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Con Riders 7. Adiós Moscú

Los últimos suburbios de Moscú se iban quedando atrás, escondiéndose detrás de una maraña de abedules, cada vez más tupidos, que se alternaban con prados y tierras de labor. El viento de la planicie moscovita iba deshilachando mis recuerdos más desagradables y ante nosotros se abría la posibilidad de una nueva aventura, seguramente perlada de situaciones rocambolescas e inusuales.  El petardeo amable del motor de la BMW se apoderaba de todo mi ser y de nuevo, todas las piezas que andaban desperdigadas por mi cabeza volvían a ocupar su lugar poco a poco.

He tenido mejores motos que esta R-80, que ni siquiera es lo más apropiado para viajar, pero ha sido un regalo y le tengo cierto aprecio. En realidad no tengo demasiado apego por las cosas materiales pero digamos que la BMW tiene capacidad para mimetizarse conmigo y no me gustaría perderla. Para ser sincero tampoco está preparada por Deus ex Machina sino por un restaurador anónimo de Barcelona, Julián, que lleva toda la vida metido entre motores bóxer y chapas fileteadas. A él le gusta decir que lo concibieron encima de una BMW pero no me lo creo. Lo habrán concebido, sin planificar, en un descampado de las afueras de Ponferrada en una noche de agosto. Julián en un tipo majo pero tiene sus manías, como todo el mundo. Una de las que más me saca de quicio es que, cuando le pides un papel de fumar, lo saca del librito, lo arruga con una sola mano y te lo entrega. Luego yo lo estiro con cara de fastidio y lío un cigarrillo. ¿A qué viene esta tontería de arrugar el papel de fumar? Cualquier día de estos se lo tiro a la cara.

Camiones polvorientos y Ladas de los setenta se alternaban con ostentosos Mercedes y carros de un solo caballo, cada uno negociando la carretera a su ritmo e ignorando a los demás, como la vida misma. Josu y yo volvíamos a Barcelona con el recado de Vladimir: había que encargarse de un tipo. El trabajo no estaba muy claro pues Vlad había sido parco en palabras pero lo de “encargarse de un tipo” sonaba a quitárselo de en medio. Hay muchos modos de quitar de en medio a alguien pero se reducen básicamente a dos: puedes matarlo o puedes conseguir que desaparezca por voluntad propia. Por lo general la segunda vía es más trabajosa y no siempre hay garantía de éxito aunque siempre es preferible a la primera. Si matas a alguien te arriesgas a que el asunto no salga bien y des con tus huesos en la cárcel, lo cual es bastante incómodo. Como Vlad no nos había dicho por cual de las dos vías teníamos que optar, no sabíamos a qué atenernos. Lo único claro es que teníamos que ir a Barcelona y “ocuparnos” de un fulano. Claro que antes, habría que hacer algunas paradas estratégicas para catar los placeres de Minsk, Varsovia y Budapest. El trabajo de un Con Rider siempre puede esperar si la ocasión lo requiere

Una vez en Barcelona tendríamos que encontrarnos con Irina y ella nos daría el objetivo y las instrucciones precisas. La dulce Irina. La perspectiva de volver a verla había hecho mella en mi y ese era uno de los motivos por los que había aceptado trabajar para los rusos. Si además recibía una compensación económica e información que nos llevase hasta El Reponedor, no había mucho más que pensar. Irina y El Reponedor, ¿podía haber alguna combinación más perfecta?

Vlad nos había ofrecido 6000 € y una muestra del bebedizo si poníamos fin a ciertas trabas que impedían la expansión de sus negocios en España. Creyó percibir una señal divina cuando nos conoció. Quienes fueran los dioses que el ruso adoraba le habían mostrado una epifanía en la que los Con Riders éramos la pieza clave. Me entusiasmaba ser la pieza clave. Eso te da un plus de energía extra y cierto poder si se presenta la oportunidad de negociar cualquier cosa.

Con Riders 6. Tratos sucios

Estoy de mierda hasta el cuello —pensé mientras me subía los pantalones. —Esto sí es una buena cagada.
El olor me resultaba, por momentos, insoportable. Me habían convertido en una mofeta de manos doloridas en un abrir y cerrar de ojos, y no encontraba la manera de salir airoso de la situación. La opción de quedarme a vivir en el váter se me antojaba absurda y salir a pasear mi pestilencia en medio del bar, tampoco era una solución agradable. Había un ventanuco al fondo cubierto con tela metálica, justo encima del último lavabo. Podría darle unos golpes, desprender la tela y colarme hasta el callejón. Luego podría ir al hotel, darme una buena ducha y volver a La Vaca Borracha hasta el culo de speed y cortar dos o tres cabezas con una katana. Nunca había cortado ninguna cabeza pero estaba seguro de que, llegado el momento, sabría cómo hacerlo. Casi con toda seguridad podría caber por aquel minúsculo agujero y lo de cortar cabezas no parecía muy complicado.

Después de sopesar los pros y los contras, analizar variables y elucubrar sobre la mejor forma de escaparme con la cabeza alta, decidí salir  de nuevo al bar. No tenía katana y de tenerla, era muy probable que alguien me descerrajara un par de tiros con una strizh antes de que pudiera acercarme a Vladimir o a aquel maldito heliocentrista.

Avancé con paso firme y lento a lo largo de la barra mientras los clientes se llevaban las manos a la nariz y murmuraban improperios en un ruso ininteligible. Algunas chicas hacían amago de vomitar y los más, abrían mucho los ojos con cara de asco. Supongo que el cuadro que ofrecía no era muy agradable a la vista pero caminaba como si fuera el mismísimo rey de Francia. Frente alta y mirada desafiante.

Cuando llegué a la mesa de Vlad, él y Aristarkh El Heliocentrista se quedaron mirándome pasmados. Puede ver que aguantaban la risa para, en el siguiente instante, quedarse petrificados. Estoy seguro que no contaban con verme aparecer de nuevo en el bar. Irina estaba boquiabierta, con sus enormes ojos azules clavados en mi. Su cara era una extraña mezcla de admiración y espanto aderezada con una pizca de lástima. Las posibilidades de volver a tener sexo con ella se evaporaron en aquel preciso instante. Una lástima. Yo, plantado frente a ellos, tampoco sabía muy bien qué decir ni qué hacer. Había atravesado todo el bar y no había ni un solo cliente despistado, todos estaban pendientes de la escena.

Pasada la sorpresa inicial todo parecía indicar que alguien tenía que mover ficha, arquear una ceja, sacar la navaja… no sé, cualquier cosa que nos sacara de un impasse que se estaba convirtiendo en un marasmo surrealista.

Contra todo pronóstico Vladimir siguió con sus ojos puestos en mi figura y Aristarkh se incorporó de repente. Miré sus botas negras y brillantes de soslayo y, antes de que pudiera siquiera parpadear, me fundí con el en un abrazo de oso. Se quedó petrificado. Sus brazos cogaban a los lados de cuerpo, casi inertes y pude intuir en él una mueca de profunda repulsa. El olor a orines y excrementos viejos ascendía entre nosotros hermanándonos en hedor fétido.

Ahora estamos en paz -le susurré al oído. —Si volvemos a encontrarnos algún día, donde quiera que sea, te meteré un palo por el culo y no dejaré de empujar hasta que te salga por un ojo mientras tu madre nos mira.

