Saliencia 

 

Estamos bajando de Saliencia, en Somiedo, en pleno Parque Natural. No hemos podido llegar a los Lagos porque la carretera estaba cortada a causa de la nieve. La temperatura ronda los veinte grados y avanzamos despacio, muy despacio. Elena, de vez en cuando, hace algún comentario sobre la hermosura de este valle de origen glaciar pero, en general, vamos en silencio. Ambos disfrutamos del paisaje en este día de principios de marzo de temperaturas inusualmente altas. Y ambos agradecemos el silencio.

En el valle reina la tranquilidad, tan solo rota por el apagado sonido de la moto y su motor afinado en Mi. Ayer, cuando veníamos, me entretuve averiguando la afinación del motor. Se que es más importante escuchar si las válvulas «cantan» o si hay algún sonido fuera de lo común pero el agradable ronroneo del motor es música para mis oídos. En MI. Rodamos en Mi.

Hace unos momentos, cuando estábamos parados delante del «trabe» de nieve, anduve buscando huellas de bichos. Encontré unas de cánido. Enormes. Podrían ser de mastín o de lobo. Un bicho grande.

Meto segunda y dejo que la moto retenga, al ralentí en esta bajada. Me encanta el sonido del motor cuando va reteniendo. Es bronco, grave. Suena poderoso.

 

Detrás quedan los picos nevados. El Alto de la Collada, la Peña La Cueva y Los Bígaros, morada de osos y rebecos. Más abajo los prados de Saliencia se van asomando, verdes y cuidados como un jardín paradisíaco. El agua los inunda y brilla con los rayos de sol. La estrecha carretera serpentea, juguetona, entre robles y hayedos. De repente suena, como tantas otras veces, un «click» en mi cabeza. Esta vez ha venido sin meditar en ello, sin pensarlo. Es esa sensación tan conocida para mi de que todo está en su sitio, de que todo es perfecto y de que no hay ninguna estridencia que sea disonante. Son tan solo unos instantes, unos segundos en los que todo parece encajar a la perfección y, por arte de magia, el cosmos parece explicarse solo sin necesidad de hacer preguntas. Es como encajar la última pieza de un puzzle. El tiempo se detiene durante un breve lapso, justo para llegar a entenderlo todo. Luego ese instante pasa y todo vuelve a la normalidad. Vuelvo a ser el mismo que era, sin entender nada. Vuelvo a la insignificancia de este microcosmos en el que uno no sabe si va o viene. Las mismas preguntas vitales sin respuesta. Pero, por un momento, he visto el orden.

 

Huele a primavera pero estamos en invierno. un invierno extraño, sin precipitaciones y con altas temperaturas. Me siento un poco culpable por estar encantado con ello. No llueve, hay sequía y yo disfruto con la moto bajo este inusual sol invernal. No hay nada que pueda hacer para cambiarlo por lo tanto solo me queda disfrutar de ello. O lamentarme. Me quedo con la primera opción.

Me gusta viajar con Elena. Voy más lento y disfruto la ruta con más intensidad. Me anticipo a cada curva, a cada maniobra inesperada de los vehículos que me preceden. Me concentro en la conducción más que en ninguna otra cosa. Sé lo mucho que le afecta cada sobresalto y no quiero que, lo que para mi es un placer enorme, se convierta para ella en un suplicio.

Llegamos, otra vez, a la zona de La Malva, en el río Somiedo. La carretera discurre, encajonada, entre paredes calizas. Es uno de los lugares más alucinantes que conozco. Cuando era niño me parecía un lugar mágico, irreal. Ahora me sigue pareciendo un lugar mágico, irreal. La pared de peñas se descuelga por encima de la carretera en algunos puntos, como arropándola, como intentando esconder el tesoro que se encuentra en el fondo del cañón. Una curva, un túnel horadado con pico y pala. La diminuta represa que apenas si se adivina entre las peñas. El río, unos metros por debajo de la carretera, languidece por falta de agua. 

