viajes

Nada es casualidad

Josef Lackhove me lo encontré en Khardungla, el puerto de montaña más alto del mundo. Lo saludé con un ligero movimiento de cabeza y con una absoluta falta de interés. Yo no había ido hasta los Himalayas para intercambiar opiniones con un alemán que viaja en moto. Como tampoco había ido allí para saludar a su acompañante español, Carlos, un tipo de Madrid que viajaba en Yamaha Teneré. Ya éramos más que suficientes españoles viajando con India en Moto como para establecer más relaciones entre nacionales. Un “hola” bastante lacónico y un “hasta luego” igual de anodino. Tampoco ellos tenían mucho interés en nosotros, la verdad.

Pasados unos meses de aquel viaje, alguien me habló de un madrileño que estaba aquellos días por Malasia y que había atravesado Birmania hacía pocos días. Como atravesar Myanmar no es algo que haga mucha gente, sobre todo porque la frontera estuvo cerrada al turismo motorizado e independiente durante años, me pareció que podríamos tener una buena charla para Viajo en Moto. Además, los rumores de un nuevo cierre de fronteras eran cada vez más insistentes y probablemente sería uno de los últimos en pasar por el país con su propia moto. A pesar de que Carlos huye de todo lo mediático y ni siquiera tiene un blog donde publicar sus viajes, que son muchos, le gustó el formato del programa y accedió a charlar conmigo.

La conversación resultó ser muy amena y, mientras me iba relatando su viaje, fue llegando a lugares comunes. El Norte de la India, los Himalayas, Leh… Khardungla. Espera– le dije -.Yo estuve en ese puerto tan alto en septiembre. Sí, Carlos era el español que acompañaba a Josef y habíamos coincidido en los Himalayas indios. Buscamos fotos y fechas y, en efecto, los dos habíamos estado allí arriba el mismo día y a la misma hora. Nos quedamos sorprendidos por la casualidad y resultó una situación bastante hilarante.

Pero hoy, meses después de la entrevista, he vuelto a ver su moto. Esta vez en la invitación que Bernd Tesch me enviaba desde Alemania para acudir a la 59.Tesch-Travel-Treffen für Motorrad-Reisende, una reunión que lleva celebrándose desde hace 40 años en el Norte de Alemania. Con ella venía una foto de Josef Lackhove en la que se veía claramente la Yamaha de Carlos. Y agudizando un poco más la vista, en segundo plano, estaba la Royal Enfield de Raúl Sanz, el de India en Moto.

Si no fuera porque, ni Josef, ni Carlos, ni la Travel Treffen son famosos la cosa no tendría más enjundia que una mera casualidad. Pero precisamente por no ser muy mediáticos, al menos en el ámbito que yo me muevo, esta coincidencia tiene un sabor mucho más dulce.

Ahora solo resta extraer conclusiones más o menos trascendentales, hablar del destino o de las señales divinas y decir que las casualidades no existen.

Este es Josef, celebrando su llegada al Khardungla.

 

y esta es la ruta de Josef, un viaje mayúsculo por sitios bastante inusuales.

 

Lejanos horizontes azules

horizonte leja

Atmósfera límpida y brisa heladora. Y cielo azul. Tan azul que uno se pregunta si es el mismo cielo el que comparte el azul blanquecino, allá en el fondo, y el cobalto de azul impenetrable que hay sobre la cabeza. Me resulta imposible no pensar en el azul puro, ese que solo ves cuando viajas en avión cuando, poco a poco, vas ascendiendo por encima de la capa de nubes. Azul casi negro. Y más arriba el negro puro de azul mismo que no es, sino, una vana ilusión de color entre tanta negrura.
El mantra recurrente del azul ilusorio regresa a mi cabeza.
“Porque ese cielo azul que todos vemos, ni es cielo ni es azul. Lástima grande que no sea verdad tanta belleza”. Creo que ordenaré que lo escriban en mi epitafio con letras azules y pequeñas, a modo de enseñanza íntima.
Yo no sé pronunciarlo como Carlos Montero, con esa voz de profunda tristeza que parece que se le asoman a uno las lágrimas al escucharlo. Todo es azul y todo es mentira. Lástima grande no tener la voz grave y verdadera de Carlos Montero.
Regreso a la tangible realidad de la carretera y de la moto, de los verdes enmarcados en pardo invernal y del frío azul y blanco. La moto rueda fina pero cada vez me da menos confianza. Es una sensación sin fundamento que no está basada en ningún dato objetivo porque no tiene ningún síntoma que me haga desconfiar pero, en ocasiones, la noto cansada. Conmigo ha tenido la suerte de conocer países, de rodar por paisajes lejanos pero siempre con la premura que imprime la improvisación, con el mantenimiento tardío, con los mimos justos. Es un objeto. No debería hablar de ella como si fuese un ser vivo ni otorgarle cualidades de las que carece como ser inanimado. Ni siente ni padece, todo le da igual. Le da igual… ya estoy de nuevo dándole más de lo que es.
Hay poca nieve en el Puerto de Ancares. Lo veo allí, muy al fondo, tanto que parece lejanísimo. Y sin embargo podría alcanzarlo solo con estirar la mano. Tengo el mundo entero al alcance de mi mano. Lo único que necesito es una carretera fría y solitaria como esta.
Me mantengo ausente, aislado del mundo que me rodea hasta el Puerto del Manzanal. Aquí el mundo se abre y se hace enorme. León se desparrama a mis pies como preámbulo de la Castilla ampulosa de terruño marrón y horizontes lejanos. Cómo envidio a los castellanos. Ellos pueden levantarse cada mañana y ser conscientes de la enormidad de la Tierra, comprobar en cada amanecer que el mundo es un lugar gigantesco. Un horizonte enorme los rodea y les recuerda cada día la pequeñez del ser humano. Creo sinceramente que los que vivimos entre montañas tenemos la visión constreñida a fuerza de mirar cada día la ladera de enfrente. Nos falta visión global, visión de conjunto. Pero en la llanura de Castilla eso no pasa. Tienes un horizonte grande como referencia vital y trescientos sesenta grados de elección. Si un día, por la noche, descubres que necesitas saber lo que hay detrás del horizonte, por la mañana gozarás de la certeza de que más allá hay otro horizonte igual de enorme. Y quizá otro más. Y otro. Y tantos que sabrás que en el horizonte está tu mismo origen y que, cuando los completes todos, llegarás al punto de partida donde, por fuerza, volverás a encontrarte contigo mismo.
En estas cuestiones horizontales voy pensando al rebasar el azul de La Bañeza y el blanco de Benavente.
Todo está tal y como lo dejé la última vez que pasé por aquí. El desguace de maquinaria pesada sigue lleno de máquinas herrumbrosas y su poderosa presencia me sigue atrayendo como un imán. Me resisto pero sé que un día tendré que parar y pasearme entre estas moles oxidadas. Han cerrado, hace años, el puticlub de la Nacional VI, aquel que decían, era el más grande de Europa. El edificio está en venta. Se ve que todos los placeres tienen un límite de tiempo. O que los placeres cambian con el tiempo.
Me asalta un subidón de adrenalina de tanto mirar el horizonte y grito dentro del casco hasta quedar afónico. En un par de horizontes llegaré a Motauros, volveré a la realidad cotidiana al posar el pié en tierra y bajarme de la moto. Mientras tanto, seguiré gritándole al horizonte de Castilla.