El Heliocentrista me apartó de un empujón adornado con un mohín de asco pero su cara decía mucho más. Decía que el Sol había dejado de convertirse en el centro y que, a partir de entonces, había otros astros a los que prestar atención. Aludir al cariño de una madre es algo que nunca falla.

Bueno —, terció Vlad— creo que es hora de que te vayas a dar un baño. Y quizá también sea la hora de que no volvamos a vernos nunca más. Lo que estáis buscando no está aquí. Y aunque estuviera, tampoco os lo daría —sentenció —. Pero creo que podríamos hacer un trato— dijo con aire dubitativo.

“Un trato”. Aquel mal nacido hijo de mil perras quería hacer un trato conmigo.

¿Qué tienes que ofrecerme?– pregunté con toda la dignidad que mi penoso estado me permitía.

Te daré información sobre lo que buscas a cambio de que hagas algo por mí en Barcelona. — Su voz sonaba codiciosa, como la de quien acaba de cerrar un negocio muy provechoso.

La idea de hacerle un favor a Vlad no me gustaba en absoluto pero estaba claro que si queríamos llegar al Reponedor tendríamos que transitar por veredas descabelladas. Los Con Riders somos puro descabello… ¿qué podría importar una idiotez más?

—Está bien —dije —, ¿de qué se trata?

Con Riders 5. La venganza

Cuando Vlad me preguntó qué había pasado sentí un pinchazo de pánico. No una sensación lejana y desdibujada sino un miedo atávico y real: Vladimir me daba miedo. Su rostro afilado, sus labios finos y apretados, su mirada de mustélido… Había algo en él que no había visto hasta entonces y que me provocaba turbación y desasosiego. Ahora la verdad se abría paso a empellones y por fin, lo veía todo claro: el bueno de Vlad era un hijo de puta peligroso. El día anterior todo eran risas y vodka, drogas y diversión, pero en aquel momento, mirándole a los ojos, comprobé que dentro de su alma solo había brutalidad y negrura.

Él también pareció darse cuenta del efecto que provocaba en mí y se estaba regodeando en ello. Se había dado cuenta de que, como en el resto de los mortales, provocaba una reacción de atracción y repulsa que le resultaba muy familiar. Vlad tiene el poderoso atractivo de los delincuentes. Y lo sabe.

No me sentí con fuerzas para mentirle porque me aterraba ser descubierto así que le conté toda la verdad y nada más que la verdad. Me abrí como una sandía madura lista para mezclar con tequila. Pasé de puntillas por algunos detalles más escabrosos, como el número de puñetazos o patadas que había recibido su hombre pero no se hizo necesaria demasiada explicación, desde la mesa del fondo unos ojos encajados a presión en una cara a punto de estallar de puro hinchada, me miraban con rencor. Vlad ya sabía todo lo que había ocurrido y solo me estaba preguntando sobre los hechos para saber si me reventaba la cabeza allí mismo o me sacaba las tripas a la calle en el callejón trasero.

Le conté lo del Reponedor y nuestra búsqueda incansable, le expliqué quienes somos los Con Riders, le hablé de nuestros archienemigos, los Sin Riders… En menos de cinco minutos Vladimir estaba al tanto de nuestra historia más reciente y de nuestras últimas horas en Moscú. Algo me dijo que mis explicaciones eran innecesarias. Vlady, el Bueno de Vlady, parecía saber todo lo que había que saber sobre nuestro microuniverso más inmediato.

Después de unos instantes largos y pastosos que se deslizaban como la miel en un cóctel de ron, sus labios esbozaron al fin una sonrisa de medio lado y estalló en carcajadas. Era una risa ostentosa y gutural destinada a que todo el mundo supiera que Vlad, nuestro Vlad,  estaba contento porque, una vez más, tenía todo bajo control. Bajo su control.

Nos invitó a sentarnos a su mesa y pidió una botella de vodka. Irina me dedicó una mirada pícara que, en otras circunstancias, hubiera sido interpretada como la antesala de una noche de sexo de calidad pero, sentado frente a la omnipresencia de aquel ruso menudo y fibroso, el sexo había pasado a un discreto segundo plano. Tampoco contribuía a mi comodidad general el hecho de que el hombre al que esa mañana había golpeado brutalmente, me estuviera mirando en silencio. Le dije que lo sentía mucho y que todo había sito un terrible error. Hizo un gesto de asentimiento con su cabeza deforme y siguió callado.

Josu, sentado a mi lado, trasegaba vodka con despreocupación y, desde luego, no parecía compartir la impresión de que estábamos prisioneros en la guarida del monstruo. Le sugerí que fuese a comprobar las motos con la disculpa de haberme dejado la llave. Una BMW preparada por Deus ex Machina no debe permanecer mucho rato con la llave puesta en el centro de Moscú por cuestiones de pura practicidad. Quizá nuestros amigos rusos ya no fuesen tan solícitos a la hora de buscarlas en caso de que desaparecieran misteriosamente. Josu se levantó un poco achispado y salió del local dejando tras de si una vaharada alcohólica que le persiguió hasta la mitad de la calle. Aristarkh El hinchado siguió su estela.

Aquel hubiese sido un buen momento para buscar una salida trasera, al fin y al cabo era lo que pretendía al mandar a Josu al exterior. Encontrarme con Josu en la calle, partirle a Aristarkh El Heliocentrista lo que le quedaba de cara, subirnos a las motos y salir zumbando hasta Bielorrusia, poniendo hielo y tierra de por medio antes de que la cosa se liase más. Pero nada de eso ocurrió. A causa de los brebajes, la coca y el martini, el bajo vientre comenzó a tener una vida propia que parecía independiente de mis deseos. Sentí que, de no ir de forma inmediata al baño, me cagaría allí mismo.

Lo siento Vlad,- dije con timidez- me estoy cagando.
Ya te noto con mala cara desde hace un rato-.- sentenció con sorna.

El váter olía a pis ácido y excrementos rancios. A pesar de haber perdido, con lo años, cierta noción de la higiene personal y descuidar, por temporadas, mi aspecto físico, me siguen repugnando los urinarios públicos. Prefiero hacer mis necesidades en cualquier descampado, en un portal o en la intimidad de una pensión de mala muerte que tener que hacer uso de estos almacenes de inmundicia. Sin embargo cuando sufro un apretón serio, como en el que estaba inmerso aquel atardecer moscovita, hago de tripas corazón y me apaño con lo que haya.

En cuclillas, procurando no tocar nada de la mugre que me rodeaba, conseguí asirme, como un ave rapaz, a la parte baja de la puerta mientras cargaba todo mi peso sobre ella. La postura distaba mucho de ser cómoda pero me permitiría evacuar sin grandes florituras; no era el lugar ni el momento para ponerse exquisito.

Mientras cavilaba en algún plan que nos sacase pronto del bar y de la turbadora presencia de aquellos rusos locos, oí unos pasos que se acercaban por el pasillo de los lavabos. Los veinte centímetros que separaban la puerta del suelo me permitieron ver unas botas negras, brillantes, que asomaban bajo el faldón del abrigo de piel. Se quedaron allí, frente a la puerta, como esperando algún acontecimiento importante.

Tap, tap, tap… golpearon las mugrientas baldosas con ritmo.- Tap, tap, tap… – Silencio.