Adoro Somiedo. Me gusta su paisaje agreste, sus gentes recias y desconfiadas, su exuberancia, desprovista de cualquier mesura. Y ahora, que parece que el tirón del Parque Natural ha pasado un poco de moda, me gusta aún más. Si, soy egoísta y lo quiero solo para mi. No me complace ver hordas de turistas en la tierra de mis antepasados. Antepongo mi disfrute particular al derecho de cualquiera, turista o no, a disfrutar de estos paisajes. Me importa un carajo. Lo quiero solo para mis ojos. Es un deseo estúpido, fútil. No puedo hacer nada para que se cumpla así que, habrá que confiar  en que surja otro lugar que sea considerado más atractivo por las masas. O compartir, quizá tampoco sea tan grave.

Ascendemos el Puerto de San Lorenzo. El valle de Las Morteras queda a nuestra derecha, angosto y encajonado, guardián de la sombra y de la la umbría pertinaz. La temperatura es aquí arriba más agradable que en el fondo. Sigue oliendo a primavera adelantada, a estiércol y a frescura. El motor va pasando a Mi bemol y, de cuando en cuando , a Fa sostenido. Sostenido, continuado.

 

Desde el puerto se ve el valle de Teverga. Un cielo límpido, azul, como no podría ser de otro modo, celeste. Celestial. Allá, muy al fondo, se ve un poco de bruma. Es un lejanísimo, segundo plano. Tan lejano como las abruptas montañas asturianas permiten el horizonte. Aquí todos somos de primeros planos, de vista cercana a la montaña de enfrente y sólo al ascender a los puertos, podemos lanzar la vista a lo lo lejos. Tan lejos que produce dolor por la falta de costumbre. Quizá sea por eso que siempre añoro paisajes, tierras lejanas, horizontes. tanto que, de un tiempo a esta parte se está convirtiendo en obsesión. Libros de viajes, documentales de viajes, historias de viajeros. Y mapas. Siempre los mapas presidiendo, omnipresentes, cada cosa que hago. ¿Qué sentiría la primera persona que dibujó un mapa? Tomó un palito del suelo, o una piedra y sobre la arena diseñó una ruta, un territorio de caza o su propia tierra. Un farallón de peñas pasó a convertirse, por mor de la escala y la imaginación de aquel primitivo geógrafo, en un garabato en el suelo. Un río infranqueable, pasó a ser una línea sinuosa a sus pies. Y todos lo entendieron. Y todos pensaron que era un genio. Y en verdad lo era.

Teverga. Bebida originaria de Asia y bálano o miembro viril. Te verga, me verga. Ya estoy con lo de siempre: caca,culo, pedo, pis. Cualquier día de estos maduro y todo esto se va a la mierda perdido para siempre. Luego me quejaré de que se me ha ido el sentido del humor. Por lo menos el más básico y burdo.

La bajada tiene una pendiente poderosa en las primeras rampas. Luego se torna menos agreste y de nuevo, las curvas amables se suceden hasta llegar a La Plaza, capital de Teverga.

La señora de Laureano nos sirve «pitu de caleya», uno de esos pollos de carne negra que hace que la de un pollo normal parezca aún más pálida. Los «pitus de caleya» miran con desprecio a los pollos de granja. Podrían apiadarse de su mansedumbre y de su triste vida de animal enjaulado. Pero no lo hacen. Son orgullosos y se creen mejores porque su carne y su piel es más oscura que la de sus congéneres. Lo cierto es que son mejores pero no se si está bien que se crean superiores. Aunque lo sean. Cabrones de pitus de caleya. Me lo como sin rencor, sin disquisiciones morales y disfrutando de su sabor único.

 

Enfilo la subida de los Puertos de Maravio siendo más pollo y menos hombre. Rampas considerables con piso irregular. Casas colgadas de la ladera como un mapa (de nuevo los mapas) y «pitus de caleya» (de nuevo pollos) amarrados de las zancas para no caer rodando ladera abajo. Jodidos pollos. Cabrones de «pitus».

No es de las carreteras que le gustan a Elena. Demasiado estrecha, demasiada pendiente y demasiados baches. A mi me da igual. Algunas de las mejores de Albania eran como esta.