 

Para Martín Varela, que me pidió que escribiera algo.

Podcast: Las mil y una aventuras de Abdullah

Escucha”Las Mil y una Aventuras de Abdullah” en Spreaker.

Abdullah Ommidvar llevaba trabajando desde los 17 años como columnista para uno de los periódicos más prestigiosas de Teherán. Y ya había publicado su primer libro. A los 21 años decidió, junto con su hermano, dar un giro radical a su vida y descubrir el mundo. Salieron de viaje dejándose imbuir por otras culturas y convirtiéndose en un ser permeable a todo lo que otros pueblos tuvieran que aportar.

En el año 1953 dejaron atrás Teherán en dos Matchless de 500 cc. usadas e importadas a Irán especialmente para la expedición. Regresaron 10 años más tarde, cargados de experiencias y con un bagaje cultural que los marcaría de por vida.

Esta entrevista cierra un ciclo de Viajo en Moto. Cinco años de podcast mensuales quedan atrás, dejando paso al formato de programas en directo semanales. Parecía que iba a ser sencillo mantener el ritmo sacando un semanal y continuar, como si nada, con el programa mensual, La realidad, tozuda ella, se impuso y me demostró que el día no tiene tantas horas.

Así las cosas, los mensuales quedarán reducidos a trimestrales, con algún especial cuando la ocasión lo requiera. La gran acogida que han tenido los directos y el elevado número de descargas, me animan a apostar por este formato y dedicarle todos los esfuerzos.

Este año que está a punto de llegar nos dirá si la decisión tomada era la correcta.

Viajes en moto por España. Sugerencias de los oyentes

icono ruta viajes en moto por EspañaViajes en moto por España. Hace algún tiempo organizamos un concurso con los oyentes de Viajo en Moto. En él solicitábamos que nos enviasen sus mejores rutas en moto. Según su experiencia y gusto, cuáles eran las mejores carreteras para realizar viajes en moto España. Recibimos un montón de propuestas de todos los rincones de la geografía española, con sugerencias muy atractivas y carreteras con mucho encanto.

La intención era, una vez recopiladas todas, situarlas en uno o varios mapas de GoogleMaps, ponerlas a disposición del público para que cualquiera pudiera consultarlas. El trabajo comenzó pero no pudo llevarse a cabo por falta de tiempo. A eso hubo que sumar la dificultad técnica que suponía incrustar un montón de mapas y tracks en la página así que el proyecto quedó un poco en el olvido.

Este verano, después de la visita de Lorenzo Bonora, de Hello Riders, vimos la posibilidad de retomar la idea. Era la forma idónea de colaborar con su página que está, como sabréis, dedicada a las rutas en moto por España. A Lorenzo le pareció buena idea aprovechar ese material porque son rutas que están elaboradas por motoristas, por gente aficionada a los viajes y que conocen las carreteras de su zona como nadie. Nos pusimos manos a la obra.

Poco a poco iremos subiendo todas esas rutas a Hello Riders, con mención de su autor. Añadiremos todos los datos de que dispongamos, desde los atractivos turísticos y culturales de la zona, hasta los hoteles o sitios donde dormir. Insertaremos fotos y por fin, la información que habéis proporcionado tendrá un destino útil.

De momento no hay posibilidad de incrustar los mapas en Viajo en Moto pero la interface que tienen en Hello Riders es mucho más sencilla, eficaz y útil; mucho mejor que insertar aquí, de forma desordenada, todas las rutas. Allí puedes registrarte y guardar las rutas en varios formatos. Puedes montarte una base de datos organizada y a disposición de todo el mundo. Una forma de compartir y de trabajar por la comunidad.

Se puede escoger el tipo de moto, la época idónea, ver puntos de interés y un montón de parámetros más.

Os animo a registraros en Hello Riders. Subid vuestras rutas para compartirlas con todos los aficionados a los viajes en moto. Las nuestras estarán muy pronto.

De cómo en India me convertí en idiota. Si no lo era ya

Santones en Pushkar

Pushkar es una ciudad eminentemente espiritual. Su nacimiento es bastante sorprendente. Resulta que los dioses, tan faltos ellos de entretenimientos mundanos, se reunieron un día, hace muchos años, y soltaron un cisne con una flor de loto en el pico. Allí donde el cisne dejara caer la flor, vendría el dios Brahma y construiría un lugar de oblación, es decir, un lugar sagrado para hacer ofrendas. Es curioso esta querencia que tienen los dioses en general por las ofrendas, los sacrificios y esa necesidad atávica de que todos les rindan pleitesía y devoción. Yo, si fuera dios, aunque fuese uno de los pequeño, sería totalmente indiferente a ofrendas y rezos. Oídos sordos. ¿Sería, acaso, un dios tan poco perfecto que tuviese que reforzar mi ego con los halagos de los mortales? ¿Para qué necesitaría una cabra muerta, un coco con una cuerda o cualquiera de las ofrendas absurdas de los humanos? Más les valiera temerme y dejarse de fruslerías porque, en un ramalazo de mala leche, sería capaz de borrarlos a todos de un plumazo.

Lago de Pushkar

El caso es que el cisne, cansado de volar con una flor en el pico como un absurdo émulo de la paloma de la paz, soltó el loto en mitad del Rajastán, en India. Tuvieron suerte los dioses con su jueguecito porque podría haber caído la dichosa flor en medio del Mar Arábigo o en el Golfo de Bengala y no habría lugar óptimo para sus ofrendas. Pero sigamos con la historia, tal y como pasó. El loto tomó tierra y Brahma hizo un gran iagñá. Un iagñá, que ya se hacían hace 4000 años por aquellas tierras, es un ritual de ofrenda que se hace a las devas, las deidades benévolas del panteón hinduista. Al lugar lo llamó Pushkar, que significa “flor de loto azul”. No fue demasiado original.

Con Marendra, que era un tipo estupendo

Con Marendra, que era un tipo estupendo

Claro que de todo esto me enteré después. Para mi Pushkar solo era otra ciudad atestada de gente en medio de un Rajastán ardiente que me mantenía sudoroso y fatigado la mayor parte del día. Paseaba en solitario por su calle principal, admirando santones de vida austera y pillos con cara de santón. De vez en cuando me detenía en cualquier puesto, dejándome asaltar por vendedores ávidos que creían que de verdad volvería por su tienda cuando les decía que “más tarde”. Espantaba chiquillos petitorios y esquivaba vacas y terneros como en un encierro a cámara superlenta.

