que más me gusta de todas que he visitado. Es tan distinta a todo lo conocido, tan peculiar, tan… azul.

A media tarde salimos de la ciudad para bajar la cordillera del Rift en dirección a Tánger donde pensábamos hacer noche. La salida de Chefchaouen es una sucesión de curvas con buen firme y limitadas a cuarenta por hora. Ante la ausencia de vehículos y el buen estado de la carretera bajábamos un poco pasados de velocidad y la policía se encargó de afearnos nuestro comportamiento con gestos desde el arcén. De nuevo, dando la nota.

Ya en Tánger nos encontramos, en el paseo marítimo mientras buscábamos un hotel, a un chico que se ofreció a acompañarnos a uno bueno y barato. Así que, una vez más, me vi paseando a otro marroquí sin casco por las calles de una ciudad. Ya había perdido la cuenta de los servicios de transporte realizados. El chico, del que no recuerdo el nombre y al que llamaré, por analogía de sus congéneres, Mohamed, nos dijo que vivía en la calle, que no tenía dónde quedarse. Su aspecto no era el de alguien que viviera en la calle, la verdad, así limpio, peinado y bien vestido según estaba. Nos acompañó al hotel, un edificio recién rehabilitado con habitaciones limpias, modernas y WIFI en el hall.

Mohamed, o como quiera que se llamase nos contó que estaba separado y su mujer estaba en España. Él, expulsado por no tener papeles, se resignaba a quedar en Tánger esperando la oportunidad de hacer no se sabe bien qué y añorando a su hijo de pocos meses. Abocado a vivir en la calle su futuro se vislumbraba cada vez más negro y las posibilidades de volver a España se esfumaban día a día, según sus palabras. La historia de Mohamed resultaba conmovedora y digna de lástima sobre todo cuando te la contaba con la mirada perdida y cara de resignación.

Luego se fue con Carlos en la moto para hablar con la policía del puerto pues mi compañero de viaje aún conservaba alguna esperanza de que alguien encontrase su cámara perdida en el Sáhara y se la entregase a los gendarmes.

Cuando regresaron, Carlos me contó que la policía se le había reído a la cara, literalmente se habían descojonado de risa cuando les sugirió la posibilidad de llamar al puesto de Tan-Tan para preguntar si alguien había encontrado la Canon Eos. Por única respuesta encontró la risotada del gendarme que le decía con sorna, “esto es Marruecos, no Europa”. Se veía venir.

Tánger

Tánger

Tánger

Mohamed le pidió dinero a Carlos mientras yo me acicalaba arriba, en la habitación y como la historia de aquel joven me había conmovido tanto, bajé también a darle algo de dinero, al menos para que pudiera cenar aquella noche. En lugar de insultarlo con una limosna le dije que se viniera con nosotros a cenar que lo invitaba en un buen restaurante occidental que conocía y luego nos tomaríamos unas copas. Ahí le cambió un poco la cara y, deshaciéndose en disculpas, me respondió que no, que no sería bien mirado en ese sitio y que prefería que le diera algo de dinero. Le di sólo tres euros porque Carlos ya le había dado siete en agradecimiento a los servicios prestados, y no le pareció suficiente. Volvió a hablarme de España, de su ex-mujer, de su hijo de meses y… y ya no aguanté más. Por fin desperté de aquella farsa y me di cuenta de que, como la mayoría de los buscavidas de Tánger, cada vez tienen unas mayores dotes para el teatro. Ese tío me estaba tomando el pelo.

Mi cara se tornó seria y supongo que comenzó a reflejar mi ira porque Mohamed, o como quiera que se llamase, no insistió mucho más en sus peticiones y se largó. Yo me quedé en la puerta del hotel con cara de tonto, sintiéndome engañado, una vez más, frustrado y de muy mala leche. Obviamente no por los tres euros que le había dado, que es lo de menos, sino por esa sensación amarga de cuando te sientes estafado.

Salimos a cenar a “El Cárabo”, un restaurante muy “chic” que hay en el paseo de la playa, barato, con buen vino marroquí y mejor comida. Charlamos con el dueño que, además de encargarse de la música en directo desgranando boleros y blues, realizó, en sus tiempos mozos, varios viajes por Europa en una Jawa.

Al salir nos dimos un paseo por la playa, agotando las últimas reservas de licor de marihuana y del polen comprado en Chefchaouen. Un marroquí muy delgado que escupía palabras como si tuviese una AK-47 en la boca, no dio la paliza un rato para vendernos un híbrido entre calzoncillo y traje de baño.

