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Se falla el concurso de promoción turística “Descubre la Ruta Vía de la Plata en moto”

Ruta vía de la plata

Hemos ganado el concurso “Descubre la Ruta Vía de la Plata” lo cual nos llena de orgullo y satisfacción.

La mejor ruta en moto por la Ruta Vía de la Plata

  • El jurado ha elegido la ruta ganadora entre las 10 rutas participantes que más ME GUSTA recibieron en la plataforma Hello Riders.
  • El objetivo de este concurso es visibilizar las posibilidades que la Ruta Vía de la Plata y su entorno ofrecen a los aficionados a los viajes en moto y al mototurismo.
  • “Descubre la Ruta Vía de la Plata en moto” se enmarca dentro de las actividades conmemorativas del 20 aniversario de la Red de Cooperación de Ciudades en la Ruta de la Plata
  • El concurso tuvo una gran acogida no solo por el alto nivel de participación, sino por la calidad de las rutas enviadas.

Gijón, 24 de mayo de 2017.- Y la mejor ruta en moto por la Ruta Vía de la Plata es… la que nos propone Roberto Naveiras desde Grandas de Salime (Asturias). Una ruta con origen en Plasencia y punto de llegada en Zamora, que ha titulado: Ruta por la Vía de la Plata. Casi 400 km por carreteras secundarias donde, como señala el propio Roberto Naveiras, «la moto y el motorista encuentran su hábitat natural». Tanto el relato como las fotografías y el atractivo geográfico por el que transcurre la ruta han enamorado al jurado y a los usuarios de la plataforma Hello Riders.

Además de hacernos disfrutar de los encantos de significativas localidades en la Ruta Vía de la Plata, la propuesta ganadora nos muestra con todo lujo de detalles que atravesar el territorio que ocupa la Ruta Vía de la Plata garantiza también disfrutar de una naturaleza singular y de inusitada belleza.

La ruta propuesta por Roberto Naveiras confirma el hecho de que, a pesar de su origen romano, el territorio por el que atraviesa la Ruta Vía de la Plata alberga un interesante patrimonio de todas las épocas. Y, como se desprende de su relato, los municipios más pequeños atesoran una interesante oferta turística, cultural, gastronómica, artística, monumental y de naturaleza.

En esta primera edición, la iniciativa ha tenido una buena acogida. El autor de la ruta ganadora se lleva como premio una cámara GoPro Hero 5 Black. 

Para ver la ruta ganadora pinche aquí

Itinerario perfecto

El concurso de promoción turística ‘Descubre la Ruta Vía de la Plata en moto’ ha sido organizado por la Red de Cooperación de Ciudades en la Ruta de la Plata en colaboración con las comunidades autónomas de Asturias, Castilla y León, Extremadura y Andalucía, y la plataforma de mototurismo Hello Riders (http://helloriders.es).

El concurso, que busca dar a conocer las mejores rutas en moto por la Ruta Vía de la Plata, tiene como principal objetivo la promoción y difusión de este itinerario -uno de los más importantes de Europa- y su entorno como destino de calidad turística para los aficionados a los viajes en moto y al mototurismo.

La Ruta Vía de la Plata es un itinerario perfecto para ser recorrido en moto. Los más de 800 km que unen Sevilla y Gijón (o Gijón y Sevilla) ofrecen un paisaje de gran variedad y contraste. Ya sea a través de la moderna A-66 o por la más clásica N-630, el viajero en moto podrá ascender puertos de montaña por carreteras sinuosas, atravesar dehesas y valles hasta llegar al mar, o recorrer kilómetros de llanuras con el horizonte como único límite, disfrutando de una experiencia inolvidable y un entorno con numerosos atractivos históricos, naturales y culturales.

La Red de Cooperación ha creado una tarjeta promocional gratuita, la Moto Vía Card, que permite a los motoviajeros obtener descuentos y ventajas exclusivas en establecimientos a lo largo de todo el itinerario. Se puede solicitar a través de: http://www.rutadelaplata.com

¿Qué habéis hecho con Galicia?

La lluvia golpea la pantalla del casco con insistencia y una niebla densa y persistente se extiende más allá de de la siguiente curva. Que ni es curva.

¿Gallegos, qué habéis hecho con Galicia? ¿Donde están las fragas de la umbría, los castaños mágicos de pieles retorcidas y los robles centenarios que albergaban el panteón de los seres imaginarios?

Eucaliptos

Hacía años que no viajaba por el interior de Coruña y hoy nos encontramos con un paisaje cambiado, con el cromatismo bicolor del verde prado y el tinte oscuro de los eucaliptos. Kilómetros de eucaliptos. Hectáreas de eucaliptos. Habéis sucumbido al feismo en todas sus vertientes. Primero a esas construcciones horrendas. sin concesiones a la estética fina, perladas de lo burdo. “Hazme una casa que tenga ventanas y una puerta”, esa fue la única orden que recibió el albañil. Y eso fue lo que hizo, una casa con ventanas y una puerta, una construcción espartana y fea.

Luego le tocó el turno al monte y también sucumbió al pragmatismo. No queda ni un solo rincón en el que la intervención humana no sea patente, ni un metro sin domesticar, ni un hueco improductivo. El mosaico de huertas y prados, los árboles autóctonos que daban sentido a “terra das meigas”, han dado paso a los eucaliptos. Y las meigas no pueden vivir entre eucaliptos: los pies descalzos no están hechos para caminar sobre sus hojas. Las gotas de lluvia no saben escurrirse con maestría desde lo alto de las copas y la niebla no puede deshacerse en jirones graciosos en este cultivo forestal.

Perece la morriña del emigrante.

“Adiós ríos, adiós fontes, adiós regatos pequenos…” Adiós para siempre adiós, que hasta Rosalía se está revolviendo en su tumba, avergonzada de lo que han hecho con su tierra. Es el avance de la nada en forma de verde coriáceo, son los temores de Atreyu que se hacen realidad en Galicia. Aldeas insertas en el silencio, fagocitadas por la uniformidad.

Ría de Corcubión
¿Qué habéis hecho, gallegos, con Galicia? Habéis sido presas de la productividad, habéis domeñado la tierra de vuestros ancestros y aquí poco queda de los bosques rumorosos, de la diversidad que daba carácter a vuestro hogar y a vosotros mismos. Ence, ¿qué les has hecho a mis hermanos? Eres la Puta de Babilonia enseñoreada en todo el territorio, el mismísimo anticristo. Has matado la magia, el misterio. Has borrado demos, trasnos e diaños que ahora se arrastran avergonzados por pistas forestales embarradas.

Ya no siento las manos y los pies, y noto como Elena tiembla de frío. Hay días en los que me pregunto por qué me gusta viajar en moto.

Encaramos la bajada a Caldebarcos, con Fisterra allí enfrente, asomándose entre la bruma al fin de la Tierra, de espaldas a un mundo loco y a su aire. Hoy se baña en aguas calmas, ajeno a nuestras manos heladas. Al Norte la Ría de Corcubión y enfrente, el faro de Illa Lobeira, como un castillo recortándose en el horizonte.