Supuse que mis dedos, asomando por la parte baja de la puerta, habrían llamado la atención de algún bebedor de vodka pero antes de poder dedicarle más pensamientos a aquella idea, una de las botas se despegó del suelo y me descargó una tremenda patada en la mano izquierda. Antes de que mi cabeza pudiera dar una orden clara, la mano se había retirado, como impulsada por un resorte, a la relativa seguridad de mi axila derecha mientras yo reprimía un grito de dolor. No cabía duda, estaba siendo atacado.

Por si aún albergaba alguna duda la bota volvió a patear con violencia sobre la única mano que quedaba a la vista del enemigo. Tendría que haberlo supuesto. Mientras retiraba la mano dolorida el tiempo pareció detenerse durante unos instantes eternos, justo lo que necesitaba la fuerza de la gravedad para hacer su trabajo y bascular mi centro de gravedad sobre el váter turco.

Podría decir que caí a cámara lenta, que el tiempo fluía delicuescente mientras me precipitaba sobre un abismo insondable de excrementos humanos y orina, pero no. Lo cierto es que caí con estrépito, con los pantalones por las rodillas, sobre una masa de deposiciones húmedas y orines rancios con un chapoteo sordo y desagradable. Todo muy exento de lirismo y epicidad. Me habían hecho una jugada muy sucia.

Cuando conseguí recuperarme de la sorpresa inicial apoyé mis maltrechas manos en un charco oscuro y con mucho esfuerzo, conseguí incorporarme. Una vez más, un Con Rider estaba en serios aprietos.

Con Riders 4. Gran Cagada

Este es el cuarto capítulo de los Con Riders, un grupo de subhéroes que recorre el mundo en moto a la búsqueda de su santo grial particular: El Reponedor. Quizá, si quieres seguir el hilo de esta aventura, te convenga leer las entregas anteriores para saber de qué va el tema.

  1. Los “Con Riders”, héroes mundanos
  2. Con Riders: Moscú

  3. Con Riders. El Encuentro

Con Riders. Gran Cagada

Al final cayeron cuatro martinis en la tarde moscovita y las buenas intenciones se fueron diluyendo en una nebulosa muy agradable. Ahora solo quedaba ir a buscar a Vlad y sacarle la información que necesitábamos para dar con El Reponedor. Faltaban un par de horas para que abriese el garito, La Vaca Borracha, así que decidimos dar un paseo a orillas del río Moskova. El río no es otra cosa que un hediondo canal marronuzco que atraviesa la ciudad de punta a punta y que sirve de almacén temporal a toda la mierda de la ciudad. Supongo que en invierno, congelado, estará mucho más bonito pero no era mi intención permanecer allí tanto tiempo como para poder comprobarlo.

Josu estaba muy alegre, lleno de energía y pletórico de ánimos. Sin duda eran los efectos de los martinis rusos y el recuerdo de su noche loca con la Cholapova. Si es que recordaba algo.

 -Rankxerox– me dijo- hace una tarde cojonuda para salir de vinos. ¿No tendrá vino esta gente?

Mi verdadero nombre no es Rankxerox, claro, es solo mi sobrenombre. Tengo un apodo de fotocopiadora porque mi nombre de verdad es mucho más vulgar. Me llamo Federico, aunque eso poca gente lo sabe. Mi abuelo materno se llamaba Federico y mi madre se llamaba Federica, aunque su nombre artístico era Fedra.  Padre no tuve nunca, que yo sepa. Quiero pensar que nací por generación espontánea en algún cubil de la Barcelona de los años ochenta. La Fedra, mi madre, se ganaba los garbanzos transitando por el lado salvaje de la vida o al menos, era lo que a ella le gustaba decir. La verdad es que era puta en El Raval. Un oficio tan digno como otro cualquiera aunque no exento de los riesgos inherentes a la profesión.

-No conviene que nos liemos mucho, tenemos una tarea importante por delante– contesté intentando darle un aire grave a la cuestión.

Una tarea importante. Eso era. Quizá el tener una meta en la vida nos mantenía serenos la mitad de la jornada. La otra mitad transcurría entre broncas de medio pelo, alcohol, drogas y sexo. No se puede decir que fuésemos muy eficientes pero al menos éramos consecuentes con lo que hacíamos y la parte más canalla de nuestras vidas la llevábamos hasta las últimas consecuencias.

Los vinos rusos no tienen mucha fama pero íbamos a descubrir que algunos blancos son excelentes. En la vinatería, un local de elegancia torpe y demodé, una rubia entrada en carnes y con aire ausente nos recomendó probar el blanco de Crimea.

“Una joven lacrimea
por su dolor constante,
lágrimas de brea,
por su ausente amante”

Pensé en regalarle el poema y rendirme a sus pies deshaciéndome en halagos florales que ahogasen su pena, pero luego pensé que lo único que sentía la dependienta era un profundo odio por su ciudad que le provocaba alergia. En eso nos parecíamos bastante. Moscú me resultaba una ciudad repulsiva y deleznable, una mezcla de favela helada y ciudad cosmopolita con un aire tristón y melancólico que contagiaba a sus habitantes.

El vino resultó ser una mezcla un poco tosca de madeira y sauternes aunque con excelente bouquet. Acabamos tomándonos una botella y comprando otras dos. Josu se llevo una más metida en el interior de su abrigo cuando la rubia de carrillos colorados se volvió para cobrar. Robar no está bien pero lo hacemos siempre que podemos. En nuestro descargo he de decir que lo hacemos por diversión, no por necesidad.

Aparcamos las motos frente al Piane Karova de forma que pudiésemos salir pitando si era necesario.

Al entrar en la Vaca Borracha vimos a Vladimir apostado en la mesa del fondo, camuflado entre volutas de humo y atrincherado tras una botella de vodka. A su lado, resplandeciente como una gema, Irina brillaba con luz propia. Su risa contagiosa inundaba el bar y la alegría de su voz flotaba en el aire viciado. Irina es una de esas chicas de belleza salvaje, de las que no contienen su sensualidad porque apenas si son conscientes de que les precede. Es de esas mujeres por las que un hombre puede llegar a perderlo todo. Pero yo no tenía nada que perder.

Vlad dio un salto al vernos y esbozó una mueca que se parecía a una sonrisa sincera. Abriendo mucho los brazos atravesó el bar a grandes zancadas y me envolvió en un abrazo que me supo a mafia italiana. Mis nudillos seguían crispados sobre la navaja en el interior del bolsillo del astracán, a la espera de una orden del subconsciente.

¿Donde os habíais metido?– preguntó. Llevo todo el día preocupado por vosotros. Dejé a uno de los chicos enfrente de casa de Irina para que no os pasara nada pero alguien le ha hecho una cara nueva esta mañana. Mantuve un prudente silencio.

Vlad sacó unos cuantos billetes del bolso diciendo “Toma tío, te he cogido estos billetes por la mañana para salir a comprar el desayuno. Mi cartera estaba en el sidecar de la Ural”.  Josu carraspeaba nervioso.

¿Qué pasó? Cuando cuando llegué ya os habíais ido…- Vlady arqueaba las cejas esperando una respuesta.