Reflexionamos sobre el viaje que ya tocaba a su fin y nos congratulamos de haber viajado juntos. A pesar de las diferencias de carácter no nos había ido mal del todo. Brindamos una vez más y nos fuimos al hotel.

 

Por la mañana, la ingesta alcohólica de la noche anterior hizo que Carlos, poco acostumbrado a lidiar en estas plazas, se levantase más tarde de lo habitual. Yo ya había empaquetado todo en las maletas y en pocos minutos estuve dispuesto para la marcha.

A las nueve menos cinco decidí no esperar más a mi compañero y nos despedimos porque el barco zarpaba a las nueve y aún tenía que rebasar los controles de pasaporte, billete y papeles varios con la burocracia marroquí. Nos dimos un apretón de manos y nos deseamos buen viaje. Carlos se quedaba amarrando la impedimenta, esta vez sin mi escrutadora mirada de por medio.

No podía permitirme perder este barco porque el siguiente saldría en dos horas y aún me quedaban muchos kilómetros para llegar a casa, más de mil. Por otra parte Carlos se iba a Granada y nuestra ruta no coincidía.

Sentado en el barco volví a tener la sensación de viajar solo y me gustó. Aún quedaban un par de días antes de llegar a casa, pero el viaje ya se había terminado. Solo restaba una parada en Alba de Tormes en un encuentro de “Grandes Viajeros” que organiza Jaime Leonú, uno de los más experimentados viajeros en moto de este país.

Y aún quedaría una multa por rebasar la línea DISCONTINUA en plena campaña de protección al motorista. Cosas veredes…

13. Adiós al Glamour


Ver Marruecos. Etapa 13 en un mapa más grande

A las cinco de la mañana, Mohamed, el camellero, me sacó de mi sueño con un presuroso “¡monsieur, monsieur!… le soleil”. Acurrucado entre las mugrientas mantas con olor a gatuno intenté prestar atención a sus palabras, pero los párpados volvían a caer ignorando donde estaba y a quien me hablaba. Él insistía en que debía levantarme, la salida del sol era casi un hecho y me la iba a perder.

Arrastrando los pies por la duna más cercana, entre las sombras del amanecer, maldije la hora en que se me ocurrió ir a presenciar la salida del sol en el desierto. Al fin y al cabo este es un hecho cotidiano y ya sé lo que es ver salir el sol en sus variantes más surtidas: noche de copas, noche de incendios, noche romántica, noche de viaje…

Al llegar a lo alto de la más baja de las dunas vi a nuestros compañeros de expedición repartidos entre la arena, encaramados a dunas que se me antojaban enormes a aquella intempestiva hora de la mañana. Ni por asomo se me pasó por la cabeza emular su comportamiento y me mantuve, impasible, a no más de cincuenta metros del campamento mientras el sol hacía su aparición por el sitio contrario donde se había ocultado la noche anterior.

Me senté cerca de Carlos después de saludar con un lacónico gruñido y fijé mi vista en el horizonte. Mientras el sol emergía detrás de la última duna mis tripas comenzaron a emitir breves, pero intensos, rugidos. Era el primer aviso de lo que se avecinaba.

Finalizado el espectáculo, de tonos rosas en pugna con el pardo de la arena, recogimos nuestros pertrechos y volvimos a acomodarnos sobre los dromedarios. Era algo que ninguno de nosotros deseaba pero la alternativa de volver caminando entre la inestable arena pareció no seducirnos a ninguno, amén del efecto “poco aventurero” que habría causado el descabalamiento de alguno de los integrantes de la expedición. Así que, armado de paciencia y compasión hacia mi mismo, me dispuse a darle otro par de horas de suplicio a mis ya depauperadas nalgas. Más que las nalgas molestaba especialmente la región del perineo, esa “tierra de nadie” que hay entre los testículos y el ano y que se veía especialmente martirizada por la terrible combinación de la espina dorsal del camélido y sus cadenciosos andares.

Durante el camino de vuelta mis tripas seguían lanzándome avisos sonoros combinados con generosos retortijones que hacían que, de vez en cuando, tuviera que llevarme la mano al bajo vientre.