Me asomé a ver el lago y sus 52 gaths, los lugares donde los hinduistas se sumergen para purificarse en sus aguas sagradas. Allí al fondo, justo en el centro del lago, fue donde el cisne dejó caer la flor de loto. Los gaths, con sus peldaños enormes, no recibían mucha afluencia de fieles aquella mañana.  Mientras miraba la vida pasar se me acercó un adolescente con cara de no haber roto un plato en su vida. Era un chico delgado, con la mirada limpia y la apariencia de un seminarista fumado. Irradiaba cierto halo de tranquilidad aquel muchacho así que, cuando me ofreció bajar al gath para hacer unas ofrendas a los dioses, me pareció lo más natural del mundo aceptar su invitación.

Me precedió durante unos metros y me dejó en manos de un sacerdote bramán, vestido de blanco y de aspecto inmaculado. Tendría unos 30 años como mucho. Nos saludamos uniendo las manos ante el pecho e hicimos una reverencia que, según mi modo de ver, me salió perfecta. A esas alturas del viaje ya andaba yo perfectamente imbuido de los asuntos locales así que, a nada que me esforzara, dejaría de ser un turista más y pasaría a formar parte de cualquier casta, adoraría a Ganesh con enfervorecida devoción o me soltaría a hablar inglés con la perfección como un sahib cualquiera. Pero no. Creerme indio no me convertía en indio y creerme otra cosa que un turista no me convertía en otra cosa que un turista. Por lo menos en Pushkar.

El bramán de manos suaves y andares delicados, me guió hasta el agua. Venía provisto de los pertrechos necesarios para una adoración como dios manda, si se me permite el chascarrillo; unos cocos, un cordón rojo y amarillo que me recordó la bandera catalana, una bolsa con unas piedrecillas blancas y unas flores de algún arbusto local. Me explicó que íbamos a proceder a un ritual sagrado mediante el cual tendría a la mitad de la población de Pushkar rezando por mí, por mi mujer, por mi hijo, por mis abuelos y por todo el santo elenco familiar durante un montón de tiempo. Una oferta así no se puede rechazar, por muy agnóstico que uno sea. Una cosa es no creer en dios y otra muy distinta tener a cincuenta o sesenta mil personas rezando a sus dioses por ti. No hay color.

Recen pues, pensé. El sacerdote, muy serio él, comenzó a recitar y a invocar, a Brahma, por lo que puede entender. Miraba al cielo con aires de súplica y compungido, humillaba la cabeza de forma alternativa. Luego nos agachamos y le rogamos a Brahma que le fuera bien a mi familia: a mí, a mi mujer, a mi hijo, a los abuelos… diciendo el nombre de cada uno de ellos. A todo esto yo me esforzaba por poner mi cara circunspecta de fervor religioso que, a base de años de no practicarla, se me había olvidado y solo me salía una mueca de entierro que no pegaba mucho con mi interior vacacional.

Así, fueron desfilando abuelos y abuelas, tíos, primos, sobrinos y demás familia para que Brahma tomase buena nota de toda la caterva parentelar y los colmase de bendiciones y virtudes. Después de unos veinte minutos, o más, todo aquello estaba empezando a cansarme pero me mantenía muy atento a las evoluciones del sacerdote porque lo veía sinceramente interesado en que mi alma tuviese un trato especial tanto en vida como en la muerte. Quizá todo aquello me reconfortase espiritualmente y, quien sabe, igual hasta encontraba una religión adecuada a mi espíritu libre.

Con Ganesha, que era un dios estupendo

Con Ganesha, que era un dios estupendo

Después de haber mojado las flores en el agua sagrada y habérmelas puesto en la cabeza, después de atar la cuerda al coco y hacer círculos con él sobre el agua, después de volver a implorar la benevolencia del Creador y de varios de sus adláteres, llegó el momento del cobro. Debí de poner una cara muy distinta a mi gesto de efusividad religiosa [su_pullquote]”Mil rupias son unos trece euros así que sentí como mis ojos saltones pugnaban por salir de las cuencas”[/su_pullquote]cuando el inmaculado sacerdote de piel bronceada (qué guapo era el muy ladrón), me dijo que la limosna para el templo ascendía a mil rupias por cada familiar. Mil rupias son unos trece euros así que sentí como mis ojos saltones pugnaban por salir de las cuencas y cómo la luz del Rajastán llegaba a mis pupilas con todo su esplendor. Bajo ningún concepto, le dije. Si Brahma me quiere salvar, bendecir e iluminar que lo haga de forma altruista pero no estoy dispuesto a pagar por ello. El apuesto sacerdote me dijo en tono conciliador que el dinero era para el templo, para ayudar a los pobres y para conservar el culto e, imponiendo con firmeza suave su mano morena en mi hombro se mostró dispuesto ha hacer una pequeña rebaja en nombre de Brahma.

Sin darme cuenta me había visto envuelto en una trama económico-religiosa y mi rostro de buen seguidor adoctrinado había mudado al de incauto turista. La situación comenzaba a tornarse un tanto embarazosa y yo sentía una vergüenza enorme por haberme dejado envolver en semejante patraña así que, con los labios apretados, saqué unos billetes de la cartera y se los di a aquel representante de la casta superior con aire resignado. Cuando ya me disponía a levantarme y hacer mutis por el foro con la firme promesa de no contar jamás semejante trance, el joven bramán me pidió más dinero. Esta nueva cantidad tenía como destino a su familia, a la que tenía que mantener. Dos mil rupias serían suficientes.

En aquel momento me invadió cierto acceso de ira que, de nuevo, me avergonzó porque no es eso lo que se supone que tenga que provocarte un ritual de este tipo. Entonces volvió a hacer entrada en escena el ayudante, que hasta el momento se había mantenido en un discreto segundo plano, y me entregó unas bolitas de azúcar que debía mantener en el bolso para hacer luego no sé qué. Desde luego, si era usarlas como ofrenda a un ser superior en alguno de los miles de templos de la India, iba listo porque no tenía intención de mantener relaciones afectivas con ningún dios en lo que me restaba de vida. Quizá con Ganesh, que con su desproporcionada cabeza de elefante me parecía muy simpático. Además había visto unas postales de este dios en actitudes pornográficas que me resultaban de lo más atractivo. Con esa trompa no es de extrañar.

Apocado y superado por el rubor, aflojé quinientas rupias más y subí las escaleras del gath sintiéndome bendecido, con la satisfacción de haber puesto a rezar a un montón de gente por el bien de mi familia  y sabiéndome muy idiota. Me zaherí con insultos durante un rato y volví a sumergirme en las calles de Pushkar haciendo la nota mental de lo que me había costado aquella tontería.