 Bar_Ruso

Con Riders 3. El Encuentro

Cuando desperté ya era media mañana y el dolor de cabeza aún no me había abandonado. Josu intentaba mover las carnes de Cholapova, o como quiera que se llamase aquella hembra peluda, para extraer sus pantalones vaqueros, prisioneros y agonizantes bajo toda aquella humanidad. Siempre quedo admirado de la capacidad de Josu para tirarse a cualquier ser humano que se le ponga por delante. En Magalluf se lo había montado con un inglés borracho, poco más que un adolescente imberbe lleno de granos y en La Catedral del Techno terminó con una pedorra de sombrero tejano.

-Josu, ¿has visto a Irina?– No se por qué pregunté por Irina en lugar de averiguar el paradero de Vladimir que, a esas horas aún no había dado señales de vida.

Se me quedó mirando con aire ausente. Tenemos que irnos– le dije.

Hacía varias horas que no veía a mi moto y me estaba causando cierta inquietud. Si a eso sumamos que la cabeza me estaba matando, lo único que deseaba era volver a subirme a la vieja BMW y salir a las gélidas calles a rumiar mi desgracia.  Cholapova estaba como muerta, totalmente ida. Es probable que la noche anterior se pasara con la coca, el speed o lo que fuera que Vladimir ponía sobre la mesa cada diez minutos. No podía recordarlo bien, las lagunas mentales parecían inundarlo todo. De lo que sí estaba seguro era de tener algún billete en la cartera el día anterior y al abrirla vi que no quedaba ninguno.

Maldita puta Irina y maldita comadreja Vladimira- pensé. Habíamos caído como dos pardillos. A Josu también le habían robado los pocos euros que tenía. Por fortuna, yo había escondido mis reservas en el forro del abrigo de astracán y no tendríamos que volver andando al hotel.

Fue un alivio abandonar la escalera y salir al frescor hiriente de Moscú. El aire helado laceraba las aletillas de mi nariz pero, a cambio, me llenaba de vida y regresaban a mi las ganas de seguir con la búsqueda. Tendríamos que localizar a Vadimir y apretarle las tuercas hasta que nos diera una muestra del brebaje. En aquel momento solo me apetecía sacarle los ojos con un tenedor y colgar a su abuela por los pulgares pero seguro que, llegado el momento, me ablandaría y como mucho, sería sopapeado hasta el mismísimo hastío.

Al final de la calle el Lada negro seguía aparcado en el mismo sitio. Estaba casi seguro de que dentro me encontraría con el tipo de anoche, el que nos miraba obsesivamente en el bar. ¿Cómo se llamaba aquel bar? ¿Makriova?¿Panisova? Joder! Todo termina en “ova” en Rusia. Era importante recordarlo porque esta noche sería nuestra misión estrella. Sin plan B. Sin objetivos que nos despistasen de la ruta principal. había que procurar mantenerse serenos hasta encontrar a Vladimir y arrancarle algo de información.

“Piane Karova”. El bar era el Piane Karova, La Vaca Borracha. Recordaba haber brindado varias veces por el “piano karova” con grandes aspavientos mientras Josu reía mis gracias como loco. El Piane Karova estaba situado en un callejón cerca del Río Moskova, en el distrito Yakimanka. la información llegó a mi de sopetón, como se se hubiese abierto alguna trampilla oculta en la parte trasera de mi cerebro. Yakimanka, hay que joderse con esta gente…

Me acerqué al Lada negro y el conductor abrió la ventanilla con cara dubitativa. Sus labios se separaron para decir algo pero le encajé un derechazo en los morros que se acopló muy bien. Se ve que no era la primera vez que le daban un sopapo. Intentó meter su mano derecha en el bolsillo del abrigo pero se quedó medio enganchado en el cinturón de seguridad y aproveché para golpearlo nuevamente. Y otra vez. Y otra. Y seguí dándole hasta que dejé de sentir los nudillos. Josu me apartó de un empujón y abrió la puerta del coche.

Un hombre joven, con la cara ensangrentada se desplomó sobre la nieve sucia. No tendría más de treinta años, aunque es difícil de precisar porque una mezcla de sangre y moco comenzaba a desdibujarle el rostro.

¿Qué cojones quieres?– le grite. ¿Quién te envía? Intentó balbucir algo en ruso así que le di una patada en costado para animarlo a hablar en inglés o en cualquier otro idioma que no incluyense algo terminado en “ova” cada dos por tres.

Cuando le puse el filo de la navaja bien cerca de su oreja se animó a hablar con más claridad pero sin abandonar el ruso. Me pareció entender algo de Karova y Vladimir. Todo indicaba que tendríamos que volver al distrito Yakimanka.

La cabeza parecía estallarme y punzadas de dolor me recorrían la mano de forma insistente. Tendría que haberle dado con una piedra en la cara en lugar de haber usado el puño. Nunca me acostumbraré a este mundo violento.

El taxista, un dicharachero rubicundo, nos contó que su abuelo había luchado con el glorioso ejército rojo en el Frente de Karelia y que era un héroe. Pero ahora ya no hay sitio para los héroes en la Rusia postcomunista. Ahora solo hay sitio para la mafia y la violencia. Ahora impera el poder del dinero y los antiguos valores ya no sirven para vivir. Ni siquiera para reconfortarse en los momentos de flaqueza. había vivido con su mujer en Kazajistán un montón de años pero la fábrica en la que trabajaba había cerrado después de la descomposición de la URRS y había terminado de taxista en Moscú. !Vaya por Dios! Nos había tocado el único ruso dicharachero de este agujero inmundo. Al menos todo lo dicharachero que puede ser un ruso sereno.

Me gustaría visitar España algún día– señaló con aire melancólico.

En España ya tenemos demasiados rusos– contesté.

Se produjo un silencio pastoso que consiguió serenar mi cabeza.

Después de una ducha con agua templada nos dejamos caer en la cama y caímos en una especie de suspensión temporal hasta las cuatro de la tarde. Necesitábamos salir a comer algo. Tan solo esperaba poder encontrar un sitio elegante donde me sirvieran un Martini antes de la ensaladilla.

Con Riders 2: Moscú

¿No sabes quienes son Los Con Riders? El grupo motero más irreverente y políticamente incorrecto del orbe, los único borrachos con las ideas claras. Entre sus muchas aventuras hoy os presentamos su viaje a Moscú a donde llegaron desde Bulgaria con la intención de obtener el secreto de El Reponedor.¿ Conseguirán encontrar su Santo Grial? ¿Les darán, como siempre, unos buenos sopapos? No te pierdas las aventuras de los Con Riders, esos hijos de puta entrañables.

Con Riders. Moscú.

Vladimir se estaba poniendo muy pesado con que probara su moto. Aquella Ural que se caía a pedazos no me ofrecía ninguna confianza, ni siquiera envalentonado como estaba, después de varios vasos de vodka. Además estaba el asunto del frío. En Moscú había 25º bajo cero aquella tarde y pasearme en moto entre la mezcla de nieve y mierda no me resultaba muy apetecible. Josu llamó al camarero que se parapetaba tras una cortina de humo de tabaco.
Tovarich! Cabrón soplapollas, deja de hurgarte los mocos y trae otra botella- gritó en español. El camarero surcó la niebla de decenas de cigarrillos baratos y la dejó sobre la mesa con un gruñido indescifrable. Josu sonrió con aires de triunfo.
Los Con Riders habíamos llegado a Moscú en pleno mes de marzo buscando alguna pista sobre El Reponedor. Jano, el camello que habíamos conocido en la boda búlgara, nos habló de Vladimir y de su pócima secreta para superar la resaca. Nos había dicho que la abuela de Vladimir, una vieja medio judía de no sé qué clan de siberianos, la elaboraba siguiendo una receta que se pasaba de madres a hijas. Me recordó algo que había leído sobre La Diosa, una teoría que afirma que Dios es una mujer. Menuda chorrada. Estoy de acuerdo en que hay mujeres que son como diosas pero de ahí a elevarlas a la categoría divina dista un abismo. Aunque… pensándolo bien, en la boda búlgara había una cría que tenía todos los visos de ser divina. Antes de caer fulminado por la rakia inmunda que nos sirvió Jano me parecía la mujer más hermosa que había visto nunca. Menudo brejaje la rakia! Eructas ciruela aguardentosa durante dos días. Eso sí, proporciona un pelotazo rápido que te pone en órbita
Pero el bueno de Vlad no parecía muy dispuesto a sacar el tema de la receta de la abuela.