Avistamos, al fin, el albergue y en cuanto mis pie tuvieron la fortuna de tocar el suelo sentí un enorme alivio al librarme de la tortura que aquella mala bestia me había inflingido. A paso ligero, sin entretenerme demasiado en dar los parabienes a Mohamed, me dirigí al cuarto de baño de la habitación y allí estuve, sentado en la taza del váter hasta que sentí que todos mis fluidos corporales habían sido evacuados. Recordé el ofrecimiento que los belgas me habían hecho la noche anterior que, alargándome una caja de pastillas me dijeron “ Tu veux? C´est por le malade du voyager”, (quieres, es para la enfermedad del viajero). Mi negativa tenía esa mañana sus consecuencias: malestar general, mareos y una tremenda cagalera que comenzaba a manifestarse de muy malas maneras.

Aún así, eso no me impidió desayunar unos bollos y un zumo de naranja.

Como cada día terminé de montar mi equipaje sobre la moto en pocos minutos y me entretuve mirando a Carlos mientras hacía lo propio. Apoyado en el cofre de la moto no le quitaba ojo y me hacía el enfadado para que se diese más prisa. El sol ya comenzaba a apretar con insistencia y lo mejor sería salir de aquel agujero cuanto antes.

Noté que Carlos se ponía nervioso pero, aún así, no rebajé la presión. Supe que no merecía recibir ese castigo, que no era necesario someterlo a la presión de una mirada acusadora, es un buen hombre, pero quería acelerarlo, quería que abandonase esos hábitos, quería, en fin, lo que es imposible, cambiar a una persona en un par de semanas. Antes de que me diese la risa me volví y dejé que terminase de atar su equipaje en intimidad. Al salir acordamos que, ya que estábamos de vuelta haríamos el camino un poco a nuestro aire. Si nos volvíamos a ver, bien, sino, también. Creo que a los dos nos apetecía volar un poco en solitario.

Antes de llegar a Er Rachidia me detuve en una gasolinera para que Carlos repostara. Me dijo que no necesitaba, que llevaba gasolina suficiente. Arqueé las cejas y volví a concentrarme en mi penoso estado de salud.

Atravesamos los palmerales del Ziz, una extensión enorme de palmeras que se agrupan en las riberas del río Ziz. Dicen que de aquí salen los dátiles con más calidad de Marruecos. Yo no disfrutaba del paisaje, solo pensaba en mis tripas, en el dolor de barriga y en los mareos que, cada cierto tiempo me asaltaban.

Paré a repostar y vi que Carlos seguía ruta así que supuse que aquello sería una especie de despedida. Imaginé que mis desplantes y reproches le habrían hecho mella y me mandaba al cuerno. Ahora volábamos solos.

Otra vez en la ruta adelanté a la XT como una exhalación y me dirigí hacia Meknes, una de las ciudades imperiales, atravesando los más variados paisajes, dentro de la poca variedad que hay en esta parte del país.Fui consciente de atravesar poblaciones en las que debería haber hecho una parada pero mi estado de ánimo me impedía hacer otra cosa que no fuese rodar. Hacer kilómetros de forma continua e intentar olvidar los retortijones que se cernían bajo mi ombligo. Al comenzar a subir las primeras rampas del Atlas ni siquiera los enormes bosques de cedros centenarios o los prados verdes y frescos de las altiplanicies llenaban mi espíritu de modo que no tuve más remedio que detenerme en un apartadero y volver a descargar mi acuoso interior. Al lado de la moto, con un poco de fiebre y tembloroso, extendí la chaqueta y me dispuse a dormir una reparadora siesta, aún a pesar de no haber comido. Me sentía exhausto, incapaz de seguir adelante sin tomar un descanso. Después de varias visitas a la encina del talud mi estado comenzó a mejorar y caí en un profundo sueño mientras algunos coches y camiones pasaban a mi lado.

Pasaron más de dos horas cuando Carlos hizo su aparición. Se había quedado sin gasolina unos treinta o cuarenta kilómetros atrás y tubo que movilizar a medio pueblo, taxista incluído, para conseguirle una garrafa. Me dio un ataque de risa y le dije que, por fin, tenía su aventura de la gasolina para contar a sus nietos. La cosa de la gasolina ya me parecía graciosa por la insistencia.

El creyó que me había enfadado por el asunto de la gasolinera o la tardanza en la partida.

Aún descasamos un rato más porque él también venía un poco tocado de salud ventral. La maldita harira, [sopa marroquí], que habíamos comido en el desierto nos dejó bien jodidos.