Cascada de Ézaro
Enfilamos la rueda delantera hacia O Ézaro. Al frente la única cascada de España que vierte sus aguas al mar. Mágica, única, especial. A la izquierda, monte arrasado por un incendio forestal. ¿Qué hacéis, gallegos? Eucaliptos y fuego. Pinos y fuego. Queimada galega. Todo se purifica aquí con el fuego, como queriendo forzar el reinicio de las cosas, como buscando un nuevo orden que surja después de cada incendio. Los esqueletos de los pinos que se yerguen entre los afloramientos graníticos, son los testigos mudos de la vergüenza.

A cambio de tanta ignominia disfrutamos de la hospitalidad gallega, de la retranca cariñosa, de la melodía de las palabras. “¿E logo? E logo sí, carallo!”. La rotundidad amable y melosa del gallego lleva implícito el perdón de todas las cicatrices. La sonrisa buena, el trato educado y cercano… Nobleza.

Y si no… siempre nos quedará Lugo.

 

Viajes en moto por España. Sugerencias de los oyentes

icono ruta viajes en moto por EspañaViajes en moto por España. Hace algún tiempo organizamos un concurso con los oyentes de Viajo en Moto. En él solicitábamos que nos enviasen sus mejores rutas en moto. Según su experiencia y gusto, cuáles eran las mejores carreteras para realizar viajes en moto España. Recibimos un montón de propuestas de todos los rincones de la geografía española, con sugerencias muy atractivas y carreteras con mucho encanto.

La intención era, una vez recopiladas todas, situarlas en uno o varios mapas de GoogleMaps, ponerlas a disposición del público para que cualquiera pudiera consultarlas. El trabajo comenzó pero no pudo llevarse a cabo por falta de tiempo. A eso hubo que sumar la dificultad técnica que suponía incrustar un montón de mapas y tracks en la página así que el proyecto quedó un poco en el olvido.

Este verano, después de la visita de Lorenzo Bonora, de Hello Riders, vimos la posibilidad de retomar la idea. Era la forma idónea de colaborar con su página que está, como sabréis, dedicada a las rutas en moto por España. A Lorenzo le pareció buena idea aprovechar ese material porque son rutas que están elaboradas por motoristas, por gente aficionada a los viajes y que conocen las carreteras de su zona como nadie. Nos pusimos manos a la obra.

Poco a poco iremos subiendo todas esas rutas a Hello Riders, con mención de su autor. Añadiremos todos los datos de que dispongamos, desde los atractivos turísticos y culturales de la zona, hasta los hoteles o sitios donde dormir. Insertaremos fotos y por fin, la información que habéis proporcionado tendrá un destino útil.

De momento no hay posibilidad de incrustar los mapas en Viajo en Moto pero la interface que tienen en Hello Riders es mucho más sencilla, eficaz y útil; mucho mejor que insertar aquí, de forma desordenada, todas las rutas. Allí puedes registrarte y guardar las rutas en varios formatos. Puedes montarte una base de datos organizada y a disposición de todo el mundo. Una forma de compartir y de trabajar por la comunidad.

Se puede escoger el tipo de moto, la época idónea, ver puntos de interés y un montón de parámetros más.

Os animo a registraros en Hello Riders. Subid vuestras rutas para compartirlas con todos los aficionados a los viajes en moto. Las nuestras estarán muy pronto.

Mi carretera está de moda

Mi carretera está de moda. En realidad no es mi carretera, que es de todos, pero es la que llevo recorriendo desde que tengo uso de memoria, la que he transitado miles de veces para salir o entrar en mi zona de confort. La tengo muy rodada. Me conozco cada curva, cada bache, cada rincón recoleto desde el que puede olerse la resina de los pinos recalentada por el sol, cada viraje en la umbría donde las hojas de castaño se acumulan cada otoño. Allí abajo, en el mirador de La Ballena, hay cuatro curvas enlazadas que no te dejan mirar al vacío porque las das a toda leche y con el culo apretado. Y antes, mucho antes, cuando vas dejando atrás la Asturias de “ye” y coronas el Puerto del Palo ya vislumbras la inmensidad. Lo que E. Marcos Vallaure bautizó una vez como El Continentón. Desde el Palo se ve un continente y se adivina el contenido.

Bajas el puerto mirando de soslayo tu sombra el el talud y evocando la majestuosidad del mundo más inmediato mientras el sol se pone por Fisterra, que lo la ves pero la presientes. Y luego sigues con esa ensalada de curvas hasta Grandas y justo antes de llegar al pueblo, desde la Curva de El Marco, alternas la segunda y la tercera marcha solo por darte el gusto de escuchar como el motor sube de vueltas en estos dos kilómetros de asfalto retorcido. Y hay abedules y robles y tilos y pinos gallegos y de los otros y helechos que huelen a helecho y a frescor divino. Cuando llueve, que es muchas veces, dejas que las gotas golpeen el casco y formen una sinfonía epiquísima que suena solo para ti.

Tendrás que esquivar algún peregrino, claro. Se empeñan en vestirse de verde o de negro y avanzan como una legión de refugiados en pos de un mundo mejor. Un día habrá una desgracia, se ve venir. Luego te los encontrarás en el pueblo, en chanclas y con andares dubitativos, que parecen muertos vivientes, y estarás contento de que estén ahí, como un crisol de culturas que va dejando su poso en cada uno de los habitantes.

En primavera llegarán hordas de motoristas. En bandadas de tres y de cinco, en grupos poco numerosos porque esta carretera se disfruta en la intimidad. Mucha BMW y muchos ingleses que desembarcaron en Santander hace unos días y se van a Santiago. Verás motos cargadas de maletas enfrente de La Reigada y pensarás si no es un buen sitio para tomar una sidra bajo la parra. Incluso puede que llames a tipo ese de los podcast, que vive por aquí cerca.

Y cuando hayas visitado en Museo y dejes Grandas atrás, lo bueno no parecerá tener fin porque las curvas nobles del Puerto del Acebo no serán más que un preludio exquisito de las de A Lastra. Son curvas que te hablan, yo mismo lo he comprobado. Curvas que te desean buen viaje y que te acarician con un tacto aterciopelado que tiene un no se qué de sensual. Y danzas con ellas. Te vuelves loco de placer lanzando la vista hacia los Ancares, a los montes de Navia de Suarna y Cervantes, allí al fondo. Deseas conocerlo todo y tener tiempo para volver a explorar esas montañas donde, a buen seguro, hay carreteras lentas y deliciosas que nadie conoce. Claro que las hay. No te lo preguntes ni por asomo. Carreteras intransitadas por las que pasaréis tú y cualquier otro tú en todo el día. Pueblos en los que el tiempo ni siquiera se molestó en detenerse porque el tiempo aquí hace muchos años que pasó de largo y se olvidó de volver.

Antes de llegar a Lugo te habrás cansado de rectas, de las cinco. Entonces pensarás que eres afortunado por haber recorrido una de las carreteras más hermosas que hayas visto y estarás deseando volver.

Entonces, y sólo entonces, comprenderás porqué esta carretera está de moda.

El Palo

Hoy ya es mañana

Esta mañana salí de Oviedo con todos los ingredientes para tener una ruta en moto perfecta. La temperatura rondaba los 22 o 23 grados y la ciudad, vacía en un domingo veraniego, parecía languidecer con una calma cercana a la santidad. La brisa fresca de las calles desiertas, el tráfico calmo y escaso, y las campanas de la Catedral llamando al recogimiento cristiano antes del vermouth. Beatos sí, pero con concesiones al pecadillo venial.