Al fondo de la barra una figura vestida de negro no perdía detalle. Recuerdo que se me pasó por la cabeza que se tratase de un Sin Rider pero la posibilidad parecía muy remota. Los rigores climáticos de Bielorusia y las lluvias polacas los hubieran amedrentado. Seguro. Si algo tienen los Sin Riders es un pánico atávico al mal tiempo.

Vladimir seguía trasegando vodka con una facilidad pasmosa y fumando de forma compulsiva, parecía un saco sin fondo. De cuando en cuando se iba al baño y volvía frotándose la nariz de forma ostentosa. Estaba claro que pretendía que le preguntásemos si tenía algo para pasarnos, pero nosotros estábamos allí en una misión y teníamos que mantenernos serenos. Al menos hasta un punto razonable. Aún teníamos que intimar más con Vlady para que nos contase el secreto de su abuela de forma voluntaria o tendríamos que pasar al plan B. Y nuestro planes B casi nunca funcionan del modo en que han sido planeados. Supongo que por eso se llaman planes B, de burrada.

Con la tercera botella Vladimir dijo que teníamos que ir a ver a unas amigas suyas que vivían por allí cerca. Si algo he aprendido en estos años de correrías es que cuando un ruso borracho te dice que algo está cerca puedes tener por seguro que está en el quinto coño. Y este no era la excepción. Josu se acomodó en el asiento trasero de la Ural y yo me acurruqué, como un húsar beodo, en el sidecar. Las botas militares se me quedaban pegadas al suelo del cajón pero preferí no investigar al respecto por miedo a que un ataque de vómito echase a perder mi abrigo de astracán. O de visón, vaya usted a saber. La ushanka, ese gorro peludo, me protegía la cabeza, pero tenía la nariz congelada. Definitivamente, Rusia es un país de mierda. Volamos por las calles heladas del sur de la ciudad y llegamos a un destartalado edificio de viviendas. La decadencia y el decrépito hacía muchos años que se habían aposentado en todo el barrio y hablar de decadencia es darle demasiada elegancia al conjunto.
Un Lada negro aparcó al final de la calle.

Una bombilla titilante alumbraba la escalera y todo olía a orines y vómito. Las amigas de Vlad resultaron ser unas rusas muy cachondas y dadas al vodka barato pero no conseguí averiguar si eran putas o funcionarias del Krelim. La verdad es que, cuando desperté, Irina dormía a mi lado con sus perfectos pezones apuntando al cielo donde, sin lugar a dudas, tiene que ser La Diosa. Me dolía la cabeza de un modo atroz y el puto Vlady no estaba allí para proporcionarme su brebaje mágico. Besé a Irina en el cuello y comprendí que sería una estupidez intentar levantarme. Josu dormía en el sofá, boca a bajo, con unas bragas blancas en la cabeza y un charco de vómito a sus pies.

Abracé la cintura de Irina y me quedé dormido.

Guardarse la chorra después de hacer pis

Su bigote se movía arriba y abajo escupiendo palabras a borbotones, como si una premura atávica lo estviera impulsando a hablar de forma constante. Yo no apartaba la vista de sus ojos, escuchando con distraída atención todo lo que me contaba, corroborando con la mirada la importancia de las historietas que me estaba relatando. Música alta, empujones, olor a sudores rancios y falta de oxígeno debido a un calor asfixiante.Pero antes de estar apostado frente a La Pulga, entre el barullo de las fiestas de San Fermín, escuchando la incontrolable verborrea de aquel hombre de mediana edad, ya había desmoronado los planes de viaje que me habían llevado hasta allí.

Mientras el resto de España boqueaba con la ola de calor correspondiente, en el Norte, ajeno como de costumbre a los devenires meteorológicos, teníamos el tiempo óptimo para salir en moto. Y un tiempo óptimo, llueva o nieve, es algo que no se puede desaprovechar así que, un sábado cualquiera en una carretera cualquiera, me disponía a viajar hasta Donostia para hacer dinero a espuertas. Quizá sea un poco exagerado esto del dinero a espuertas pero, mientras sonaba Kasabian dentro del casco, me imaginaba a mí mismo contando billetes a la par que desplegaba mi vena artística en la Playa de La Concha.
Hace tiempo me dediqué a “esto de la artesanía” tallando piedra en ferias y mercados. De la noche a la mañana las musas decidieron abandonarme, supongo que aburridas de verme hacer siempre lo mismo, y decidí dedicar mis horas de creatividad a tareas más mundanas como escribir un blog o cosas de parecida factura y nula retribución económica. Sin embargo, con esto de la crisis, me pareció buena idea retomar mi vena artística y qué mejor lugar para ello que una ciudad donde la actividad económica se mueve en rápidos en lugar de hacerlo por tranquilos meandros.
Cargué las maletas de piedras y con tan absurda carga me subí a la moto decidido a cubrir los setecientos y pico kilómetros que me separaban del dinero. No puede evitar pensar en la cara que pondría la policía si les daba por registrar mi equipaje o, al igual que cuando éste consistía en un saco de mierda, qué pasaría si tenía un accidente. Últimamente parece que tengo parada fija en el absurdo.
Aún no había recorrido doscientos kilómetros y ya me di cuenta de que la rueda trasera no iba a aguantar todo el viaje. Estas cosas ya ni me preocupan, es mi sino. He cambiado neumáticos en Génova, en Sevilla, en Tromsø, en Chaves y en lugares en los que ni me acuerdo, casi siempre por esa pequeña falta de previsión que de contínuo me asiste. Llamé a mi amigo Juanto en Castro Urdiales pero mis esperanzas de encontrar un taller abierto un sábado por la tarde eran nulas. Aún así podía cambiar mis planes de montar el puesto en Donosti y hacerlo en Castro, que también tiene su fujo de turistas bilbaínos y su buena dosis de euros.
No pasó nada de eso.
En el siguiente fotograma me encontré a las cinco de la mañana bailando reggaetón frente a las txosnas del puerto de Castro, levantado las manos, llegando bien arriba y con la rodilla flexionada a la altura del esternón, con un suag de difícil descripción. Creo recordar que unas chicas jóvenes me miraban pero no estoy seguro de si querían ligar o la imagen de un motero con tal ritmo les resultaba tan hipnótica que no podían apartar la vista. Pienso que ambas cosas.
El plan B, elaborado con primorosa exactitud entre baile y baile, también se vino abajo al despertarme con una tremenda resaca que me impedía realizar movimientos fluidos. No se por qué cuando me cambio de los vinos a las copas sin solución de continuidad me parece tan buena idea; al día siguiente caigo en la cuenta de que es un error que se repite con demasiada frecuencia. Y evitar la cena también.
De nuevo las musas me habían abandonado antes, incluso, de hacerme la visita de modo que tampoco pude hacer disfrutar a los viandantes con el primoroso arte de tallar piedras. A cambio, las deidades del tiempo atmosférico decidieron dejar al resto del país sumido en una tremenda ola de calor y a mi regalarme un día plomizo, de lluvia persistente y niebla en los altos del Puerto de Las Muñecas.
No es buena mezcla andar con las ruedas lisas y la carretera mojada así que, cargado con las piedras, la resaca y una cierta sensación de desamparo, salí en dirección a Pamplona por ver si mente y cuerpo se atemperaban con el asunto del Chupinazo y esas cosas típicas de los Sanfermines.
Pero cuando uno no anda fino es proclive a saltarse los desvíos así que cuando quise darme cuenta estaba subiendo el Puerto de Urkiola, trazando sus hermosas curvas sin demasiada convicción y deseando que el sol se asomara por entre las copas de las hayas y los abetos. El olor a humedad, a umbría y a acículas de pseudotsugas no conseguía animarme como tampoco lo había hecho la hamburguesa pastosa del McDonalds de Durango.
Pero Pamplona tiene su chupinazo, su almuerzo, su pléyade de borrachuzos impenitentes y su gran variedad de psicotropía así que, como quien no quiere la cosa, cuando quise darme cuenta, un señor de bigote me contaba las aventuras de un camarero de su pueblo, el que un día atendió a unos turistas con la chorra fuera porque no se había acordado de guardarla cuando fue a hacer pis.