Aquí mi cartera, llena de rupias para Brahma.

Aquí mi cartera, llena de rupias para Brahma.

¿Qué conclusión extraje de todo aquello? Que soy idiota. Un absoluto incauto que se las da de precavido y que, a las primeras de cambio, los dioses le recuerdan quien es.

Mi Moleskine y yo

moleskineCuando viajas, ya sea en moto, en coche o caminando, da igual el sistema de locomoción, es importante tomar notas. No hace falta que seas un escritor reputado, ni siquiera que tengas la intención de publicar nada el día de mañana. El objetivo de apuntar aquello que te parezca interesante es recordar nombres, lugares o situaciones para no dejarlas caer en el olvido. Resulta muy gratificante, después de unos años, repasar esos cuadernos de notas y rememorar lo que sentiste a las orillas de aquel lago o incluso evocar los tragos amargos pasados tan lejos de casa con las palabras exactas con las que los transcribiste a tu cuaderno de notas. Si además publicas tus andanzas en un blog es una herramienta indispensable que será tu compañera inseparable.

Uno de los cuadernos de notas más famoso es Moleskine , que se ha ganado un lugar en la mochila del viajero por sus aires de leyenda. Cualquier libreta sirve para tomar notas pero hay objetos que pertenecen al mundo del fetichismo y ésta tiene un halo de leyenda que no tienen otras. El culpable de este aura de exclusividad  fue el escritor de viajes Bruce Chatwin. Sentía una verdadera pasión por esta libreta de tapas negras y en su libro, Los trazos de la canción, nos cuenta la historia de este cuaderno. En realidad no era más que una libreta de pequeño tamaño, con hojas suaves y resistentes de color hueso y dos tapas negras que mantienen las hojas cerradas con una goma elástica.

A mediados de la década de los 80, los cuadernos, que por aquel entonces Chatwin ya había bautizado como “moleskine” por el tacto de sus tapas, dejaron de venderse en el único distribuidor que se conocía, un viejo librero de la Rue de l´Ancienne Comedie, en París. El pobre Chatwin, desesperado por la desaparición de los depositarios de su prosa, compró todos los cuadernos que le quedaban a la viuda del librero pero no fueron suficientes para glosar su viaje por Australia aquel mismo año.

Los cuadernos desaparecieron en el formato original pero trece años más tarde, en 1997, un avispado editor italiano decidió fabricar algo similar, basándose en las descripciones de Chatwin. El nuevo cuaderno recibió el nombre de Moleskine en honor al escritor. La empresa que fabricaba estos nuevos cuadernos con cubierta de tipo tela, consiguió aupar los productos y, contra todo pronóstico en la era digital, supo hacer de ellos un objeto de culto. Modo e Modo, la propietaria de la marca, se vendió a un fondo de inversión y la empresa pasó a llamarse Moleskine slr. El cambio de aires trajo consigo que la producción pasase a China pues la demanda era, ya por entonces, elevadísima.

Ahora Moleskine es sinónimo de cultura, de modernos nómadas que son identificados por sus objetos. Adminículo de culto que marida lo analógico y lo digital y que sirve de puente de conexión con lo tangible. Yo sucumbí a este postureo, y lo digo sin rubor alguno, hace varios años. En un foro de netbooks, se hablaba de lo que llevaban los foreros en la mochila además del notebook. Algunos nombraban el móvil, los chicles o el boli Bic entre varios “porsiacas”. Me llamó la atención un usuario que decía, también sin rubor, que lo único indispensable que acompañaba a su ordenador portátil era “la moleskine”. Me pareció tan elegante. Qué podía ser aquel objeto de nombre extraño y, sobre todo, qué era lo que tenía que lo hacía tan indispensable. Cuando, en la tienda, tuve una entre mis manos, aquel cuaderno simple y casi diría que vulgar, me cautivó de tal manera que, desde entonces, procuro llevarlo siempre en mis viajes.

Uno de esos cuadernos, con casi todas sus páginas llenas de ideas, pensamientos, impresiones y recuerdos, se quedó olvidado en un hotel de los Himalayas. Pero no me importa. Sé que cuando vuelva a buscarlo, estará allí esperándome para volver a unir las notas con el anotador.

written_in_moleskine

 

Lujo y asco en Bikaner

Los llantazos se sucedían al salir de Mandawa. Lo cierto es que no tenía demasiados miramientos con la Royal y de forma constante, la llevaba al límite de sus posibilidades. Cruzar la rueda trasera, derrapar o convertirme en un emulo de los pilotos del Dakar se estaba convirtiendo en una costumbre que encontraba muy sana. Esto me provocaba más sustos de lo normal pero andaba yo en aquellos días tan fuera de mí a lomos de la Enfield que me veía capaz de cualquier cosa. Y a ella también. No negaré que me producía cierto dolor de corazón escuchar como la llanta golpeaba contra el borde de un bache o que me diera cierto coraje acelerar en vacío solo por hacer un poco el macarra… pero no dejaba de hacerlo. Ricard me dirigía miradas de reproche y, de cuando en cuando, me preguntaba si haría esas cosas si la moto fuera de mi propiedad.
No, no lo haría-, contestaba con aire socarrón. Pero la moto no es mía.
Lo que molestaba a Ricard era mi insolidaridad: habíamos quedado en que, si se producían daños en las motos, lo pagaríamos entre todos y yo estaba maltratando a mi Royal más allá de lo aceptable. Pero me resultaba tan difícil sustraerme a la posibilidad de divertirme haciendo el cafre… Ya se vería cómo se solventaba el asunto de los daños colaterales y las caras serias de Ricard.

img_4480

Las horas transcurrían pausadas en el sofocante calor de Rajastán. Hacía días que había prescindido de la chaqueta de cordura y circulaba en camiseta pero, aún arriesgando mi seguridad, me moría de calor. Había dejado el casco “bueno” en Delhi, a buen recaudo en el taller y había obligado al mecánico a prestarme el suyo, uno de inspiración “nazi”. Era mucho más fresco pero, a pesar de la pátina de mugre interior, la protección que ofrecía dejaba bastante que desear. A pesar de estas “frescuras” del casco había momentos en los que sólo pensaba en un chorro de agua fría. Además, el rodar tan expuesto hacía que el sudor se evaporase de inmediato con lo cual la deshidratación era aún mayor.