La moto lleva unos días, perfecta. La cadena bien engrasada, el aceite en su nivel y todo el sistema de amortiguación nuevo del trinque. Ataviado con mi chupicuero de hace 25 años y los pantalones Ugly Bros., parecía un figurín recién extraído de Mad Max. Además, iba revestido de elegancia interior con la camiseta de Viajo en Moto. Ni siquiera haciendo un esfuerzo podía sentirme humilde por lo sublime. Pero algo no encajaba.

Negociar curvas deliciosas por la carretera de Teverga no hacía que me sintiera mejor. Algo estaba fallando y no conseguía identificar la causa. No era algo físico, desde luego; al pastel no le faltaba ni una sola guinda. Yo, que soy de naturaleza optimista y accesible a la felicidad cuando estoy sobre la moto, andaba esta mañana medio perdido, pensando en nubarrones grises cuando lo único que tenía sobre mi cabeza era un cielo límpido y de un azul insultante. Los pensamientos pasaban fugaces y feos sin remedio. La nostalgia volvía a invadirme y mi otro yo, ese que siempre me toca la moral convenciéndome de que cualquier tiempo pasado fue mejor, no cejaba en su empeño de llevarme hacia una deriva triste y deprimente. ¿Qué coño estaba pasando? Intentaba convencerme a mi mismo de lo afortunado que soy: tengo una familia que me quiere, buenos amigos que me aprecian y un trabajo estable y agradable. Entonces, ¿Qué estaba fallando?

Las zonas de sombra, entre los castaños, me recibían como una madre amorosa acoge a un hijo en su seno, el asfalto estaba impecable y con una adherencia óptima y yo, gestionaba cada curva con toda la maestría de que soy capaz. Cada tumbada era una danza etérea y cada vez que el motor subía de vueltas sonaba a música de la buena.

En Teverga, dudando ya si tendría que deshacerme de la moto y buscar algo que llenase de verdad mi vacío, conecté la música. Escogí la playlist “Música para carreteras de montaña con jirones de niebla que se desgajan, perezosos, por las laderas”, a pesar de que la ausencia de niebla era total. Y el mundo interior comenzó a transformarse. Fleet Foxes parecía querer decirme algo y me mostré atento, pero no acabé de pillar el mensaje. Sin embargo cuando sonó Mañana, del grupo sevillano Las Buenas Noches, Rubén Alonso me lo dejó muy claro “hoy ya es mañana”, “hoy es el día que amanece cien veces al día”. De repente se borraron las referencias enfermizas a un pasado tan lejano que parece que nunca ocurrió, me vi envuelto en un presente tangible, tan cercano que, por un momento, el pasado y el futuro se fundieron en una absoluta nada. Volví a la moto, volví al presente más descarnado para ser consciente de mí mismo y de cada instante. No sentía la necesidad de disfrutar de lo que estaba haciendo, ni de tener ninguna sensación en particular cuando acudieron todas en tropel. Y me fundí, una vez más, con la moto y con la carretera, con el paisaje, con cada árbol que arrojaba su sombra a mi paso, con cada roca que refractaba el calor con indolencia. Ahí estaba yo, en un presente que lo ocupaba todo, en un estado de gracia en el que no existían ni futuro ni pasado.

Ascendí el puerto de San Lorenzo despacio, dejándome impregnar de los olores y del frescor, ¿qué más podía hacer? Impermanencia y pemanencia en la nada, suspendido en una solución extraña que hacía tiempo que no saboreaba. Mente serena y quietud en movimiento.

Y así anduve toda la tarde, parándome aquí y allá, tomando cafés y escuchándome decir, absolutamente convencido, que todo estaba bien, que todo está donde tiene que estar porque en este presente tan vívido, no hay otra realidad posible.

Cerca de casa, bajando el Puerto del Palo, desde donde puede verse media inmensidad y la mitad del infinito, no pude reprimirme y me puse de pie en la moto. Solté las manos y abrí los brazos hasta que me dolían las axilas. Y me llené. No sabría decir de qué, pero me llené. El mundo entero penetró en mí mientras aspiraba el olor a polen de castaño y una extraña plenitud me engrandecía conforme me hacía pequeño.

Allá lejos, al fondo, una capa de niebla cubría las montañas cercanas a la costa y ocultaba la Sierra de La Bobia. La realidad se adaptaba a mi playlist.

Puerto San Lorenzo

Campamento del Oro Viajo en Moto

Siempre he tenido cierta querencia a travestirme, a cambiar de piel, a meterme en el papel de personajes variopintos, al disfraz. De crío recuerdo que mis juegos eran serios, como los de todos los críos, y aún lo eran más si iba ataviado con una espada metálica, una pistola de verdad o un cuchillo de monte de proporciones épicas. Siempre fiel a la realidad.

Al crecer no dejé atrás esa afición, se ve que no me caeré de maduro, y amplié a la moto el mundo del disfraz, incorporándola como parte del atrezzo. Así, cada verano, participaba en la fiesta de disfraces del pueblo cosechando grandes éxitos y muchas risas. Policía, bebé con su cuna, buscador de oro… Podía transformarme en lo que me viniera en gana. Pero claro, una cosa es serlo y otra parecerlo. Para ser policía en moto llego tarde y para ser bebé… también. No daría el pego ni saludando a mis pueriles coetáneos con un “hola bebeeeees”. Pero para ser buscador de oro uno siempre está a tiempo, sobre todo si vives en una zona en la que hace dos mil años, los romanos subyugaban a las clases más bajas de la población haciéndoles trabajar en cualquiera de las explotaciones auríferas y obras asociadas. Buscador de oro, eso sí que es una transformación posible.

buscador de oro en moto

La primera vez que me hice buscador de oro era solo una pose, un divertimento de verano con el que pasar la noche antes de la vorágine emocionante de las fiestas patronales. Pero ahora era distinto. Estaba organizando una búsqueda del oro real y revestida con la importancia de haberlo anunciado en Facebook y con Jorge, uno de los seguidores acérrimos del podcast, como invitado.

En mi comarca las carreteras no decepcionan y a pesar de haberlas recorrido cientos de veces, sigue siendo un placer tumbar la moto en cada curva, ejecutar una danza perfecta mientras asciendes entre castaños y abedules, dejarte embriagar por el perfume veraniego que inunda cada umbría. Con este panorama, el oro, el tesoro verdadero, ya está encontrado desde hace mucho así que, si la “operación bateo” fallaba y volvíamos con las manos vacías, tendríamos la seguridad de no haber perdido el tiempo.

De pequeño, en los tiempos de inocencia y disfraces, pasaba algunos fines de semana en Tremao, en el concejo de Allande. Tremao está colgado a media ladera, recibiendo el sol de la tarde y mirando siempre al fondo del valle donde el Río del Oro aún piensa que tributar en el Navia es una cosa muy lejana. En aquellos veranos de canícula y juegos serios, José Manuel (que con los años se fue a Cabo Norte en moto cuando casi no iba nadie) nos contaba de un vecino del pueblo que había encontrado una pepita de oro, como un puño, hacía cientos de años. Normal, era el Río del Oro y nuestra imaginación febril nos decía que allí tenía que haber oro por fuerza. Si no… ¿ a santo de qué le iban a llamar el Río del Oro?