Un asunto de mierda

El miedo es uno de los frenos más poderosos para el hombre. Miedo a perder, miedo al fracaso, miedo al ridículo...

Hoy, por mor de la burocracia de la hacienda pública, he tenido que hacer un viaje relámpago a Oviedo. El viaje de ida fue con ritmo alegre, trazando curvas con una precisión quirúrgica e intentando sustraerme al hecho de que iba con los guantes de verano y el termómetro no subía de los 11 o 12 grados. Ciento cincuenta kilómetros de agresividad inocente. La cosa se despachó rápido en la capital y en cuestión de tres cuartos de hora volvía a estar en la carretera para desandar el camino.

Al pasar por Grao paré a comprar cebollino para plantar en el huerto y disponer, dentro de unas semanas, de la selva más desastrosa de toda la vecindad. Como parece ser que el tiempo de plantar cebollas ya pasó hace dos o tres semanas, no tenían. Pero en el segundo almacén que visité se me ocurrió que no podía irme con las manos vacías así que compré un saco de abono al que denominaremos “mierda de oveja”

El hombre que regentaba el establecimiento, de origen búlgaro o rumano, se refirió al producto como “cuchu* de oveja” en un asturiano con inapreciable acento de Este de Europa que se me antojó divino por lo exótico. Cargó el saco en el asiento trasero de la moto y lo amarró con una cuerda de plástico que se avergonzaba de su propia debilidad. Así, con esta carga peculiar, volví a la carretera, le di volumen a la música búlgara que iba escuchando (repare el lector en la graciosa coincidencia) y me dispuse a rodar los ciento y pico kilómetros que quedaban, con sus curvas y sus puertos de por medio.

Pero como dije al principio, el miedo es un freno poderoso y a mi me atenazó con un levísimo abrazo. Comencé a imaginarme un accidente en el que la moto, con sus maletas y sus pegatinas de decenas de países, con su aire de aventurera del montón, yacía en el suelo después de un arrastrón. Yo, probablemente malherido pero con la consciencia intacta, la miraba desde el suelo mientras viandantes y conductores se arremolinaban en derredor nuestro. Y desde allí, desde esa posición decúbito sedente, observaba la carretera sembrada de estiércol de oveja. El saco, avergonzado, se descolgaba por un lado de la moto intentando desembarazarse de la cuerda verde que aun lo mantenía en un precario equilibrio sobre la máquina. Por un enorme agujero desarramaba su impúdico contenido como una cascada silente y un olor a ovino, dulzón, lo inundaba todo. Los presentes nos miraban a mi y a la mierda de oveja de forma alternativa y, de reojo, lanzaban miradas furtivas hacia la moto intentando comprender qué tipo de viajero porta como equipaje un saco de mierda.

Con este horrendo panorama en la cabeza y por miedo al ridículo, aminoré la marcha mientras el saco se mantenía en prudente silencio acomodado de forma precaria en el asiento de atrás.

saco

*Estiércol en asturiano

Primavera en moto

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Lo admito, ya casi había perdido la esperanza de que llegara. Creo que, incluso, llegué a sentir cierta desesperación por su falta de puntualidad. La necesitaba tanto. Quizá no fuera sólo su presencia, el modo en que me hace ver las cosas, la energía que me inunda cuando llega… O sí, no lo sé. El caso es que ahora, circulando por la AS-14 veo que ha llegado con todo su esplendor. Comenzó con unas inflorescencias tímidas que se asomaban con cautela. Luego siguió la floración del brezo y ahora la primavera ha llegado con toda su fuerza, estrenando verdes e inundándolo todo de energía y de ánimo renovado.

Llueve.

Tiene que llover, es la primavera. Y es abril. Y yo voy fluyendo sobre la moto, acomodando cada pensamiento, cada recuerdo en su estantería correspondiente. Siento como se me quita el polvo, siento como me limpio por dentro fluyendo entre la lluvia. A veces pienso en la soledad de mi casco que, conforme voy avanzando, los pensamientos viejos salen por la parte de atrás de mi cabeza y entran los nuevos con cada kilómetro. El aire frío arrastra casi todas las angustias que, pegajosas, se aferran al interior de la cabeza. Salen por la parte posterior y sólo queda un leve poso en suspensión que me sirve para conformar una nueva visión. Es el cosmos mínimo, el microuniverso del interior del casco.

Y pienso.

Y pienso en el acto de pensar. El el proceso mismo del pensamiento mientras me pregunto, “¿en qué piensas?” y me respondo que en el acto mismo de pensar y todo se convierte en un bucle pernicioso, en un mantra enfermizo en el que me recreo porque sé que puedo eliminarlo de un plumazo porque estoy sobre la moto. Y sobre la moto soy omnipotente y tan yo mismo que la distancia entre todos mis “yos” se acorta de tal manera que todos confluyen en un mismo ser.

Y ahí estamos todos, la turbamulta en silencio, tan uno solo con la primavera, con la carretera, con la moto… Pensando en pensar.

¿Cuantas veces habré recorrido esta carretera de vuelta a casa? ¿Cuantas veces habré quedado extasiado con el verdor tierno de los abedules, con la hierba fresca y húmeda, con la niebla que, perezosa, se desgaja a media ladera entre brezos en flor y retamas blancas?

Todas las necesarias.

Y ahora, al parar aquí y escuchar este silencio tan quedo sólo puedo cerrar los ojos y asentir en sincera reverencia, aspirar el aroma de esta primavera que no iba a llegar nunca y que ahora explota con violenta belleza.