Bikaner hierve. En sus calles principales, con los calores que aún habrían de prolongarse hasta bien entrada la noche, se mezclaban vacas, ricksaws, taxis, peatones y todo tipo de vehículos de tiro. El eco constante del claxon, como banda sonora común a cualquier ciudad india, imprimía su musicalidad infernal. Es curioso que alguien como yo, acostumbrado al silencio y la tranquilidad, pudiera encontrar cierto atractivo en todo ese caos. El sonido loco del tráfico me bañaba, me envolvía y me dejaba sumido en un estado de permanente alerta, consciente de cada instante, pero muy fluido, como si realmente encajara en el rompecabezas social que es la India. Me preguntaba si no habría algo de malsano en aquella sensación agradable que sentía rodeado de mugre, olores y ruido. Recordaba a otros viajeros en moto que habían recorrido el país echando pestes de la comida, de la gente, del tráfico. Yo no estaba hecho de otra pasta, no me sentía revestido de un aura especial para soportar todo aquello y sin embargo, allí estaba, dejándome imbuir por la vorágine que me devoraba y sintiéndome más vivo que nunca entre el barullo.

El Hotel Bhairon, donde nos alojábamos, es un palacio, un haveli construido por en maharajá Bhairon Singh Ji, primer ministro de Bikaner y primo del rey de Rajastán, el maharajá Ganga Singh Ji,  a finales del Siglo XIX. Es un sitio tranquilo y relajado, el lugar que uno identificaría de inmediato con la expresión “vivir como un marajá”. Como en cualquier transacción en India, regateamos el precio y nos alojamos por una cantidad irrisoria.

Recepción del hotel Bhairon

Recepción del hotel Bhairon

Pasamos la tarde de piscina y relax, olvidándonos del calor sufrido durante el día y explorando las enormes instalaciones del palacio con ojos de niños sorprendidos, trasladándonos a los tiempos de la colonia inglesa y dejando que nuestra imaginación volase. Al caer la noche el vicio hizo mella en nosotros y nos hicimos fuertes en el bar-museo del hotel, un espacio tan mágico y tan recargado de piezas de colección que hacía que nos mirásemos con una mueca de estupefacción. Después de muchas cervezas, mucho baile y muchas canciones nos fuimos a la cama pensando en qué nueva peripecia nos asombraría al día siguiente.

El pub del maharajá

El pub del maharajá

Pero la mañana siguiente nos traería un nuevo tipo de asco en la casa de Karni Mata, la reencarnación de la diosa madre Durga.

 

 

Rajastán, en tierra de reyes

Taller Royal Enfield

Salir de Delhi fue relativamente sencillo, sobre todo si tenemos en cuenta de que uno de los mecánicos del taller donde habíamos alquilado las motos nos guiaba como parte del servicio contratado. No es que sea muy complicado dejar la ciudad pero se agradece llevar a un nativo que te guíe. Además venía incluido en el trato, como la bendición religiosa o las decenas de papeles que tuvimos que firmar.

Bendición de las Royal Enfield

Lo de la bendición es cosa del señor alquilador, que es muy de protocolos y parafernalias. El día que acordamos el alquiler nos emplazó para el día siguiente temprano, con el objeto de cumplimentar todos los documentos necesarios, revisar las motos y comprobar los repuestos. Por cierto, la ley obliga a las empresas de alquileres de motos a dotarlas de una serie de repuestos que van desde las bujías a los cables freno, pasando por filtros, piñones, discos de embrague, cámaras y todo lo que pueda ser necesario en caso de avería. Lo cierto es que no sabría decir si todo aquel material me daba seguridad o me proporcionaba una intranquilidad nerviosa, al fin y al cabo tanta previsión me inducía a pensar en que la moto se podía romper en cualquier momento.

Repuestos para las Royal Enfield

No escogimos la empresa más barata, ni siquiera la que nos había recomendado Raúl con toda su buena fe; después de haber perdido varias horas desamparados, dando vueltas en el metro, la tarde se nos echó encima y no hubo tiempo para mirar más opciones. Así las cosas no fuimos a otro taller que era el más caro de todos pero que nos ofreció bastante confianza. El dueño es un sij de barba larga y poblada y usa un turbante de esos que parece que comprimen la cabeza hasta constreñir todas las ideas. Habla en un inglés correcto y pausado y desde el primer momento me recordó a mi padre con lo que me ofrecía una confianza extra. Nos explicó, paso a paso y con paciencia infinita, los trámites necesarios y, a pesar de que veníamos de recorrer los Himalayas en moto, nos enumeró los intríngulis del tráfico y la peculiar conducción del país.

Además celebró la bendición de la motos y nos encomendó a algunas deidades del panteón hunduista. Ganesha, el hijo de Shivá y Parvatí, nos proporcionaría buena suerte y eliminaría cualquier obstáculo de nuestro camino y Saraswati nos daría la sabiduría necesaria para llegar a buen puerto. Del resto de invocaciones no conseguí desvelar nada más porque el señor Singh emitía su diatriba en hindi y me resultaba totalmente incomprensible.

Las cinco Royal Enfield sonaban redondas y perfectas y pronto nos vimos saliendo del populoso estado de Haryana para entrar en el Rajastán. El calor sofocante no nos abandonaba pero haber dejado atrás la highway atestada de tráfico e internarnos en la zona rural supuso reencontrarnos con la India más auténtica. El colorido de los saris entre campos de colza y tabaco era para mí un contraste enorme comparado con el luto acostumbrado en las zonas rurales del Norte de España. Siluetas púrpuras, amarillas, naranja chillón, rojo vivo… todo un festival de color en aquellas llanuras cultivadas.

Dromedario en el rajastán

De vez en cuando veíamos un dromedario tirando del carro y yo me maravillaba con sus andares. Los dromedarios indios no son como los del Norte de Africa, desgarbados y famélicos. Aquí tienen un porte y una majestuosidad que les hace destacar como los reyes de los campos. Y los andares. Esos andares elegantes, cargados de importancia y con una marcada indiferencia por todo lo que les rodea, les dan un aire señorial como no tiene ningún otro tipo de ganado. Se saben imponentes y no necesitan más que su rotunda y pausada presencia para enseñorearse de carreteras y caminos. Rajastán significa tierra de reyes y en esta tierra regia no podía haber animales más hermosos y más imponentes que los dromedarios. Así, entre té en las dhabas y frecuentes paradas para refrescarnos o tomar fotos, llegamos a Mandawa al atardecer.

Mandawa

Madawa es una ciudad señorial venida a menos, como toda la comarca. La ciudad de las havelis, los palacios de los comerciantes que se hicieron ricos a mediados del siglo XVIII en plena ruta de la seda. Muchos de estos palacios están en estado de abandono y sus paredes policromadas van perdiendo lustre año tras año. Otros, los más lujosos, se han convertido en hoteles y aún gozan del esplendor de antaño.

Havelis de Mandawa

De vinos por la India

Cuando alguien viaja a un país con un nivel de desarrollo “inferior” al suyo le asaltan preocupaciones de todo tipo. Que si las vacunas, que si la seguridad, que si la comida… Mi preocupación era el vino.

