riders

Pues sí, estuve en la BMW Riders, conocida oficialmente como BMW Motorrad Days. Y no me he convertido en un acólito. Creo, más bien, que han conseguido el efecto contrario.

Me gustan las BMW, desde siempre. Lo he dicho muchas veces y no me importa volver a hacerlo: la rotundidad de formas y la masiva presencia de una Adventure, con sus maletas y con sus cachivaches, no tiene rival. La imagen de marca y la potente iconografía de la casa alemana es algo cautivador. Todo ello, por supuesto, al margen de los precios escandalosos y la dudosa fiabilidad de las máquinas, de la que se habla una y otra vez.

Me gustan, digo, pero después de pasar por la Riders parece que me gustan menos. No sé si será por haber visto tantas juntas, miles, o por la pobre imagen que me llevé de un evento del que esperaba mucho más. Puede que mi problema venga de ahí, de esperar mucho más de una reunión que está pensada, a tenor de lo visto, para propietarios de BMW y fans irredentos.

Mención aparte merecen los precios de los «establecimientos de hostelería» del interior del recinto. Cubatas a 8€, cañas a 2,60€ o hamburguesas a 9€ nos dan una idea de por dónde iban los tiros. Eso sí, a última hora del sábado tuvieron que hacer una revisión a la baja de la política de precios porque la gente, aunque tenga una BMW, no es tonta.

¿Lo mejor de los BMW Days?

La conferencia de Charly Sinewan que emocionó a todos y que demostró que una persona sencilla, tranquila y sensible es el mejor embajador que podemos tener los que viajamos en moto, los «riders», vaya. Alternó charla y vídeo con mucha maestría y no se le notó que, unos minutos antes, estaba nervioso como un flan. Nos contó de su viaje a Madagasar y supo incorporar la dosis correcta de humor, la de ternura y la de aventura. Sin olvidarse de la faceta humana, de la gente que se encuentra que es el marchamo oficial de este viajero.
Los aplausos que cosechó Charly Sinewan son los mismos que cosechó Carlos García Portal. Eso, en estos tiempos de marca personal, de imagen y de imposturas, es digno de alabanza.

Al margen de los eventos organizados fue un enorme placer desvirtualizar a amigos de esta casa y del podcast. Una verdadera sorpresa que alguien te reconozca por la voz y un placer egocéntrico que alguien te diga que se lee todo lo que escribes. Sientes una mezcla de sensaciones que van, como locas, desde el orgullo a la vergüenza.
Y estar con amigos. Por encima de todo volver a sentir cerca a todos esos que solo ves de vez en cuando pero que, cuando aparecen, saltan chispas en cada abrazo.

Es verdad que tardé una semana en llegar a Formigal desde que salí de casa pero eso es harina de otro costal y, a pesar de ser el viaje de ida, nada tiene que ver con temas de «riders».