El eco de una chova resuena el el valle, está volando hacia un cortado de rocas. Sentado sobre la moto escucho otra vez los sonidos de la nada, la lluvia golpeando en el casco, la niebla que susurra. Engranaré la primera y seguiré negociando las curvas de la primavera, siguiendo una ruta hacia ninguna parte en pos de nada que no sean efímeras emociones. Enormes, por lo mínimas.

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El Pequeño Tamborilero

Hace unas semanas fui al entierro de un amigo. En realidad no era el entierro, era una incineración pero aún me cuesta trabajo, supongo que por cuestiones culturales, decir eso de “voy a la incineración de fulanito“. Se murió con 49 años, de una de esas dolencias repentinas que te llevan de un día para otro y que dejan a los deudos cariacontecidos y desolados.

Llegué al tanatorio con el tiempo justo, a toda leche para la despedida final y aparqué la moto en la entrada principal. Me da un poco de vergüenza meterme con la moto hasta el mismísimo meollo, ya sea en un entierro o en una feria pero de tenerla, me resisto a desaprovechar esta supremacía de movilidad. La entrada en escena, aún sin ser espectacular, distrajo a los asistentes a los tres decesos que se celebraban y todos se quedaron mirándome con cara compungida. Me sentí raro. Me quité el casco, la chaqueta, la espaldera, el jersey… Todo con una parsimonia y una pompa muy acorde con los actos que se estaban celebrando. Luego, una vez que dejé de ser el blanco de las miradas y todos volvieron a las tareas del estar, deambulé por el tanatorio en busca de la capilla ardiente de mi amigo. Como no la encontré, me senté fuera, al tibio sol invernal mientras me liaba un cigarrillo. Enseguida decayó el interés por mi persona aunque aún despertaba ciertos recelos y notaba como alguna mirada huidiza me fiscalizaba. O por curiosidad, vaya usted a saber.

Después, una vez terminadas las exequias, los vivos volvimos a nuestros bollos. El mío no era otro que dedicar el resto de la mañana a deambular por carreteras secundarias y a dejarme inundar por la sensación de estar lleno de vida. Subí la Faya de los Lobos, en el concejo de San Martín del Rey Aurelio. Recuerdo que la última vez que anduve por estos parajes la carretera era una infecta sucesión de baches, simas y barrancos y también recuerdo que juré y perjuré que no volvería jamás por allí hasta que arreglaren semejante caos.

La carretera, reparada con la precariedad que caracteriza a los tiempos de crisis, asciende dura en las primeras rampas y enseguida se asoma uno al Valle del Nalón en una de aquellas curvas empinadas. Desde allí arriba la industrialización del Valle no se aprecia, enmarcado como está en verde invierno y callado todo en el silencio de domingo soleado. Por desgracia, desde el fondo del Valle tampoco se aprecia, sumido todo en decadencia, en reconversión industrial, en desmantelamiento de las minas y en franca huida hacia adelante.

Desde que compré el intercomunicador de los chinos, hace ya dos años, pocas veces viajo sin música. Encuentro más atractivo el paisaje, más evocadoras las montañas y más agradable el sonido de cualquiera de mis playlist que el ruido constante del viento en el caso. Recuerdo la primera vez que viajé con música. Parecía que el paisaje, que me conocía de memoria, mutaba al ponerle la banda sonora. Era como estar asistiendo a tu propio documental, como verlo en una pantalla gigante. Esa sensación que pronto se hizo familiar y mundana, quedó desprovista de toda la teatralidad épica del primer día pero ya no pude prescindir de la música.

Subiendo la Faya estaba sonando alguno de los recios temas de Sons of Anarchy y yo me sentía como un verdadero malo malote. Ensayé una mueca amenazadora y me dispuse a pasar por encima de cualquier viejecita que tuviera la osadía de cruzarse en mi camino. Mientras movía la cabeza arriba y abajo al ritmo de aquel compás metalero, con la mueca de disgusto ancestral y la mirada torva, podría haber liderado a los mismísimos Satanases del Infierno. Pero hete aquí que, por mor de esa habilidad que tiene el Universo para impartir justicia cósmica, cuando terminó el tema que estaba sonando, la misma playlist me devolvió a mi lugar en la Tierra ; inmediatamente y sin previo aviso los primeros acordes de “El Pequeño Tamborilero” de Raphael desdibujaron mi mueca de hombre duro y me inocularon un espíritu navideño que borró la pose de delincuente curtido. Toda la rudeza y el sex-appeal de macho alfa se acababan de ir por el desagüe.
Me sentí tan ridículo como feliz.

Valle de Fuensanta, Bimenes.

Valle de Fuensanta, Bimenes.

Explorando los bares lumpen

Tortilla deconstruída

Tortilla deconstruída

Hace unos meses llegó a mis manos, bueno, a mi ordenador, un artículo muy interesante de la revista Atlántica XXI en el que se daba cuenta de los bares lumpen de Oviedo. Se trataba de un recorrido por los bares de barrio,, algunos cutres, otros sucios y todos llenos de singularidad atroz. El escritor Ernesto Colsa los descubrió para nosotros pero eso era insuficiente; se imponía una visita a los lugares de los hechos y poder constatar por nosotros mismos la imparidad de estos establecimientos.

A las 18:20 horas, con la moto aparcada y sin intención de moverla hasta el día siguiente por motivos obvios, me dispuse, junto a Luis Miguel, “Gianola”, a recorrer los antros secundarios de Vetusta, como quien realiza una exploración por terrenos ignotos. Mi amigo venía pertrechado con abundante documentación: plano, artículo, referencias de distancias y una idea clara del recorrido a seguir. Por duplicado, oiga.

Un taxi nos dejó en las inmediaciones de la antigua cárcel, después de haber hablado de coches, de motores eléctricos y de consumos energéticos. Mal comienzo por hablar de coches y aún peor porque el primero de los locales estaba cerrado. No sólo eso, remodelado. Para mi era el signo inequívoco de que la decadencia de lo kich estaba tocando fondo.

Conseguimos sobreponernos gracias a nuestro ánimo encendido y escalamos las calles empinadas hacia el segundo de la lista. Los caminos del Señor son inexcrutables así que, después de tener que volver sobre nuestros pasos, terminamos ante la Iglesia de San Pedro de Los Arcos y admirando los impactos de los obuses de la Guerra Civil. Dicen que están incrustados en sus paredes pero, como era de noche, solo conseguimos ver unas sombras. Actuó de guía un rumano que pedía limosna con mucho desparpajo a la puerta del tempo. No parecía un mal negocio. Lo del rumano, digo.

Impulsados por la sed y, sobre todo, por el ansia viva de comenzar la exploración llegamos al bar La Parroquia que, dada la cercanía con la iglesia, nos pareció un nombre muy adecuado. El dueño del establecimiento nos dedicó una mirada lacónica, por decir algo porque la verdad es que creo que en aquel momento le resultamos transparentes. Dos vinos.

  • Jefe, qué le debo?
  • Uno veinte.

Vale, nada podía salir mal si no caíamos en la tentación de comer pincho. Una tortilla desmembrada agonizaba sobre la barra al lado del recipiente para los papeles. Podría llamarle papelera, pero prefiero lo de recipiente. Lo que por la mañana supongo que sería ketchup untuoso, a las siete de la tarde ya había perdido su frescura y me hizo pensar en una tortilla sangrante, herida por palillos planos.