Con una búsqueda somera por la red no conseguía despejar mis dudas sobre si podría encontrar buen vino en India. Ni siquiera si lo encontraría malo que, en último caso, también sirve. Ni los experimentados viajeros podían solventar mis dudas al respecto. No acierto a entender por qué en las crónicas de viaje estos detalles tan importantes pasan desapercibidos o, directamente, quedan obviados mientras otro tipo de cosas absurdas, como el estado de las carreteras o la descripción de monumentos, están eficientemente glosados.

Para alguien que, como yo, tiene prohibida la cerveza por prescripción facultativa, es importante tener asegurada la ingesta semanal de alcohol de baja graduación, so pena de sufrir algún tipo de colapso en el organismo.

Así las cosas me fui a India sin información al respecto, con la terrible inquietud de saber si encontraría o no buenos caldos en el país asiático. Nada sobre calidades o precios y lo que era aún más inquietante, nada sobre variedades, retrogustos, palatizaciónes y cuerpo en boca. ¿Encontraría sabores redondos? ¿Notas de frutos rojos del bosque? ¿Sabores afrutados y aromas a madera? ¿Regalices y cerezas? ¡Que zozobra enorme presentarme con aquel nivel de ignorancia ante un viaje de esa magnitud!

Por fortuna, todas las dudas quedaron disipadas el segundo día en Delhi a golpe de rupia y con resultado de resaca: había vino de varios precios y calidades.

Vodka

Malo-malote con una botella de vodka a 5000 metros.

India lleva unos 20 años produciendo vino, una nimiedad si se compara con los miles de años que la humanidad lleva perfeccionando y consumiendo los más variados mejunjes elaborados a partir de las uvas. Su clima caluroso y húmedo no hacen de esta nación el mejor lugar para la viticultura y si a esto unimos el escaso apego de esta gente por el alcohol se comprende que no hayan tenido demasiadas inquietudes en este sentido. Pero la iluminación llega en cualquier momento y aunque sea de modo tardío, India se ha incorporado al mercado de los vinos para regocijo de los discípulos de Baco.

Sula es una de las bodegas pioneras pero mi primera cata corrió a cargo de Fratelli. Trece grados de alcohol por menos de diez euros al cambio, en una de las terrazas más chic de la ciudad. Fratelli Merlot, variedad Classic, es un vino rotundo, con aromas de ciruela y matices de chocolate negro que el camarero, de discreción proverbial y andares sinuosos, vertía en la copa cada dos por tres. Al fondo, iluminadas por la luz tenue del local, la mirada se perdía de forma irremediable entre las curvas voluptuosas de las camareras cristianas. Las chicas cristianas en India tienen fama de ser más casquivanas que las hindúes y de moral más laxa que por estas latitudes ibéricas. La visión de las minifaldas negras enmarcando glúteos y mostrando la rotundidad del muslamen desviaban la atención de los taninos y los matices terrosos del Fratelli. Las miradas huidizas de aquellos ojos rasgados tampoco ayudaban a concentrar la mente en la agradable acidez del caldo y uno andaba pensando en las notas de ciruelas maduras mientras una sonrisa tímida se empeñaba en ahondar en la tarea de despistar de lo importante, la cata de las variedades merlot y cabernet.

Josín y Alejandro con la sidra del país.

Josín y Alejandro con la sidra del país.

Unos días más tarde le llegó la hora al Sula. A pesar de ser un vino de más calidad no fue el que más me gustó, síntoma inequívoco de que no tengo mucha idea del asunto. Aquí nos movíamos en unos seis o siete euros por unidad, si bien las botellas eran de medio litro con lo cual los aromas de pimienta negra y las notas de ciruela madura comenzaban a salirse de presupuesto. Además el personal de servicio en el restaurante era pródigo en bigotazos y no había rastro alguno de minifaldas ajustadas o de moral cristiana, con lo que la cata resultó bastante más anodina de lo esperado.

El Cabernet Shiraz de Sula es, según los señores de bigote, el mejor vino de calidad media que se puede encontrar en los restaurantes de India. Me refiero, por supuesto, a los restaurantes dignos de llevar ese nombre antepuesto a la denominación del local en cuestión.

En Manali, guiados por el consejo experto de una chica que aún sabía menos de vinos que nosotros, decidimos probar el Madera. un vino rústico elaborados con diferentes variedades del país y relativamente barato. El camarero, de profuso bigote e ignorancia plena en materia de vinos, se lamentó con indolencia por no disponer de Madera y nos sirvió, en lo que en España sería la hora de los vinos, Port Wine 1000, de bodegas Sula. Port Wine resultó ser una mala imitación de un oporto adecuado para el postre. Es sensiblemente más barato que cualquier vino de oporto y también que el Sula o el Fratelli pero no es muy adecuado para el chateo. Proviene de la zona de Goa, de influencia portuguesa, pero su elaboración no está bajo los estándares del oporto y entre otras cosas, la ruptura de la fermentación no tiene por qué hacerse con brandy. Esto, unido al empleo de variedades de uva locales hacen que su precio no sea muy elevado.

Catorce grados de alcohol en forma de oporto barato que no me satisfizo en absoluto.

En líneas generales India no es el país adecuado para salir de vinos, básicamente porque no hay bares, por lo menos del estilo de lo que aquí conocemos por bares. Te puedes poner tibio de vino, de cerveza o de cubatas, no hay problema, aunque si sales de las ciudades grandes va a ser más difícil encontrar alcohol, llegando incluso en caso de que quieran cobrarte dos mil rupias por una botella de vino peleón. Y 27€ por un vino indio es, a todas luces, excesivo.

Caso aparte merece el whisky de India que, por herencia inglesa, es de calidad y con precio contenido. No merece la pena pedir importación porque el del país es bueno.

Para comprar alcohol fuera de restaurantes hay, sobre todo en sitios turísticos, licorerías con gran variedad de alcoholes, locales y de importación. Vinos de cereza, de ciruela, sidra y alcoholes de alta graduación se pueden comprar sin problemas pero los precios no son, en general, baratos.

img_4505

No esperes encontrar vino en restaurantes como este.