Con los años descubrí que, si bien el río quizá no albergase más que truchas de esas que no dan la medida pero que a todos les resultan exquisitas, las minas romanas de la cabecera del valle habían dado nombre al curso. Y si los romanos habían sacado oro, seguro que habían dejado algo para mí.

al oro

Así que, media hora después de aprovisionarnos de vino y viandas, estábamos aparcando las motos al lado de la Capilla da Veiga, cerca del nacimiento. Estaba comenzando el I Campamento del Oro Viajo en Moto, bautizado al más puro estilo boy scout infantil. Con más ilusión que conocimientos nos lanzamos a cribar y batear arena con la esperanza de extraer la cantidad suficiente para pagar una moto nueva, hacer un viaje o salir de pobres, no necesariamente en este orden. Según iba pasando el tiempo las perspectivas se iban volviendo menos exigentes y llegó el momento en que nos conformábamos con extraer algo dorado, cualquier cosa.

bateando oro

Y salió. Con las horas comenzamos a encontrar partículas de oro aunque en cantidades tan ínfimas que el viaje soñado no sería mucho más allá de la puerta de casa. Nos daba igual. La fiebre del oro había hecho mella en nosotros y ya no había forma de curarse.

Después de varias horas de bateo montamos el campamento y, mientras yo atendía el fuego e instalaba la hamaca y la carpa, Jorge dejó el bosque de ribera para aprovisionarnos de más viandas y más vino, que las existencias menguaban de forma alarmante.

Recoger leña, preparar la cena en la hoguera y contar batallitas son de esos placeres que el ser humano disfruta desde que el tiempo es tiempo y, aún en la era de Internet y las telecomunicaciones, en los tiempos en que la caza de Pokemons ya no se hace por pura supervivencia, sigue siendo teniendo el mismo poder atávico que en la prehistoria. El fuego nocturno, el crepitar de la madera ardiendo, el sonido de los grillos, el rumor del río… Nada hay que te ate tanto a tu propia naturaleza como regresar a ella sin las interferencias del mundo exterior. Después de cenar y rellenar los intersticios vitales con licor café, a las dos de la mañana, los “garimpeiros” nos retiramos a descansar.

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Descubrí que dormir en la hamaca es mucho más cómodo de lo que pensaba y tan sólo lleva unos minutos adaptarse a esta peculiar forma de pernocta. Las ventajas a la hora de acampar superan a los inconvenientes y creo que es el sistema idóneo para cierto tipo  de acampadas. La hamaca, comparada en el Decathlon por diez euros, apenas ocupa espacio y la lona, de precio similar, me protegía perfectamente del relente y de la lluvia. El conjunto se completaba con una colchoneta autohinchable para darle un poco de cuerpo al lecho y un saco de dormir de pluma que resultó ser demasiado caliente para las noches de verano. Aunque sean las frescas noches del Norte.

hamaca campamento

Al día siguiente, ante la sospecha de que las reservas auríferas estuvieran agotadas en aquel yacimiento, cambiamos de valle y de río. Escogimos el Río Carondio, aguas abajo de la Fana da Freita, una de las mayores explotaciones romanas de todo el Occidente de Asturias. Aquí los romanos desguazaron media montaña mediante el sistema de ruina montium que consiste en reventar el terreno a base de horadar la montaña e inundar de agua las galerías para que la presión haga el resto.

Dos de los cuatro vecinos de A Pontenova nos advirtieron de que en su río no había oro, mientras nos miraban como quien mira a un par de locos. Se equivocaban. No voy a decir que se pudiera convertir el Carondio en el nuevo McKinnon Creek pero en la segunda batea salió una lasca de tamaño considerable acompañada del grito de “oro, oro!”

Cuando el calor y los tábanos consiguieron horadar nuestra voluntad férreas, cesamos nuestra actividad industrial y volvimos a la carretera, llevando con nosotros el preciado metal.

Hoy somos un poco más ricos. No podemos medir nuestra riqueza en quilates pero hay experiencias que valen su peso en oro.

Oro

Seis rutas sobrevaloradas

Internet está lleno de recomendaciones de todo tipo: que si los pueblos más bonitos, las ciudades más hermosas, los mejores destinos para ir de fiesta, los mejores restaurantes… Somos adictos a las listas y nos encanta saber qué es lo mejor, aunque sea a través de la opinión de los demás. Necesitamos que nos digan qué es lo más exclusivo y atractivo para no ir contracorriente por aquello que hablábamos de sentirse aceptado por el grupo.

Pero ¿son los lugares de esas listas lo que nosotros estamos buscando? A veces lo que es bueno para los demás no lo es para nosotros. Con frecuencia, visitamos lugares que hemos visto en la red y que, por una foto retocada, nos parecen espectaculares.  No son menos las veces en las que estos lugares nos desilusionan porque no cumplen con las expectativas que habíamos generado.

Pego de Inferno en Tavira

Hace unos días mi amigo Fran Brighton colgaba unas fotos en Facebook en las que contrastaba el enfrentamiento entre la cruda realidad y las expectativas emocionales. El Pozo do Inferno de Tavira, en Portugal, pasaba de ser un lugar mágico por mor del retoque fotográfico a convertirse en una poza infecta.

A mi también me pasa. He visitado sitios que parecían espectaculares y que no resultaron ser más que un triste “bluf” bajo el prisma de mi cámara de fotos porque, sabed amigos, que la realidad no tiene filtros. Bajo este barniz de desilusión vamos a desmitificar algunas de las carreteras que aparecen en os típicos listados de lugares por los que merece la pena pasar.

1- Carretera del Atlántico

Esta carretera noruega es una de las más fotografiadas y más mitificadas del mundo. Se nos presenta como una ruta emblemática digna de recorrer, tanto por sus paisajes como por el peculiar trazado que discurre entre islas e islotes separados por puentes de extraña belleza.
La realidad es que el tramo “espectacular” de la carretera no llega a tres kilómetros en los que nos encontramos el famoso puente curvo Storseisundet, uno de los ocho que conforman la ruta. En mi opinión es una carretera sobrevalorada cuyo principal atractivo reside el los paisajes espectaculares que hay para llegar allí. La Carretera del Atlántico en sí misma no es para tanto.

2- Pesso de Régua. La mejor carretera del mundo

La empresa de alquiler de vehículos Avis nos sorprendía hace algún tiempo con un estudio en el que se afirmaba que la mejor carretera del mundo para conducir estaba en Portugal.  Se basaron en una serie de parámetros que fueron elaborados por un diseñador de montañas rusas, un físico cuántico y un diseñador de circuitos.

Si bien la carretera N-222 desde Pinhão a Pesso da Régua discurre por paisajes hermosos, no tiene el trazado único que me esperaba y desde luego, está muy lejos de obtener un título tan pretencioso como el de “mejor carretera del mundo”.