Después de un rato conseguimos continuar, juntos de nuevo, con ritmo lento hasta llegar al siguiente bosque de cedros, cerca de Azrou. Allí un par de vendedores pesadísimos intentaban colocarnos cualquier cosa de su mercancía mientras los monos nos observaban con indiferencia. Más abajo, en Azrou, nos detuvimos a tomar algo. Eran las cinco de la tarde y aún no habíamos probado bocado pero ni siquiera las chocolatinas que compramos me apetecían. Más bien al contrario pues tuve que volver a hacer uso del excusado. Para sorpresa mía el váter era tradicional marroquí, es decir, un agujero en el suelo, un grifo para llenar una exigua lata y nada más. Por supuesto ni papel higiénico ni nada similar. Ya se sabe que una vez metido en danza ya no hay marcha atrás de modo que, confundiéndome en los usos con la población local, mantuve mi higiene con los adminículos disponibles lo que me dejó el culo la mar de fresco. Usé la mano impura, por supuesto.

En Meknes, guiados por un aparcacoches que, cosa rara, no nos exigió propina, recalamos en el peor hotel de toda la ciudad y, con diferencia, el peor de cuantos haya pisado en mi vida. La sordidez del cubil, sin menoscabo para los cubiles, ya se presentía en la recepción, un portal descuidado y sucio que era la antesala de lo que encontramos en el segundo piso. Allí puertas y ventanas se repartían por la planta sin concierto aparente y sin que respondiesen, necesariamente, a un orden lógico.

La habitación, con dos camas, una mesa y su correspondiente lavabo, era, por lo menos, segura. O al menos eso podíamos colegir a tenor de los dos pestillos y cerradura de que disponía. Uno, al ver esto, no sabe si sentirse más o menos seguro, la verdad.

La seguridad de las motos, aparcadas a la puerta del chamizo, quedó a cargo del vigilante de la calle, un chico de unos veintipocos con espalda ancha y camiseta negra marcando pectorales. Cierto es que nos cobró más por la vigilancia, unos cinco euros por cada una, más de lo nos cobraban en el hotel por dormir una noche. Estas son las consecuencias que hay que pagar por tener más cariño al vehículo que a la propia integridad.

Medina de Meknes

Recorrimos parte de la medina alumbrados tan solo por la exigua iluminación nocturna y, mientras Carlos compraba algo para cenar en el hotel, yo fui a una barbería a que me afeitaran. Mi estómago y resto de tripaje aún no se habían compuesto y no me veía capaz de meter nada en el cuerpo, aún menos una ensalada o algo ligero como mi compañero sugería.

La barbería, un pequeño habitáculo cerca del hotel, tenía dos viejos sillones cromados, con rejilla y porcelana, tan iguales entre si como los que se podían encontrar en cualquier establecimiento similar en la España de hace treinta o cuarenta años. De nuevo me transporté, mientras negociaba precio marroquí para mi persona, a la barbería de mi pueblo cuando era crío. En aquel entonces no pude disfrutar de los cuidados de Mario el Barbero, por ser yo un púber imberbe, obviamente. En este viaje me estaba resarciendo de aquello y me retrotraía en el tiempo para sentir la navaja subiendo y bajando por mi gaznate.

Mi charla con el barbero hubo de ser truncada de forma abrupta a causa de mis necesidades fisiológicas. Un nuevo ataque de severidad anal acudió raudo y, de nuevo, me vi en el hotelucho en un típico aseo marroquí, solo que este era más pestilente y desconchado que ninguno que hubiera visto en el país.

Antes de acostarme olisqueé las sábanas de la cama como un perro en busca de rastros ajenos a mi humanidad mientras Carlos se partía de risa. Y los encontré en forma de pelos retorcidos y cabellos lacios que, definitivamente, no eran míos: yo aún no había estrenado semejante lecho. Volví a cerrar la cama y me instalé en mi saco de dormir.

Al lado, el palacio de Mohamed VI seguro que ofrecía mejor y más suntuoso hospedaje, al fin y al cabo dice la leyenda que siempre están preparados por si llega el monarca.

Medina de Meknes

Medina de Meknes

12. Escuchando el Silencio

Se dormía poco y mal aquella noche en el albergue. Un calor insoportable se cernía sobre el desierto y el aire acondicionado era un aparato inservible que, puesto a toda potencia, no conseguía más que elevar un poco los decibelios de la habitación. Amparado por la oscuridad me levanté y salí sigiloso mientras Carlos, ajeno al calor y al ruido del acondicionador de aire, dormía a pierna suelta.

Fuera, una ligera brisa atemperaba un poco el ambiente. Sentado en la escalera del albergue encendí uno de mis puritos árabes y aspiré una profunda bocanada. Tosí y, a un metro de distancia se oyé una especie de bufido cansino, un rezongue de alguien que intentaba conciliar el sueño al raso sobre una vieja colchoneta de espuma. Era Abdul que además de dormitar durante el día, dormía profundamente en la noche. A tientas, volví al interior y me mantuve en un duermevela desagradable hasta que salió el sol.