Hermanar en Manali

Manali

El día de Ganesha, hijo de Shiva, nos pilló en Manali. La jornada anterior habíamos recorrido unos cuantos puertos y el último, el que nos abrió la puerta a un nuevo mundo espectacular, nos vomitó en un valle verde y cerrado. Volver a ver la vegetación, disfrutar de la exuberancia de la fronda y sumergirse bajo la línea donde ya crecen las plantas es reconciliarse con la Tierra. Después de tantos días recorriendo los Himalayas sin más signos de vida vegetal que algunos arbustos dispersos por debajo de los 4000 metros, descender entre cedros y planifolias, entre tierras de cultivo y praderas subalpinas, te reconforta y te hace sentir bien.

img_4397

Bajar el puerto de Rohtang Pass con sus cientos de curvas y con sus atascos cerca de la cumbre fue para mí algo espectacular, el colofón perfecto al viaje que había organizado Rakatanga. Nos cruzábamos con los camiones que ascendían pesadamente, con una parsimonia exasperante, mientras a escasos metros de la pueda delantera de las Royal Enfield se abría el abismo. Allí abajo, muy al fondo, veía curvas y más curvas en un monumento sempiterno a todas las carreteras del mundo. Y abrimos gas. Y disfruté en la bajada como no lo había hecho en todo el viaje. Y todo era perfecto y todo el Universo en su Grandiosidad estaba colocado en un orden sublime porque yo era un pequeño ser que ocupaba su lugar exacto en el momento preciso. Abrí la mente y grité de emoción mientras escuchaba a Josín gritar tan lleno de todo como yo mismo. Nos mirábamos y sonreíamos en una mueca enorme y llena de plenitud. Estábamos en estado de gracia, como tantas otras veces durante este viaje. Qué emocionante resulta ser consciente de ello y sentir la fortuna de sentirse afortunado. Procuro huir de tópicos cuando hablo de viajes en moto pero, en ocasiones, los tópicos entran en mí al galope, en un tropel desordenado de me embota y me pone los pelos de punta. Qué coño, -me digo- para eso viajo. Quizá no recuerde nombres de lugares, ni museos, ni monumentos, o puede que las ciudades se hallen descolocadas en mi mapa mental… pero me quedan las sensaciones vividas a flor de piel, el recuerdo nítido de las emociones, las marcas indelebles de los olores, el detalle de lo irrelevante. No necesito más que bajar Rohtang Pass a velocidad absurda, posar la mirada en unos trapos de colores colgados en lo alto de un monte o escuchar a Kroke en cualquier carretera secundaria de los Ancares. Poco importa el lugar o el medio de locomoción, siempre hay algo que te llena cuando consigues vaciarte.

El día de Ganesha me encontró en la calle. Mis compañeros estaban dedicados a otros quehaceres tan mundanos como los míos y yo estaba solo en la calle. Cuando llegó la procesión de Ganesha, con su ritmo de tambores y su colorido, me uní a ellos. Todo el mundo sonreía mientras bailaban y se lanzaban polvo de colores. Malva, amarillo, rojo… todo se mezclaba con sudor y con fervor religioso en una orgía de cantos y bailes. Recorrí un trecho con ellos y me hice devoto fiel del hijo de Shivá, el dios con cuerpo de hombre y cabeza de elefante, el desafortunado hijo  que perdió la cabeza humana a manos de su padre. De nuevo volvía a flotar y cada vez la India penetraba más dentro de mi.

Cuando me reencontré con Josín y el resto decidimos hacernos un tatuaje. No era algo premeditado sino que fue surgiendo de forma natural. Dani quería hacerse un “tatu” y los demás nos vimos envueltos por la emoción del viaje y la vorágine de los acontecimientos. Alguna vez había sopesado la idea de tatuarme pero siempre lo fui posponiendo y al final, desechando. Sin embargo aquel día, terminado con éxito nuestro periplo por la Cordillera del Himalaya, me pareció el momento idóneo para grabar sobre mi piel un recuerdo imperecedero.

En el taller de Voodoo Tattoo, mientras el artista se fumaba un porro entre tatuaje y tatuaje, pasamos una de las tardes más divertidas y absurdas de nuestra vida. Todo era tan surrealista que parecía cargar con la pátina de lo cotidiano. Incluso después, cuando el tatuador, musulmán y aficionado al opio, llevaba unos cuantos canutos en el pecho y terminó su trabajo, no salíamos de nuestro asombro: lo extraordinario ocurre todos los días en India.

Y así, con los tatuajes que nos hermanaban de por vida sin haberlo premeditado, nos despertamos al día siguiente mirándonos las muñecas y dispuestos a continuar sumergidos en aquel sueño.

Aún quedaban muchos días en el Rajastán y en Delhi, el diamante más bruto y el almacén de lo extraordinario.

Camino a Manali

El amor correspondido

Royal EnfieldViajar en Royal Enfield me transportaba a los libros que había leído de los pioneros de los viajes en moto. Me imaginaba cómo sería recorrer estas montañas feroces a lomos de una moto en los años 30, como había hecho el austríaco Herbert Tichy y otros muchos que se embarcaron a recorrer Asia en moto. Y también me acordaba de los modernos aventureros profesionales y sus aventuras infladas. ¿Dónde estaba lo épico de mi viaje comparado con la aventura de vivir de aquellos desgraciados que tapaban baches? Pero eso es harina de otro costal, que los mitos son etéreos y lo etéreo se diluye y desaparece.

Mi Enfield era la más macarra de todas, la que hacía más ruido y la que más petardeaba. Era mi moto ideal. Alguna herida de guerra en el depósito, cierta dosis de 14463192_10207759781366615_630579705116674834_ndignidad antigua y aunque me avergüence escribirlo, creo que tenía alma. Todas las mañanas, nada más levantarme, le daba un beso en el faro. O un abrazo. Me relacionaba con ella como si verdaderamente pudiera entenderme, como si hubiera una conexión real entre nosotros. Bien sabía que no hay nada de eso, que sólo es una máquina y yo un idiota enamorado de las motos, pero no me importaba. Ese ritual matinal me comprometía con ella para no dejarla ir por un abismo insondable o para no estamparla contra un camión profusamente decorado. A la vez era un compromiso conmigo mismo, una firme promesa de regresar entero y no tener que visitar un hospital indio.

Ella parecía responder a mis carantoñas y solícita, me dejaba derrapar en cada curva terrera, me sacaba de las trampas de arena con consistencia del talco o me permitía vadear arroyos sin más daño que una fría y húmeda sensación en la pantorrilla que me duraba unos kilómetros. Una joya, mi Enfield. Me gustaría llevármela conmigo, hurgar en su motor, cambiarle piezas, hablarle en las noches de invierno y recordar juntos su vida en India. Pero nada de eso era posible. El nuestro era un amor pasajero y pronto habría de irse con otro.

Royal Enfield

Recuerdo, cuando bajábamos el puerto de Wari-La, que comenzó a fallar, a toser y a querer detenerse. Fue en uno de aquellos atajos locos que evitan una larga curva de herradura. Hay muchos de esos atajos en las carreteras de montaña de la cordillera. Los conductores deciden que hacer un kilómetro de más es todo un dispendio y deciden cortar las curvas monte a través. Supongo que es el espíritu heredado de las caravanas. La moto terminó por pararse justo en una zona de obras. Allí, mientras esperaba al resto del grupo, accedí al filtro de aire, lo sacudí un poco y lo cambié de posición. Ella dio un respingo.

Volvió a ponerse en marcha y, alegre, siguió trotando entre piedras y baches hasta nuestro destino.