3- La Costa Azul. Cannes

Rotondas, atascos y paisaje humanizado en cada recodo es lo que nos nos vamos a encontrar en este tramo icónico de la Costa Azul. hay que decir que gusta porque lo dice todo el mundo y nosotros no queremos ser bichos raros pero lo cierto es que tanto glamour aturulla. Aquí se confunden y entremezclan las campañas publicitarias del correspondiente departamento francés con los aires de exclusividad a que nos tiene acostumbrado el cine y el famoseo de las revistas del colorín. Si hablamos única y exclusivamente de la carretera, de la ruta, esta es otra de las que muchos viajeros evitan por lo engorroso de atravesar la zona.

4- El desierto del Sáhara

Tentados de emular a Laurence de Arabia, aunque sea en otro desierto, nos adentramos en la carretera de Senegal, la que va desde Marruecos hacia el sur atravesando el Sáhara Occidental. Vamos pensando en playas enormes y carretera con encanto al lado del mar pero lo que nos encontramos es un coñazo de ruta recta en la que el mayor atractivo reside en salir pronto de allí. Kilómetros y kilómetros de aburrimiento total, rodeados de piedras y con el mar en la lejanía, sumido en un manto de bruma y polvo. Por fortuna el tráfico es escaso y las molestias que causa el olor a pescado podrido de los camiones, pasajero.

5- Ruta de Don Quijote

Me caerá la del pulpo pero, aún a riesgo de parecer antipático, me cuesta trabajo encontrarle atractivos espectaculares a esta ruta. Si restamos la belleza visual de los típicos molinos de viento nos quedamos con una carretera recta en la mayor parte del trazado que no ofrece, apenas, singularidades. Si además sumamos el nulo atractivo de una urbe anodina como Ciudad Real, completamos un cuadro que únicamente está destinado a dinamizar una zona deprimida desde el punto de vista turístico.

6- Ruta das Rías Baixas

A pesar de ser un enamorado de Galicia y de las Rías Baixas, he de reconocer que la carretera costera tiene un atractivo nulo. A un paisaje humanizado hasta el hastío hay que unir el intenso tráfico de verano y el famoso “feismo” gallego. Eucaliptos, abandono y escaso interés por la estética cuidada es lo que nos vamos a encontrar en este rincón de España que podría ser sublime. Por fortuna, aunque la carretera no ofrezca grandes incentivos, toda la comarca goza del encanto de sus gente, de ese cariño tan gallego y de esa hospitalidad que caracteriza a toda la región. Y los precios.

Ejemplos como estos los hay a patadas, no solo en rutas sino en paisajes, monumentos y cualquier otra cosa sometida al dictado de la publicidad y que tenga que ver con el turismo. Lo que recomiendo es que no hagas ni caso a este artículo y vayas a ver por ti mismo esos sitios emblemáticos para comprobar con tus ojos si responden a las expectativas que te creaste.

Ruta por pueblos abandonados

Viajar en moto tiene, muchas veces, un extraño componente de exploración. Da igual que el lugar aparezca en los mapas o que sea conocido por multitudes, al acercarnos a él conduciendo una motocicleta se multiplica el efecto “descubrimiento”. Quizá sea por las “sensación” que proporciona desplazarse en moto, por una tara en las cabezas de quienes las conducen o por el efecto “aventura” que parece estar tan de moda.

Uno de los atractivos de viajar en moto y que parecen no compartir la mayoría de los que lo hacen en coche es el viajar sin rumbo. A pesar de ser una frase manida, no es por ello menos cierto que el destino no sea lo importante sino el mismo hecho de llegar a él. Si es que hay un destino certero. De esas salidas con rumbo incierto me quedo con las que discurren por lo decrépito, lo abandonado y lo que está en desuso. Fábricas oxidadas en el fin de sus días, edificios abandonados y pueblos anónimos que, desabitados y condenados al ostracismo, son solo un recuerto triste de lo que fueron. Pasear por calles desiertas, escuchar el silencio y disfrutar de esa soledad melancólica que tienen los pueblos abandonados es un placer extraño. Uno no puede sustraerse a la evocación de tiempos pasados en lo que  las risas de los niños y las tareas del campo eran la estampa común. Acuden a nuestra mente las fiestas del pueblo en los años cuarenta, con un acordeonista quizá, las miserias propias de la vecindad impuesta  y la dureza de la vida en cada uno de estos rincones que hoy yacen, indolentes, esperando que el tiempo los borre por completo.

Todo lo que el hombre construye está destinado a desaparecer. Es el sino de todo lo que hacemos, de todo lo que construimos y de todo lo que somos. No sirve como consuelo pero, desde que lo tengo presente en todos mis actos, siento menos angustia por las aldeas que se despueblan y las casas que se caen. Cada piedra que se pone sobre otra piedra está destinada a caerse y todos los objetos tienen fecha de caducidad. Nada es eterno. Ni las paredes que delimitan campos, ni los establos de los bueyes que los aran, ni las viviendas donde habitan sus dueños. Todo deviene en desintegración, migrando hacia su propio origen.

Hoy, el día más triste del año, el “blue monday”, es una buena ocasión para darse un paseo por uno de esos pueblos abandonados, para escuchar los ecos de aquellas risas que una vez fueron, para percibir el llanto amargo del abandono, para dejarse inundar por el estrepitoso silencio de las campanas de la torre, para reflexionar sobre nuestra propia existencia. Todo muta, toda cambia, todo se transforma y todo lo que existe tiende a volver a su estado primitivo.

Súbete a la moto, escoge un pueblo abandonado, de esos que ya no tienen dueño, y traza una buena ruta hasta él. Allí, siéntate sobre uno de los muros medianeros, toca las piedras y dedica un buen rato a tus cosas. No hay mejor modo de relativizar una vida que pararse a pensar en lo efímero de la existencia.

Para facilitarte la tarea puedes consultar cualquiera de estos mapas de pueblos abandonados. El primero de ellos se refiere a Galicia, en el que figuran entidades de población de menos de dos habitantes. Quizá alguno de ellos tenga una enseñanza importante que ofrecerte. Lo ha elaborado Carlos Neira, analista y consultor estadístico gallego y lo tiene publicado en su blog, Hibernia

En el segundo, realizado por Pueblos Abandonados, está referido a todo España y en él figuran los pueblos en los que no vive nadie.

 

La ruta de los puticlubs

Irse de puticlubs es una afición muy española. De hecho, el mayor puticlub de Europa está en España, El Paradise de La Jonquera. Cierto es que lo frecuentan ciudadanos de muchas nacionalidades, pero está en España. Los burdeles de más renombre suelen estar siempre en la carretera. Un descanso a media noche, una ración de amor de transacción o un copazo a precio de oro, pueden servir para reafirmar la autoestima de cualquier hombre que se precie de tal (aunque nunca folle gratis). Al estar los burdeles en la carretera y ser esta una página de viajes parecía cuestión de tiempo que nos fuéramos de puticlubs, más que nada por una cuestión cultural.

Para esta peculiar ruta no hacen falta grandes alforjas ni una abultada billetera. Vamos a verla:

Salimos de Oviedo por la antigua N-634 en dirección al Occidente de Asturias, una zona que parece quedar relegada al olvido y el despoblamiento sumida, como está, en el más absoluto ostracismo. Pero no nos liemos con sentimentalismos, que nos vamos de puticlubs y aquí no tienen cabida las ñoñerías de adolescente. Decía, pues, que rodamos hacia el Oeste con la mirada puesta en un horizonte de campos abandonados y hombres octogenarios que ven como la vida… Maldición! Habíamos quedado en que nada de sentimentalismos.