Al fondo dos televisiones de plasma mostraban un  partido de fútbol y un documental de cocodrilos. Los ojos ya me hacían chiribitas con el primer vino. Destrás de nosotros, en un hueco de difícil clasificación, un monumento a la flor de plástico. Me recordó un cuadro de Van Gogh, Los Girasoles, pero no quise parecer pedante y me abstuve de hacer comentarios. Cuando ya nos íbamos reparé en que el techo parecía haber sido víctima de una explosión piroclástica.

Volvimos calle arriba para adentrarnos en las profundidades del Bar Vinjoy. Los tres parroquianos, el que fumaba y los otros dos, se nos quedaron mirando sin rubor así que poco más pudimos hacer que saludar con un sonoro “buenas tardes” a toda la concurrencia. Dos vinos, por favor.

A la hora de “desbeber” dudé si entrar en el baño de los hombres, de profundo olor a pis, o en el de las mujeres, a todas luces, sin estrenar.

Al fondo del bar, una chica leía en voz alta la prensa del día a una señora mayor y todos estábamos muy atentos. Atropello en el centro. Una lástima, ya le digo. El partido comenzaba y como no nos gusta el fútbol apuramos el vino para irnos. A nuestro lado un parroquiano pestilente atufaba a todos con un nauseabundo olor a sudor. Y no exagero.

La tarde estaba resultando muy prometedora: apenas si habíamos comenzado nuestro estudio antropológico y ya habíamos corrido un par de aventuras.

Decidimos desviarnos, un instante, para tomar un vino en el bar de un conocido el Tommy. Dos riojas. Son cuatro euros. Volvamos al lumpen.

IMG_0275El Raymond´s, un poco más allá, es una mezcla, en palabras de Gianola, de puticlub y Vacaciones en el Mar. Lo cierto es que su decoración con pretensiones, estilo años setenta, sus neones verdes y su ambiente en general resultan un tanto opresivos y creo que sería mejor llevar tres o cuatro copas de más para interactuar con corrección en este bar. Dos riojas, cuando puedas. La camarera es atractiva. Está buena, por decirlo en español castizo. Nos deja un cuenco de patatas fritas, los vinos y se va a los suyo. Gianola quería que nos hiciéramos una foto con ella pero me dan bastante corte estas cosas así que nos limitamos a mirarle las tetas desde el fondo. Son cuatro con cuarenta los dos vinos.

El siguiente en la lista era Las Dos Vías pero un cambio de nombre, el “reestiling” y el hecho de estar cerrado frustró nuestros planes.

Antes de seguir con nuestra ruta exploratoria nos detuvimos en la Sidrería Miguel, que conozco a la dueña (a la que, por cierto, no le hizo gracia que entrásemos en su bar cuando supo  nuestra misión). Dos riojas. Allí nos encontramos con Molina un tipo muy agradable,a la par que peculiar, al que conozco de un viaje que hicimos a Mauritania en moto. Hacía tiempo que no nos veíamos así que comenzamos a charlar de motos y viajes de forma compulsiva. Dos somontano. Me dió la impresión de que nuestra exploración se terminaba al llegar a la civilización. Nos habíamos atascado y entre motos, viajes y aventuras variadas parecía que nos íbamos a quedar a vivir allí. Eso no podía ser, teníamos una misión que cumplir. Hey, chaval, pon otros dos.

La Taberna Gallega es uno de esos sitios que andan “así, así” en cuanto a decoración y, si bien no se puede encuadrar en lo lumpen, tampoco le anda muy a la zaga. Señora, una jarra de ribeiro. Entre tentáculos de pulpo “a feira” y orella nos bajamos la jarra de ribeiro y comenzaron las familiaridades con las camareras y el dueño. Gente entrañable y amiga de personas como nosotros.

Estoy medio bolinga.

Aquí se terminan las notas de campo del día de autos pero recuerdo que nos fuimos a las Galerías Pidal para continuar con nuestro periplo barístico y acumulamos otro “fail” porque a esa hora las Galerías estaban cerradas.

Lejos de arredrarnos, este contratiempo nos subió la moral y decidimos que sería bueno seguir con la ruta de vinos otros día porque, así como quien no quiere la cosa, habíamos llegado a la hora de las copas. Yo creo que ya pasaba de la una de la mañana.

El Cubano

El Cubano

Pero mientras nos dirigíamos a la zona de copas en la Calle Mon, aún tuvimos tiempo de aportar un nuevo establecimiento al listado de Ernesto Colsa: El Cubano. La verdad es que no sabemos si se llama así o no pero de lo que no hay duda es de que el dueño es cubano. Gianola y yo, parados frente a la entrada nos miramos y, con un sólo gesto concluimos en que no podíamos dejar pasar la oportunidad. El bar es un antro alargado en el que se despachan hamburguesas hasta altas horas y en el que su dueño, el cubano, despacha improperios a diestro y siniestro, sobre todo si el tema a tratar huele a izquierda política. ¿Nos pone dos auténticos mojitos cubanos?. Un cartel nos conminaba a pedir el “auténtico mojto cubano” así que no quedó más remedio que entrar por el aro. Para entonces ya me creía el rey del mambo así que, cuando una conocida a la que no veía desde hacía seis años me saludó desde el exterior, estuve encantado en desplegar mi verborrea fluída e inteligente. Venía con su marido y se fueron enseguida.

Ahora sí, dábamos por finiquitada la primera jornada exploratoria y, el próximo día, ya con experiencia de descubridores intrépidos, podríamos seguir la tarea con solvencia.

Ahora, a las copas.

Justo antes de que cerrase El Cainzo, conseguimos colarnos bajo la persiana y disfrutar de la buena compañía de Luis y su mujer. Después de esto, obligado por Gianola, entramos en el Diario Roma, encontramos a más amigos y ya no me acuerdo del resto.

Continuará…

Plaga de gatitos

gatitosAsumiendo que la culpa es mía y de nadie más, según me han hecho ver algunos lectores, paso a relatar otro acontecimiento gatuno de hace dos o tres semanas. Lo cierto es que había pasado por alto el asunto pero, vista la concatenación de sucesos en estos últimos días, creo que todo en el Cosmos ocurre por algo. O que no hay dos sin tres, vaya.

Pues sucedió que, hace unas dos semanas, entré en el garaje/bajo de mi oficina y, cuando rebuscaba en una estantería algunos útiles propios de mi trabajo, escuché un ruido, como de ser vivo, en una de las cajas del estante superior. Movido por la curiosidad científica, zarandeé un poco la caja para ver qué reacciones se producían y, oh sorpresa, salió un gato miniaturizado. Y luego otro. Y un tercero.

Continuando con mi labor investigadora observé que una hembra de lo que parecía ser Felis silvestris catus o gato doméstico había alumbrado a un mínimo de tres ejemplares dentro de una caja de cartón.

Se da la circunstancia de que en esa misma estantería estaba mi casco, guantes, espaldera y múltiples protecciones para el uso de la moto de campo. Sin necesidad de analizar la gran masa de pelos que había repartidos por la zona y por mis útiles de trabajo, pude colegir que, efectivamente, aquello era un hogar gatuno.

Ahora yo me pregunto, queridos amantes de los gatos, ¿debo criar y mantener a la prole felina que anida entre las coderas y el casco o, por el contrario, procedo a desalojar la fauna provisto de escoba y manguera?

No es necesario que contesten, era una pregunta retórica.

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