Abdul

Nos levantamos y después de desayunar, (otra vez con zumo de naranja), nos dispusimos a dar una vuelta con las motos por los alrededores de las dunas, circulando por las pistas que hay todo alrededor de los veinticinco kilómetros del erg.

Cuando estábamos sobre la moto, listos para salir, Carlos dijo que tenía que llenar el depósito, que se estaba quedando sin gasolina: le había entrado la reserva durante la noche, poco antes de llegar a Risani. De repente noté que la sangre me hervía. Mis músculos se tensaron y tuve una explosión de ira. Había podido surtir en la gasolinera de Erfouz, pero prefirió esperar a llegar al centro de ninguna parte para repostar. Eso me llenó de rabia y le grité. Él, con tranquilidad, me decía que había visto un cartel al llegar, en una casa particular, donde vendían gasolina. Yo, con elevado tono de voz, le dije que quería andar en moto, que no me apetecía estar al sol, esperando, mientras buscaba la gasolina, al gasolinero y a su puta madre. Acto seguido proferí un sonoro “vete a tomar por el culo, joder!”, arranqué la Vstrom, y tomé la primera pista que se dirigía hacia las dunas.

A poco menos de un kilómetro, sintiéndome ya libre de Carlos y su manía de apurar la gasolina hasta el final del depósito, aún de muy mala leche, entré en la zona de arena. La pista, aunque dura hasta el momento, tenía varias bifurcaciones para llegar al mismo punto y cometí el error de escoger la que tenía la trampa de arena. La moto, a los tres metros de entrar en este blando elemento, se atascó y decidió no seguir adelante. Me bajé de ella y se quedó derecha, tiesa, desafiando la elemental norma que dice que una moto, si no la sujetas, se cae. Yo la miraba como quien mira a una mula tozuda que se niega a dar un solo paso más. La observaba como quien posa su mirada en un ser vivo y, en silencio, suplicaba que no me hiciese eso, que saliera de allí por favor.

El sol caía a plomo, con insistencia desértica y no se veía un alma por los alrededores.

Pensando con frialdad, con la frialdad que el sofocante calor me dejaba, siempre tenía la posibilidad de volver al albergue andando, al fin y al cabo no me separaban de él más de mil quinientos metros, como mucho, pero la sola idea de presentarme desvalido ante Carlos y los dos trabajadores que cuidaban el lugar se me antojaba abominable. Acababa de montarle a mi compañero de viaje una buena bronca y ahora no era el momento de acudir a él en busca de ayuda.

Cuando me encontraba dilucidando mis posibilidades de desatascar la máquina, como surgido de la nada, apareció un chico que saludó con un Bonjour monsierur, la route c´est pour ici, señalando la pista que se bifurcaba. Si coño, ya sé que es por ahí, pero ahora no es el momento de indicarme el camino, pensé yo.

El chico, sin que yo dijera nada, se hincó de rodillas y comenzó a sacar arena con las manos haciendo un carril de salida para la rueda trasera. Yo le ayudé y cuando la moto comenzó, por fin, a moverse marcha atrás llegó Carlos con Abdul a la grupa, con el asunto de la gasolina solucionado gracias a la intervención de su acompañante. Ya se me había pasado el cabreo con él pero aún conservé mi gesto adusto un buen rato, no sé muy bien si para hacer prevalecer mi supremacía o para dejar clara constancia de mi disgusto con su forma de llevar el viaje con respecto a la gasolina.

Nos acercamos a Risani por las pistas, luchando con la toule ondulèe, con las trampas de arena y con las rodadas de los 4×4. Definitivamente no rodaba cómodo en aquel terreno. La Vstrom es demasiado pesada para estos menesteres y aún más circulando con un neumático mixto, cuasi asfáltico. En algún momento parecía que la moto se iba a desarmar y me dolía cada kilómetro que hacíamos. En ese momento decidí no volver a salirme del asfalto con ella.

Guiados por Abdul, llegamos a uno de los complejos hoteleros cercanos con la intención de comprar una botella de vino. pero nos encontramos con la obcecada actitud del camarero que, empeñado en cobrarnos ocho euros al cambio, se empeñaba en ser impermeable a nuestras sanas intenciones de regateo. Sin vino, asfixiados de calor y, en mi caso, con muy pocas ganas de hacer nada que implicase movimiento, volvimos al albergue a esperar la hora de salir, con los camellos, hacia la jaima de las dunas.