Los Puertos de Maravio son un lugar de difícil clasificación. Es como un altiplano, que hoy tendría que ser verde, pero sigue de color amarillento por la falta de lluvias. Da la impresión de ser un valle por encima de los valles. Todo está salpicado de cabañas, curiosamente construidas en los recodos más bellos del paisaje. Cada cabaña con su roble o su nogal al lado. Cada prado con su cabaña. Cada colina con su prado. Cada curva con su bache. Son lugares conservados por la ganadería que tantas y tantas veces critico. Es un lugar idílico creado por la mano del ganadero. Siento una dicotomía muy rara. Por un lado detesto esta actividad tan lesiva para el medio en muchos lugares. Incendios, talas, incendios, talas. Por otra parte, viendo este pequeño paraíso de valles menores situados entre valles de dioses, creado gracias a la actividad ganadera, los admiro y respeto. Cosas del yin y el yan. De lo bueno en lo malo y lo malo en lo bueno. Quizá todo esté formado por una infinita manta de medios tonos donde lo puro no sea más que la mezcla de impurezas. Seguro.

Una bruma ominosa se extiende por encima del concejo de Grao. Desde aquí arriba podemos verla perfectamente. Y al fondo, muy al fondo, tanto que los ojos duelen si miras tan lejos, el mar. Pero no se ve. La capa de bruma que vira del gris al malva, o al rosa, o al violeta, se interpone entre nuestros ojos y el Cantábrico. Ese Cantábrico imponente y rumoroso que cantaba un desconocido poeta gijonés. 

(…)

«yo me inclino humildemente, respetuoso

con una inclinación de treinta grados.

ya no escupes al mar, tanque de brea

ya tu furia salvaje sosegaste»

(…)

«Ya sosegaste»

(…)

Y yo también. Totalmente sosegado. Tranquilo. Eso sí, con las manos hirviendo a causa de mis guantes de invierno. Veamos, estamos en invierno, ergo, guantes de invierno. Pero no. Ya nada es lo que parece ni nada parece lo que es. Y yo con las manos cocidas. Manos de cerdo.

A la izquierda una enorme extensión de matorral quemado. Son varias decenas de hectáreas. O de campos de fútbol, que dicen ahora los periodistas entendidos. Los mismos que hablan de incendios «estabilizados» sin que nadie sepa a ciencia cierta qué coño es eso.

Hace pocos días que ha quemado. Malditos ganaderos.

Otra bajada vertiginosa con rampas excesivas. Y baches. 

Y otra carretera colgada en paredes verticales más abajo de Tameza. Otro sitio irreal. Y yo sin mi cámara de fotos. La Nikon D70 ha decidido morirse esta mañana, al comienzo de la ruta de hoy. ¿Cuánto ha durado? ¿Diez años? Menuda mierda. Las cosas tendrían que durar, como mínimo, para siempre.

La carretera se hace larga. Me alegro. Vamos muy despacio. La mayor parte del tiempo sin superar los cuarenta por hora. Saboreando cada curva, cada valle y cada rincón. Apenas nos cruzamos con media docena de coches hasta llegar a Grao.

Y ahora la Nacional 634. Ascendemos al Alto de la Cabruñana en solitario. Ni un coche, ni un ser humano a la vista. Desde que se inauguró la autovía esto es una maravilla. Elena me dice que se acuerda de lo que era subir este pequeño puerto hace unos años detrás de los camiones, detrás del ALSA, detrás de algún pelma. Curioso, los dos íbamos pensando en lo mismo.

Ahora estamos en el Puerto del Palo. El de siempre. Más de lo mismo. Lo he pasado tantas veces, por tierra y por aire que ya no me aporta nada nuevo. Aún así estoy deseando llegar a la cima y mirar hacia Galicia, allí, al Oeste. Y al Norte, hacia la costa que la Sierra del Carondio no te deja ver. Ahora lo que se ve son parques eólicos en las cumbres. Los destellos de sus luces blancas al atardecer convierten el monte en un extraño parque de atracciones. Somos reserva energética. Renovables. Renovarse o morir. A mi ya me lo han dado escogido