Volvamos a empezar.

Dejamos atrás Oviedo y su pausada vorágine (ya estamos!) y enfilamos nuestro aparato hacia Grao con intención de subir La Cabruñana y parar en el primero de los puticlubs. La Cabruñana es un minipuerto que hace algunos años estaba muy frecuentado por los moteros más racing del centro de Asturias. Desde aquí subían La Espina y bajada hacia Luarca, en vertiginoso descenso, entre curvas húmedas de castaño y abedul. Ahora la carretera ha pasado de moda en favor de otras con mejor asfalto. Nosotros vamos graocon pausa, disfrutando de cada curva lenta y deseando llegar al primero de los putis. La sed aprieta y un “destornillador” a media tarde tiene que entrar como dios. (No se pretende aquí hacer apología del alcohol mientras se conduce, léase como una licencia literaria de mal gusto)

Se llama Tachyra. En Grandas hubo un tostadero de café que venía de Táchira, Venezuela, pero sus importaciones se vieron truncadas por imposición del gobierno chavista y la empresa tuvo que cerrar. No encuentro la relación entre el nombre del establecimiento y Venezuela, a no ser que las putas sean venezolanas. Está cerrado. Quizá hayan tenido problemas con la importación ilegal de mano de obra o algo así. Elucubraciones porque no tengo ni idea. Hay una verja de hierro en la puerta y no parece que haya habido actividad en los últimos años.

Seguimos ascendiendo La Cabruñana en solitario. Desde que se inauguró la autovía A-63 es un gusto hacer este tramo sin tráfico. Antes, en los tiempos de viaje en ALSA y olor a vomitona, esto era un suplicio: una subida tediosa, en caravana detrás de algún camión indolente, y con apenas cien metros para adelantar. Incluso en moto se hacía pesado. Ahora, en cambio, se disfrutan las curvas y se puede rodar de forma pausada por iniciativa propia.Pilotuerto

Hace ya un rato que tomamos la AS-15, el Corredor del Narcea. Otra de las carreteras de moda entre los motoristas de la prisa. Ahora nos están quitando la prisa a todos a base de radar, hasta cinco han llegado a esconderse en este tramo de apenas sesenta kilómetros. A mi no me ha tocado nunca, pero seguro que me tocará pagar, como a todo el mundo. Posamos nuestro pie en en Embalse de Pilotuerto, un apacible rincón en el que se pueden observar aves acuáticas y pájaros de cuidado. El primer puticlub, El Nido de Oro, no es más que cuatro paredes que se vienen abajo. Se quemó en los años ochenta dos veces. Nadie ha sabido decirme el motivo así que, de nuevo, pongo la imaginación a funcionar y pienso en fraudes al seguro, venganzas entre mafiosos y cosas por el estilo. Separado por 10 o 20 metros hay otro club. Este está a pleno rendimiento pero es temprano y aún no se observa actividad. Es una casucha con tejado de uralita y puerta de aluminio. Las sábanas tendidas se secan al sol de la tarde con el marco incomparable del embalse de fondo. Parecen muy limpias y son de color rosa. Supongo que, una vez en la cama el color es lo de menos.

El BambaDejamos atrás el embalse y seguimos circulando paralelos al río Narcea. Los alisos aún son ajenos a la llegada del otoño y lucen un verde intenso que se resiste a cambiar de tono. En Purtiecha tomamos un desvío a la derecha, hacia Onón. Dos kilómetros de carretera rizada y llegamos a otro antro de vicio, El Bamba. La maleza y los castaños lo están cercando por la zona alta y el aparcamiento va menguando, agobiado por hierba alta y zarzas. Las persianas están rotas y la puerta principal, otrora tapiada de ladrillos, ha sido reventada por los cazadores de cobre y plomo hace años. Aparco la moto al lado de la carretera y me interno en el bar. A la derecha, la barra de formica descansa de cervezas y cubalibres bajo la escayola desconchada.. Aquí hace años que ya nadie toma nada. “Follar 10.000. Al kontado”. Me lo anuncia una pintada al fondo del bar.

Subo al piso de arriba por una escalera de medio metro de ancho en la que no se pueden cruzar dos personas y, aún menos, subir “de ganchete”. En realidad ignoro si está de moda subir “de ganchete” al piso de arriba con una prostituta pero aquí no sería posible. Las puertas de las habitaciones están reventadas y no hay posibilidad de intimidad. Aún quedan algunas perchas espartanas colgadas de las paredes y una ducha llena de mierda y escombro. No hay agua corriente así que el estado de la ducha no tiene demasiada importancia. No hay camas, no hay muebles, no hay enseres… Esto está, definitivamente, abandonado.

En la gasolinera de Tebongo me informan que El Bamba cerró allá por el año 1986. Cuando pregunto por el volumen de negocio, uno de los operarios arquea las cejas y con los ojos entornados resopla rememorando viejos tiempos. “Un ambiente de la hostia!”. De bote en bote. En los buenos tiempos de la minería en Cangas del Narcea este era uno de los principales antros de diversión y vicio. Putas, porros, farlopa… Ambiente selecto y sueldos de trescientas o cuatrocientas mil pesetas. Aquellos personajes, la mayoría, ya no son ni una sombra de lo que eran. Igual que el local. Igual que la comarca.

Unos kilómetros más allá, El Búho, antes llamado El Amazonas, un caserío asturiano de toda la vida reconvertido, por segunda vez, en club de alterne. Dispone de hórreo y seto de aligustres para aparcar el vehículo con cierta intimidad. A mi me da un poco de repelús. Me imagino tomando algo dentro del local y pensando en qué opinaría la señora de la casa. Los abuelos ya no estarán pero quizá quede una parte de su espíritu escondido entre las vigas, o en el váter, o debajo del hórreo. No quiero correr riesgos. Seguro que me sienta mal el “destornillador“. Un burdel tiene que tener aspecto de burdel y este parece una casa de labradores pintada de rojo oscuro.

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Con este panorama y ansias de cubalibre de los de toda la vida, abandono el Corredor del Narcea y enfilo la rueda delantera hacia Lugo. Su afamado “Barrio de las Putas” y la N-6 tienen que ser un destino pluscuamperfecto para este tipo de actividades.

 

No habrá Pingüinos 2016

PingüinosMariano Parellada, presidente de Turismoto ha dicho que son conscientes “de los esfuerzos realizados desde el Ayuntamiento para encontrar una sede que nos pudiera satisfacer y convertirse en definitiva” pero que los socios rechazaron las parcelas propuestas. Según la organización ninguna de las parcelas que se propusieron, tanto por parte del Ayuntamiento como por parte de Ecologistas en Acción, reunían las condiciones adecuadas para celebrar el evento.

Así las cosas en 2016 no habrá Concentración Internacional Invernal Pingüinos y las siguientes ediciones también están en el aire. Según Parellada no van a buscar una nueva ubicación para Pingüinos, “ni ahora ni en el futuro”: si el Ayuntamiento encuentra una parcela adecuada se brindan a organizar la concentración en 2017, en caso contrario no organizarán nada.