En el albergue el fresco no era sino un anhelo y, con cuarenta grados a la sombra, me dediqué a intentar conciliar un sueño que no llegó. Dediqué el resto de la tarde a navegar por Internet y a beber agua como loco en un vano intento de refrescarme con agua templada.

Al atardecer, bajo la sobra de un árbol escuálido, desgrané unas notas en la gaita que, al igual que yo, emitía un quejumbroso sonido acogotada por el calor. Ni el público menudo que se acercó a presenciar el acto musical aguantó más de cinco minutos. Era la hora de no hacer nada.

Miré la enorme duna que se levantaba allá al fondo y luego cerré los ojos. Sólo se oía el ulular del viento, abrasador, que movía las palmeras. De vez en cuando el bramido de un dromedario me devolvía a aquella realidad absurda en la que estaba inmerso. La cabeza comenzaba a dolerme por el calor.

Por fin apareció Mohamed con los camellos, un mohamed más en el país de los mohameds,. Sin apenas cruzar palabras nos acomodamos sobre las espartanas sillas camelleras, confeccionadas con mantas dobladas, y nos dispusimos a adentrarnos en las dunas junto con una pareja de belgas. El camellero conducía la caravana con lentitud, buscando los mejores pasos por un camino que tan sólo él parecía ver. Pronto perdimos de vista el albergue y Risani y quedamos rodeados de silencio mientras el sol horadaba una cordillera montañosa en el horizonte.

La precaria silla de mi montura comenzó a hacer mella en mi trasero y a los cuarenta y cinco minutos ya no sabía que posición adoptar, del reducido elenco de posturas que un dromedario puede brindar a su jinete. Me dolía el culo y estaba deseando llegar a la jaima para apearme de aquella maldita bestia.

A cambio de tanto sufrimiento el paisaje que se abría ante mis ojos colmaba mis ansias de emociones. El silencio, tan solo roto por algún insulso comentario de Carlos, lo llenaba todo. Yo intentaba sobreponerme a cada palabra que mis compañeros de viaje proferían, como un graznido sacrílego rasgando tanta paz, cerrando los ojos y el sentido del oído. No llegaba a comprender como podían exhalar siquiera una palabra estando rodeados de tanta belleza.

Mientras subíamos y bajábamos dunas volví a recordar los versos de Argensola, «Porque ese cielo azul que todos vemos, ni es cielo ni es azul. Lástima grande que no sea verdad tanta belleza». En realidad el cielo ya se estaba tornando rojizo y el rosicler se posicionaba hacia el Este de forma que Argensola se estaba quedando fuera de lugar. No me importaba. Con la punta de mis dedos podía rozar lo hermoso y tan solo eso pertenecía en aquel momento.

Iba en silencio y silenciando mis pensamientos para, desde la nada, sentirlo todo.

Llegamos al campamento situado en una hondonada entre las dunas. Parecía un asentamiento de pordioseros venidos a menos. Las jaimas, pardas y en jirones, se erguían sobre la arena con vergonzosa gallardía a tenor de su estado.

Alrededor de un patio central franqueado por una valla que le daba el aspecto de un rancho en ruinas No me importó en absoluto.

Mohamed nos despachó rápidamente en pos de “le coucher du soleil”, la puesta de sol, después de repartirnos los lugares para dormir. Todos elegimos dormir al raso bajo unas mugrientas mantas que olían a gato. Ascendimos, penosamente y desprovistos de elegancia, las dunas, escogiendo cada uno su lugar para ver la caída del Astro Rey. Los belgas, de complexión atlética, se encaramaron en lo alto de una duna enorme y Carlos y yo nos dirigimos a otra, no menos enorme a unos cientos de metros. Nuestro ascenso fue menos deportivo y cada paso iba precedido de varios resbalones en la superficie arenosa. Una vez arriba no quise estar cerca de mi compañero, necesitaba estar solo y supuse que él también así lo quería.

Carlos sacó el móvil y llamó a su novia. Supongo que lo necesitaba en aquel momento, oír la reconfortante voz de la persona que quieres, pero, en aquel instante, me pareció tan fuera de lugar que deseé que desapareciera la cobertura como por arte de magia.

Cuando el sol no era más que un remedo de la estufa que me había recalentado los circuitos durante la tarde, volvimos al campamento, no sin dificultadas: estuvimos más de veinte minutos dando vueltas intentando encontrar la hondonada donde nos esperaban para cenar. Nos separamos para buscar el camino pero las dichosas jaimas no aparecían. Al fin, cuando ya comenzábamos a desesperarnos oí la voz de Carlos que me llamaba. Había encontrado el objetivo.

