Y me hice un Regalo Triste

Empujo la moto calle abajo. Hoy se ha negado a arrancar. Y no es la primera vez. La batería está a punto de fenecer y el cargador del GPS se ha quedado en “on” desde hace quince días. O más.

Arranca con un desagradable gemido.

La misma carretera, los mismos paisajes, las mismas montañas una y otra vez recorridas. Y, sin embargo, no cejo en mi empeño de descubrir algo nuevo. Una mirada nueva es suficiente para, de soslayo, toparse con la nueva cara de lo cotidiano.

 

Han puesto un cartel de “se vende” en una de las casas que bordean la carretera. Es un caserón de piedra con ventanas pequeñas. No tiene ningún atractivo. Es uno de los sitios que jamás escogería para vivir. Situada a ochocientos metros de altitud tiene el dudoso privilegio de disfrutar, durante todo el año, de los cuatro vientos. He pasado por aquí cientos de veces. Recuerdo cuando aún estaba habitada, hace diez o quince años. He asistido a su deterioro, a su restauración, a su pintado y al repintado. Recuerdo también una señora siempre vestida de negro. Enjuta y doblada sobre si misma en un desesperado intento por desaparecer. Borrarse. Recuerdo a su marido con camisa blanca y pantalón gris, con sombrero de paja. Ambos pululaban alrededor de la casa atareados en labores del campo. Ora leña, ora hierba, ora patatas. En cada estación una nueva tarea que era la misma de siempre.

Una de las paredes comenzó a abombarse hace veinte años. Todas las semanas me fijaba en ello. Siempre temí que, un día, la pared se caería y encontrarían a la señora en medio de la carretera. A él no. Estaría solo ella, despanzurrada, con su cara gris cubierta de polvo marrón de la argamasa seca. Habría un precario cordón policial y su marido estaría sentado en la escalera con la cabeza entre las manos. Mucho trajín.

Nada de aquello pasó nunca. Un día llegaron unos obreros y le quitaron la barriga a la pared. Era un poco obsceno todo aquello. La piedra a la vista, el interior de los muros mostrándose al mundo y una parte de la habitación que se podía ver desde la carretera. A veces tenía que apartar la mirada.

 

Pero hoy, al pasar con la moto a toda leche por la carretera nueva, he visto el cartel. Se Vende. Y lo primero que he pensado es que nadie la comprará. Nadie deseará venir a vivir a este sitio inhóspito y aburrido, al lado de la carretera nueva por la que los coches pasan zumbando. Seguiré pasando por aquí cada dos por tres y el cartel se irá deteriorando. Primero perderá un poco de color y el naranja vivo pasará a un marrón desvaído. Luego se borrará el número de teléfono. Y a nadie le importará porque no habrá ningún comprador. Por último el cartel quedará colgando de una de sus esquinas esperando que cualquiera de los cuatro vientos se lo lleve para siempre, al igual que se ha llevado a sus moradores.

 

Y todo esto se me va pasando por la cabeza en unos instantes mientras negocio curvas esperando a la lluvia. Estoy deseando que llueva. Quiero sentir las gotas de agua golpeando contra la pantalla del casco, deslizándose, histéricas, en el parabrisas de la moto. Y quiero que sea una lluvia violenta. Que forme charcos y ríos en medio de la carretera.

En la gasolinera estamos a siete grados. Corre una brisa gélida y desagradable. El pueblo está vacío. Muerto. Hoy es el Día del Trabajo y todo el mundo descansa. Menos yo que me estoy trabajando esta ruta.

 

Y no llueve.

 

Otro pueblo muerto. Me asomo en un bar sin bajarme de la moto, ni siquiera echo el pié a tierra. Da miedo este Occidente de Asturias descolorido de puro verde. Un verde melancólico que languidece y se muere en silencio. Su fuerza humana, su tesón, su dureza han quedado diluidos en un mundo para el que no estaban hechos. Los Oscos. Grandas. Pesoz. Illano. Allande. Nombres que ni siquiera dicen nada a sus últimos moradores. Languidecer y morir. Perecer engullidos por el matorral y quedarse prendidos por una esquina hasta que un soplo de viento los arrastre de forma definitiva. El “nordés”. O el “aire de las castañas”. O ese sur que vuelve loca a la mitad de la población.

 

Y sigue sin llover.

 

En el Puerto del Palo adelanto a varios coches del éxodo. El puente ha terminado y el regreso al hogar se impone. Esto no es un hogar. Ahora ya no. Ahora es un lugar frío y desolado, un vivero de parques eólicos y líneas de alta tensión que han traído el progreso. Paso por pueblos con calles nuevas, con farolas de fundición de estilo isabelino. Con aceras pretenciosas por las que nadie pasea.

Un señor bajito, de bigote, me dedica una mirada aburrida. Le importamos un carajo mi moto y yo. 

Adelanto más coches. Todos van en la misma dirección, al Este. El Oeste siempre ha sido lejano.

Con Juan me tomo un café y, juntos, dejamos volar la imaginación sobre los mapas. Nuestros ojos siguen carreteras, atraviesan países en un suspiro. Nos imaginamos a nosotros mismos sobre nuestras motos recorriendo lugares. Hablamos de los lugares visitados. Mapas. Otro cigarro.

 

Y vuelvo a pasar el Puerto del Palo al caer la tarde. Y me regalo una foto de mi moto.

 

Llueve y las gotas golpean el casco.

 

 

 

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