En su intervención del lunes día 21 de septiembre de 2015 en el Ayuntamiento de Valladolid, Mariano Parellada ha criticado, de forma velada, a Ecologistas en Acción para terminar afirmando “que la solución pasa por desproteger o la permuta de protección de la zona de pinar necesario para la acampada por otra”, aunque ha reconocido que es una opción difícil.

Según palabras del Alcalde de Valladolid, Óscar Puente, desde el Consistorio estarían dispuestos a que la Concentración se celebrase en la parcela del Pinar de Antequera, asumiendo los riesgos de una denuncia por parte de Ecologistas en Ación, riesgos a los que los socios de Turismoto se negaron en redondo.

Pingüinos: o en Valladolid o en ningún lado.

Parellada ha dejado muy claro que la Concentración Internacional Invernal Pingüinos se celebrará, si es que vuelve a organizarse, en Valladolid y ha zanjado cualquier especulación en este sentido:  “Para acallar a todos aquellos que esgrimen argumentaciones contrarias a las expresadas, el Club Turismoto quiere dejar claro que no organizará Pingüinos en otra localidad” 

Fuente: Noticias de Castilla y León, El Norte de Castilla

Reflexiones personales.

Al margen de los daños que se puedan producir o no en el famoso pinar, éste goza de protección ambiental. Las cosas hay que pensarlas antes y si hace más de seis años, con la primera denuncia de Ecologistas en Acción, se hubiese pensado en una ubicación alternativa quizá ahora no estaríamos inmersos en estos lodos. Un juez ha dicho que allí no se puede hacer entonces… ¿a qué viene tanto marear la perdíz con la misma parcela? Han recurrido la decisión y han perdido ¿merece la pena seguir empecinados en celebrar la Concentración en un espacio protegido?

En cuanto a la “desprotección” del pinar no parece que el Ayuntamiento vaya a solicitar que se levante la protección ambiental, no sólo porque sería una medida bastante impopular sino porque Ecologistas en Acción iniciaría una campaña de acoso mediático de gran calibre. Por otra parte, hay que recordar que fue el propio Ayuntamiento quien promovió la protección ambiental de toda la zona por considerar que esta es el “pulmón verde” de Valladolid. Aún más, ¿qué dirían los habitantes de la ciudad a los que ni les gustan las motos, ni ganan nada con el evento?  Me imagino las reacciones al titular: “Se levanta la protección ambiental de una zona para celebrar una concentración de motos”…

Corolario

Turismoto es dueño de Pingüinos y si no quieren sacar la concentración de Valladolid están en su derecho. Si no hay parcela adecuada en la ciudad tendrá que desaparecer la concentración. No hay nada que objetar y nada que añadir.

En kilómetro lanzado

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A Juan le gusta viajar conmigo, de eso no hay duda. A mi me gusta viajar con Juan, de eso no hay duda. Por eso cuando nos vimos acampados, al atardecer, en una cañada real no parecíamos darle demasiada importancia, era una situación cotidiana. Pero el calor de la tarde y el sol cayéndose por el precipicio del horizonte decían lo contrario. El cielo rojo allí al fondo, colándose entre viejos alcornoques parecía susurrar que no estábamos en la cotidianidad mundana. Y bajo ellos, nuestro adusto campamento se empeñaba en insinuar que la languidez de la tarde traía consigo una quietud especial en los aledaños de Monfragüe.

Con la segunda botella de vino nuestro ánimo sufrió una regresión y nos sentimos igual que dos adolescentes recién extirpados de una grey de boy-scouts.  Después, con la psicotropía, cayeron la petaca de whisky y la de ron, y la conversación fue rotando y moviéndose en una espiral cambiante hasta que, rendidos y borrachos, decidimos poner en horizontal nuestro recién adquirido estado de semi-inconsciencia.

campamento

Al día siguiente, con la boca pastosa y eructando ibuprofeno,  negociamos curvas solitarias en la antigua nacional en dirección Sevilla. La carretera me traía recuerdos constantes de los primeros viajes largos por la Vía de la Plata, recuerdos de calor, de vaharadas del humo negro de los camiones, de tráfico intenso y sensación de lejanía. Es curioso como, con el tiempo, los destinos son cada vez más cercanos y lo que antes era un viaje de dos días de moto ahora se puede solventar en unas pocas horas. Las distancias son tan cortas que ya no nos impresiona una “aventura” de alguien que se va a los confines de Mongolia porque ya cualquier lugar nos parece cercano. El mundo se ha empequeñecido de tal modo en los últimos 20 años que da la impresión de que todo está al alcance de la mano; lo único que se necesita es tiempo.

Nosotros teníamos tiempo. Disponíamos de la inmediatez de los próximos instantes y estábamos resueltos a exprimirlos hasta extraer la última gota.

Me quede mirando un accidente  al lado de la carretera. Un coche, con las ruedas hacia el cielo y varios cuerpos tendidos en el suelo tapados con sábanas blancas. Un guardia civil me salió al paso con grandes aspavientos y me dio el alto. Me detuve a dos metros de aquel hombre vociferante. “Seis puntitos”, dijo con tono autoritario. “Seis puntitos por no detenerse”. Me deshice, humillado, en mil disculpas mientras pensaba que no me había saltado el control, que estaba parado aguantando una bronca considerable. Recuerdo a alguien que contaba que, en uno de estos encuentros con la Guardia Civil, les espetó “o multa o bronca, las dos cosas no”

Seis Puntitos.

Juan me dijo por el intercomunicador que había “sacos de muerto” en el lugar del accidente y se me quedó mal cuerpo durante un buen rato. Hasta que comenzamos a hacer bromas con Seis Puntitos. Tan marcial él y tan autoritario. Seis Puntitos. Durante todo el fin de semana Seis Puntitos consiguió cierto protagonismo.

Seguro que Seis Puntitos no tenía un día tan radiante como el nuestro, con tanta carretera para recorrer y con tantos instantes enormes para exprimirlos uno a uno.

Después de unas cuantas decenas de kilómetros exquisitos y solitarios nos detuvimos en Cancho Roano, un complejo tartésico que Juan quería conocer. Cada vez soy menos dado a este tipo de paradas culturales porque, a pesar de que tengo cierto interés por la Historia, lo único que consigo con estas visitas es tener una visión sesgada y parcial. Además se me suele olvidar todo lo aprendido con tremenda facilidad. Por ejemplo ahora solo recuerdo que el complejo solo tiene de Tartessos los restos de un altar, lo demás es muy posterior, en torno al año 550. a.C. Se trata de una especie de templo en el que se realizaban sacrificios rituales cuyas funciones no parecen estar muy claras. A mi tampoco me quedó muy claro el asunto.

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En Sevilla decidí, ya que comandaba la expedición, tomar la carretera nacional a Utrera y Cádiz pero la animada charla que veníamos menteniendo a través de los intercomunicadores “chinos” me despistó y faltó poco para terminar en Ronda. Todo ello para desesperación de Dani que nos esperaba en el Puerto de Santa María.

Conocí a Dani hace algún tiempo en el Camino de Santiago. Quiero decir que él estaba haciendo el Camino de Santiago y yo estaba en un bar tocando la gaita y tomando vino como si no hubiera un mañana. Venía huyendo de fantasmas del pasado y el vino y la gaita suelen ser un bálsamo recomendado cuando uno trata de enfrentarse a ciertos miedos. El Camino también ayuda, claro.