De casta les viene

carretera indiaMe gustaba tomar en té en las dhabas. Son una especie de restaurante-tienda montados en una carpa circular en la que se da cita toda la fauna de la carretera. Allí parábamos motoristas, camioneros, pastores, obreros de la carretera… Esos momentos de descanso eran un impasse idóneo para sentir el pulso de las rutas del Himalaya. Sentarse a tomar el té preparado con parsimonia, comentar las últimas hazañas entre bache y bache o asombrarnos en conjunto con las impresiones del penúltimo precipicio, suponían uno de los mejores momentos del día.

Siempre reparábamos en las hordas de trabajadores que se afanaban en las tareas de mantenimiento de la carretera. Todos ellos pertenecían a las castas más bajas de la India, al último escalafón social. Gentes oscuras, niños casi hombres, vestidos con harapos y trabajando en condiciones precarias. En cada unidad de obra, una tajea, un puente o una cuneta, decenas de personas se arremolinaban para sacar el tajo adelante. Tengo que reconocer que no se veía una actividad frenética pero allí todo se hacía a mano. Herramientas manuales y ausencia total de maquinaria en un país con más de mil millones de personas y en el que la mano de obra es abundante y barata. Resultaba sobrecogedor ver a cientos de obreros construir una carretera de forma artesanal, era como si el tiempo se hubiera detenido. Los barriles de alquitrán se calentaban en una hoguera, las cunetas y tajeas se abrían a pico y pala y los encofrados se montaban con precariedad parsimoniosa. Todo bajo la mirada atenta de algún encargado cargado de uniforme y bajo un sol que abrasa pero no calienta; trabajar cerca del trono de los dioses es una osadía peligrosa.

En una ocasión, después de bajar uno de aquellos eternos puertos de más de 4000 metros, la carretera volvía a estar en obras. Polvo, piedras, camiones… A un costado, sentados en el suelo, más de cien de aquellos hombres negros partían roca caliza hasta dejarla en porciones cúbicas de unos diez centímetros. Era la base de la carretera sobre la que luego se extendería una capa de tierra y sobre ella, la banda de rodadura. Resultaba impresionante verlos allí sentados, abriendo piedras con un martillo y colocándolas primorosamente en una lengua pétrea que se extendía durante varios kilómetros.

Piedras, polvo y sol. Piedras, polvo y frío. Polvo depositándose sobre su piel y sobre los andrajos que vestían. Mientras dura la obra algunos viven en tiendas de campaña de plástico y lona al pie mismo de la carretera. Y nadie protesta porque el sistema de castas les marca el camino del que no han de separarse. Si aspiran a tener una vida mejor en la siguiente reencarnación tendrán que seguir el dharma en la presente y realizar con diligencia los trabajos que les corresponden, karma, por su situación social.

El sistema de castas está muy ligado al hinduismo y arrastra una historia de más de 2500 años. Ningún individuo puede aspirar a ascender en las castas en toda su vida y solo mediante la reencarnación puede aspirar a algo mejor. La casta dictamina qué trabajos se pueden desarrollar, con quien pueden casarse y a qué puede aspirar un individuo. Es una organización social que instauraron los invasores arios de los pueblos del Norte cuyo objetivo principal era subyugar a la población indígena, más oscura y considerada por ellos como subhumanos.

Pero aún hay cosas peores que pertenecer a una casta inferior y es no tener ninguna casta a la que pertenecer. Los “sin casta”, los dalit y los adivasi están en un lugar tan bajo en la escala social que los individuos de las castas más altas evitaban siquiera pisar su sombra. Pero nunca falta un roto para un descosido y los intocables aún tienen por debajo a los invisibles, que tienen prohibido que los demás los vean y solo pueden salir de noche.

castas

Pensaba mucho en mi padre durante las horas de ruta en la moto. Seguro que le habría gustado ver todo esto pero tendrá que conformarse con verlo a través de mis ojos porque no me lo imagino paseando sus barbas de santón por esta tierra de santones, de lamas y tibetanos. A la gente elevada como él les viene bien un paseo por las alturas. Aquí se respira un aire enrarecido, sí, pero también se le toma el pulso a una sociedad a la que sólo vemos en los documentales y que nos parece muy lejana. Y es tan cercana, tan dolorosamente palpable.

Josín, Ricard, Miguel y yo entramos en una dhaba de Keylong. Era un lugar oscuro que olía a gas-oil y a dulces desde la calle principal. Hacía siglos que no veíamos una Mirinda. En un rincón dos mujerucas con sari estaban atentas a la telenovela y, con la mirada puesta en la vida que pasaba ante sus ojos, un hombre de tez oscura sumergía fritangas en un aceite de olor dulzón. Al fondo la mugre perecía fagocitada por una penumbra salvadora.

Mirinda

Keylong está en la carretera Manali a Leh, considerada una de las más peligrosas del mundo. No diré yo que no sea peligrosa, que lo es, pero viajando en moto los peligros se diluyen y todo se torna familiar e inofensivo. Los precipicios son menos profundos, aunque se vea al fondo un camión en pedazos y las curvas ciegas tienen más visibilidad si vas  lomos de una Royal Enfield. Allí no hay quitamiedos ni barreras que te defiendan de la reencarnación pero si ocupas tu mente en el miedo a la caída no avanzas. Algunos se caen pero siempre son los otros. Es la certeza que nos mantiene aferrados a la vida hasta que, por imperativo vital, Vishnú nos pone delante un buen abismo insondable para procurarnos una buena reencarnación. Yo, que desde hace años vivo convencido de mi propia omnipotencia, ni me preocupo por estas cosas: no corro riesgos que no merezcan la pena y no me rasco las manos cuando me pican por la adrenalina. Y si me caigo, reboto, me sacudo el polvo y observo los daños con la sutil indiferencia de quien se sabe indemne.

En Keylong la vida discurría plácida, sin más sobresaltos que un partido de criquet a media tarde o un té en la calle comercial. Ni siquiera una vaca indiferente asomada en la terraza de un tercer piso entraba a formar parte de lo inaudito, son animales tan sagrados que pasean su parsimonia en los lugares más insospechados. En el centro del pueblo, Kelang Wazir, una deidad local de aspecto plasticoso cuya vida y milagros desconozco por completo.

Ya habían quedado atrás los grandes puertos, los ascensos a más de 5000 metros por carreteras retorcidas sin asfaltar y los fríos de la cordillera. Aún se veían glaciares, cumbres nevadas o montañas peladas que me empequeñecían por su enormidad, pero la vegetación volvía a aparecer con timidez y el fondo del valle se tapizaba de verde. De nuevo volvíamos a ver trabajos en el campo y gente afanada en la cosecha de septiembre. Ahora teníamos Manali a 130 kilómetros y yo estaba deseando sumergirme, de nuevo, en un clima más benigno.

tareas agrícolas