Mohamed nos había preparado una harira, una sopa de garbanzos, maíz, lentejas, fideos y otros ingredientes, muy típica de Marruecos. Estaba buena. De segundo, un omnipresente tajine y un té moruno para rematar. A la luz de las velas charlé un buen rato con, Julie y Benjamín, los belgas, y con Mohamed que nos contó cosas de la hamada en los años cuarenta, de la vida en la frontera con Argelia, de las caravanas, de las trampas para las, hoy, extintas gacelas…

En lo alto de una duna volvió a sonar la gaita. Sones melancólicos que, arrastrados por el viento, se alejaban sobre la arena una vez libres de la prisión que los atenazaba. “All rivers are free” me pareció lo más adecuado en aquel paisaje desprovisto de agua.

Todos se fueron a acostar a sus rincones menos Mohamed y yo que nos quedamos un rato en silencio, mirando las estrellas y escuchando el silencio.

11. Gaita Retumbando

Garganta del Dades

Dejamos el Albergue Des Roches por la mañana cuando el calor comienza a apretar. Continuamos el ascenso del valle después de pagar unos exiguos veinte euros por la cena, el alojamiento y el desayuno y después de despedirnos de nuestros anfitriones. Íbamos a subir hasta la cabecera del valle y, desde allí, cruzar por las pistas de montaña hasta la Garganta del Todra disfrutando de los áridos paisajes del Atlas.

La carretera de subida difiere bastante de la que nos había traído hasta la Garganta y el albergue. El piso había empeorado bastante y en algunos lugares el asfalto había desaparecido completamente a causa de los torrentes del deshielo de primavera.

La geología era impresionante, con pasos a media ladera que hacían que se helase la sangre con tan soloel imaginarse una simple salida de pista. A nuestra derecha, al fondo del precipicio, se extendía la línea verde del río con su profusa vegetación en claro contraste con los tonos grises y pardos del resto del valle. Allí abajo, al amparo de una climatología más benigna los huertos y las palmeras formaban una serpiente verdosa que solo se dejaba ver en los meandros más amplios. El resto del recorrido discurría, agazapada, en lo más profundo del cañon.

Circulábamos con cuidado y haciendo frecuentes paradas para sacar algunas fotos. Carlos, aunque no decía nada, estoy seguro que en cada curva, en cada recodo, en cada impresionante plegamiento rocoso, se acordaba de su cámara perdida en el Sáhara. Me apenaba su situación, pero nada podía hacer al respecto.

Al llegar a la zona alta, en el último pueblo cuyo nombre ya no recuerdo, un hombre que estaba sentado en la terraza de un bar, deporte nacional por excelencia este del terracing, nos salió al paso mientras dilucidábamos si estábamos en la pista correcta. Nos preguntó si nos dirigíamos a las montañas y al contarle nuestras intenciones nos dijo que era imposible el paso para nuestras motos, que las pistas estaban destrozadas por las crecidas y que incluso los todo terreno tenían problemas para rebasar los pasos más complicados.

Carlos y nos yo nos quedamos mirándonos sin saber muy bien qué hacer. El hombre, decidido a que no arriesgásemos nuestra integridad por aquellos parajes solicitó el apoyo táctico de un gendarme cubierto de polvo que ratificó su teoría.

Así las cosas no nos quedó más remedio que desandar el camino y regresar a la confortabilidad del asfalto de la carretera principal para llegar al Todra por la nacional.

Llegué solo a la Garganta del Todra, Carlos había quedado unos kilómetros atrás, cosa que no me preocupaba porque, además de llevar gasolina suficiente, el desvío estaba bien señalizado y habíamos quedado en vernos a la entrada de la Garganta.

Lo primero que me encontré fue a un hombre intentando pescar unos pequeños peces de nombre desconocido con una caña rudimentaria, como las que usábamos cuando éramos niños. Entablé conversación con él y me interesé por sus inexistentes capturas. Él, solícito, me prestó su caña y me dediqué durante un rato a la pesca, aprovechando que Carlos aún tardaría en llegar.

Intimando en el Todra

Cuando llegó yo ya había intimado con los vendedores de los puestos y estábamos tocando los tambores beréberes y cantando lo que yo ya calificaba como el himno local: “vamos a la playaaaaaaa…”.