Dani nos guió hasta la sede el Gibraltar MC, en suelo inglés, volando bajo por la Autovía del Mediterráno.

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A pesar de tener cierta relación afectiva con miembros de algún MC, nunca había estado en ninguna sede oficial. Como mucho, comidas de fraternidad diluidas en alcohol y drogas, nada del otro jueves. Al entrar en la suntuosa sede de los Gibraltar MC me quedé estupefacto. Un edificio enorme, con videovigilancia, con Harleys sacadas de algún catálogo de Arlen Ness y con un ambiente de fraternidad que me entusiasmó desde el primer momento.

Juan andaba un poco con el “pie cambiado” al tener un total desconocimiento de la forma de funcionar de los MC y casi todo le sonaba a chino. Al final de la noche, después de algunos apuntes furtivos, de advertencias y de ilustración, ya importaba poco quién era quién. Otra jornada que finalizaba con terrible ingesta alcohólica y con sustancias cuyo estátus legal en el Reino Unido seguramente será similar al de España. Estábamos en kilómetro lanzado.

Dormir entre Harleys, con olor a aceite y a gasolina, encajado entre carburadores y bloques de motor es un raro placer para un motero, una especie de pernocta en el templo. Ya hace años que dejé de usar motos custom pero aún siento un irresistible atractivo por las horquillas lanzadas y los depósitos de lágrima.

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A las diez y media de la mañana odié con toda mi alma al Búfalo y toda su estampa. Necesitaba unas horas más de sueño y, sobre todo, tiempo. Necesitaba tiempo para mi, para poder abominar en toda su amplitud los tragos largos del día anterior y el resto de cosas malas. Y necesitaba más tiempo para llegar al puerto de Algeciras a la hora convenida. Pero tiempo es lo que no teníamos. Le di una patada a Juan para despertarlo y que cargase con parte de mis culpas y nos pusimos en marcha después de despedirnos de Dany y Shane, que también habían pernoctado en el garaje.

 Llegamos tarde a la recepción pero tuvimos tiempo de abrazar a Fernando. Después de eso me mantuve en un discreto segundo plano durante toda la mañana: el ánimo había quedado diluido en los Seven-up-con-algo-más la noche anterior y ni siquiera El Búfalo iba a poder animarme. Mi presencia allí me parecía un error y lo único que deseaba era meter la cabeza en un cubo de agua fría hasta los límites de la consciencia. O más allá.

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Un ibuprofeno con arginina y un par de horas de siesta en el camping de Conil me hicieron volver a la vida y antes de que pudiera darme cuenta estaba tomando vinos en el Palo Palo (como si no hubiera un mañana, ya se sabe). Después llegó Fernando, e Ismael, Antonio y Charly Sinewan, y Pedro y las chicas pasaban por delante de la terraza con tanto donaire que uno no podía menos que sentirse afortunado de estar allí compartiendo velada y risas.

A las seis o siete de la mañana caí en la cuenta de que se nos había olvidado cenar pero ya era tarde para esos menesteres.

Tres o cuatro horas más tarde rodábamos penosamente en dirección Norte. Nos sumergimos en la autovía como quien se zambulle en un túnel del tiempo y dejamos que los kilómetros se deslizaran bajos las ruedas sin pena ni gloria. los efectos depresivos del alcohol hacían mella en mi ánimo y lo único que deseaba era que el día pasara lo más rápido posible.

Por la tarde mi estado se fue serenando y encendimos los intercomunicadores de nuevo. Todo parecía indicar que me había reconciliado con el mundo, con la moto, con la carretera. Por momentos podía percibir que todo estaba en su sitio. Incluso la tormenta que nos sorprendió antes de llegar a Salamanca parecía estar descargando en el lugar correcto: sobre nuestras cabezas.

A juzgar por su cara suplicante, Juan no parecía estar dispuesto a pasar una noche más durmiendo sobre la colchoneta así que resolvimos dormir en un hotel. Mis preferencias en este sentido son claras: si hay posibilidades de dormir gratis prefiero destinar el presupuesto a otras necesidades pero los dos estábamos cansados después de una noche que se hizo corta.

En Salamanca había fiesta. La gente se paseaba con la sonrisa de un festivo por la tarde y las chicas endomingadas paseaban sus encantos al calor de la tarde. El recepcionista nos dijo que en las casetas de la calle podríamos tomar un vino y el “pincho de feria” por dos euros así que, haciendo de tripas corazón, comenzamos otra jornada vespertina en pos de la exaltación de la amistad. Desfilaron ante nosotros brochetas, secretos a voces, rollitos… todos y cada uno con su correspondiente vino.

Y exaltamos la amistad.

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Tardes parsimoniosas

Una tarde de esas, de cuando el otoño comienza a llamar a la puerta y los días parece que se elongan con pereza hasta lo indecible. Una tarde de curvas lentas y paisajes verdes. Una tarde de atmósfera límpida y discurrir pausado.

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Y curvas que se suceden despacio, como si quisieran prolongar el tiempo hasta casi detenerlo y dejarnos parados en instantes eternos. Allí, al fondo, montañas altísimas que nos empequeñecen cada vez más, dejándonos clavados en estos desfiladeros del Río Trubia. Recuerdo la primera vez que pasé por aquí. Eran mis primeros viajes en moto y me sentía sobrecogido por la voluptuosidad de los montes cargados de hayas, por la carretera que serpenteaba encajonada entre el río y las paredes de caliza inmaculada, por la agradable sensación de juventud y nulas responsabilidades. Hoy, con aquellas sensaciones mucho más apaciguadas, las imágenes pasadas acuden en tropel y, aunque la carretera ya no es la misma ni yo tampoco soy el mismo, me veo asaltado por la nitidez de los recuerdos.

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Ascendemos el Puerto de Ventana entre hayedos mientras el frío va en aumento. Es el preludio del final de verano que, de tan lejano parece una ilusión que se pierde en el tiempo. Ya no queda nada de las olas de calor sucesivas, de las fiestas etílicas y los paisajes cambiantes. Viajes pretéritos que rumbean en la memoria.

Entramos en León, -sin Castilla, claro-, y desde Torrestío la carretera se convierte en una pista de tierra castigada por las últimas tormentas. Elena entra en modo tensión extrema y antes de cada curva le prometo que la cima está a un paso. Y está. La Farrapona nos recibe con una brisa gélida y desagradable, ni siquiera nos bajamos de la moto. A nuestra izquierda la mina de hierro Santa Rita, cuyas heridas en la montaña llevan cicatrizando desde el año 1978.

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Somiedo

Descendemos todo el Valle de Saliencia hasta su confluencia con el río Somiedo con parsimonia. Antes nos detenemos unos instantes en un monumento atípico. Alguna mente preclara decidió, hace unos años, que el Valle de Saliencia no era bastante bello en si mismo y era necesario dotarlo de una escultura moderna. El resultado es algo parecido a un desguace a un costado de la ruta.

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Las hojas amarillas de los cerezos caen con un estrepitoso silencio ante nosotros. El otoño no puede esperar más en la carretera más hermosa del mundo.