Las enormes pareces de la garganta del Todra, de unos trescientos metros de altura, retumbaron con el sonido de la gaita mientras los acordes de la Marcha Celta inundaban todo el valle. Los chicos que atendían los puestos de venta para turistas, inexistentes aquél día de temporada baja, se fueron acercando con su mirada curiosa y, poco a poco, volví a formar en mi derredor una curiosa clá de variado pelaje. Poco a poco la empatía con aquellas gentes se fue haciendo más y más patente y compartí con ellos lo poco que quedaba en la bota de vino y un licor de marihuana que solo los más osados y curiosos se atrevieron a probar. Agua de fuego con efectos secundarios.

Abdul, le gusta el vino

Abdul, dueño de uno de los puestos de la zona alta, estaba empeñado en alquilarnos su tienda de campaña para pasar la noche y sólo nos cobraría diez euros. También estaba muy interesado en la bota de vino, quería hacer trueque a toda costa. Después de unos tragos ya había rebajado el precio del alquiler a cinco euros y cuando, por fin, accedí a cambiarle el escaso cuarto de litro que quedaba por un turbante, no sólo no nos cobraba nada por dormir sino que nos invitaba a cenar tajine. La tienda en cuestión era poco más que un trapo descolorido plantado entre el pedregal de la orilla, al pie de un cortado vertiginoso.

Después de unas horas abandonamos en Todra al atardecer. En nuestra estancia allí todo el tiempo estuve dudando si quedarnos a dormir en la Garganta o seguir ruta. Al final decidí continuar aunque creo que me faltaron unas horas para salir de allí bien empapado del paisaje y de la gente.

Acerqué a su casa a un tipo muy simpático que había vivido en España los últimos veinte años. Nos contó de su paso por la cárcel de Carabanchel – “como si yo fuese un chorizo, oye!”- Todo había sido una embarullada confusión que me relató de una forma igual de embarullada y no conseguí quedarme sino con el hilo principal de la historia. Ahora había montado un albergue cerca de la Garganta para que su hija pudiera vivir de ello.

Carlos dejó el material escolar que llevaba en una de las escuelas del valle mientras yo lo esperaba en algún lugar en el medio de ninguna parte. No me dijo que iba a hacerlo ese día y me pareció lo correcto. Hay cosas que uno debe hacer solo y Carlos estaba deseando vivir su propia aventura para la que yo, en muchas ocasiones, no era más que un estorbo. Comprendí eso los primeros días, esa necesidad de vivir el viaje, de enfrentarse a las dificultades en solitario y por ese motivo no me preocupaba demasiado cuando nos distanciábamos varias decenas de kilómetros y cada uno viajaba a su aire. De forma tácita se había firmado ese pacto.

El atardecer nos sorprendió en plena ruta y, aprovechando la ventaja que le sacaba a Carlos me iba parando cada pocos kilómetros, no tanto para esperarlo como para disfrutar de las hermosas vistas de la puesta de sol en el desierto.

Al llegar a Erfouz, la puerta de entrada a las dunas de Merzouga, el Erg Chebi, nos encontramos con Mohamed, un berebere de los más pelmas, que nos entretuvo por espacio de una hora y que nos convenció para pasar una noche en una jaima del desierto. El trato era que al llegar a Risani, a sesenta quilómetros de allí, nos subiríamos a los camellos y, en plena noche, nos llevarían a la jaima para ver el amanecer en las dunas. De nuevo embarqué en la Vstrom a un pasajero. Se trataba de Abdul, un menudo personaje de turbante calado y ojos adormilados que infundía tranquilidad con su santa paciencia. Daba la impresión de estar completamente fumado.

Rodamos hasta Risani atravesando la insondable oscuridad de la planicie, cansados y con sueño, con la intranquilidad de rodar de noche en las peculiares carreteras marroquíes. Al llegar al albergue nos encontramos con que el dueño se niega en redondo a llevarnos a las dunas. Ya eran las doce de la noche y su padre, el camellero, hacía poco que había llegado de las dunas y estba durmiendo. Esta falta de seriedad, junto con el cansancio que arrastramos, hizo mella en nuestro ánimo y la discusión comienzó a subir de tono. Nos propusieron quedarnos esa noche y salir al día siguiente, por la tarde, a dormir en el desierto pero era una solución que no nos satisfacía. Al final, por no seguir discutiendo, negociamos quedarnos una noche más a cambio de una rebaja en el precio y, echando mano de mi capacidad para racionalizar y poner paz, nos fuimos a la cama con un regusto un tanto amargo. Mañana será otro día.