A Pamplona Costeando

Que enorme placer ponerse de nuevo en marcha aunque sea como en este caso, haciendo el equipaje en unos escasos veinte minutos, para salir a recorrer un pedazo de geografía.Salimos de Grandas a media mañana, después de varios tiras y aflojas con Elena, mi mujer, que no estaba muy convencida de realizar el viaje. De hecho, hasta media hora antes de salir estuvo dudando y dándole vueltas al asunto por cuestiones que no vienen al caso. 
Sea como fuere, cuando quise darme cuenta estábamos rodando en dirección Norte, hacia la costa, con el tiempo justo de llegar al taller y cambiar el neumático trasero que comenzaba a mostrar signos de una muerte más que evidente. Después de sobrevivir a su paso por el Sáhara Occidental y alguna que otra aventura no relatada, (incluidos varios cientos de kilómetros con presión baja), hacía días que se había despedido de mi agradeciendo, quizá, el hecho de haberlo llevado tan lejos sin un maltrato excesivo
.En el taller me di cuenta de que el Sr.Michelín se había muerto en los escasos setenta kilómetros que los separaban de su hogar en el bajo de casa de modo que lo único que quedaba de su, otrora perfecto, perfil eran unos alambres que sobresalían, un esqueleto descarnado cuyo cuerpo dio todo lo que podía dar y un poco más. 
 
Me sorprendió verlo en ese estado porque no me imaginaba que sus quejas en carretera en forma de sospechosos vaivenes y ligeros derrapajes, fueran un sinónimo de una más que perentoria sustitución. Al tocar con el pulgar la carcasa, débil yfina como un cartón de embalaje, me asusté por haber viajado en esa situación y, como de costumbre, volví a maldecir mi falta de previsión. Es una vieja cantinela a la que casi con seguridad estoy acostumbrado porque, por mucho que maldiga y me lamente, sé que volverá a ocurrir a la primera oportunidad que se presente. Cosas del carácter, supongo.
El nuevo neumático, que venía sujeto con un pulpo en el top-case, hacía que Elena se me echase encima y, lo que es peor, su comodidad en marcha se viese, digamos, bastante comprometida. Pero cuando el Sr.Metzeller se hubo acomodado en su nueva ubicación, agarrado al asfalto, lamiendo el mundo con cada vuelta, cuando fue consciente deque sus costados acariciaban cada curva con parsimoniosa tranquilidad, nos olvidamos de incomodidades y de peligros para volver a la ruta disfrutando de las antiguas nacionales.
 
Siempre que circulo paralelo a una autopista siento una gran reverencia por los ingenieros que las diseñan y los obreros que las construyen.Adoro las autovías. Amo las vías rápidas y, en general, todas aquellas carreteras que libren de tráfico a los viales que sustituyen. Cuantas más autopistas, más sitio libre para circular con la moto por las recónditas nacionales que en otro tiempo se hallaban atestadas de vehículos.Circular así por la antigua N-634, paralelos a la escarpada costa cantábrica tiene un no se qué de pecaminoso, de placer íntimo y recoleto que eriza el vello. La carretera va desarrollando un curioso juego con la autopista que discurre, enorme y marcial por encima de nuestras cabezas o a nuestro lado. Ahora se aleja, ahora se acerca, ahora pasa por encima… un aburla constante que la humilde Nacional, antaño orgullosa de su trazado, le inflinge a la poderosa infraestructura viaria,regocijándose en su propia voluptuosidad.Y así, jugando con la autovía, nos vimos inmersos en ella al llegar a Gijón. Al fin y al cabo el paso por las ciudades a través de una nacional sigue siendo un coñazo y pierden toda su gracia. Las ciudades y los pueblos no son más que un estorbo en el plácido discurrir de la carretera lo cual, ya lo sé, no es más que una pura contradicción. Los caminos están construidos por el hombre para comunicar poblaciones pero, aún así, aún sueño con la carretera eterna, esa que circunde el globo,o el planeta, o el universo sin solución de continuidad. Nada que interrumpa una única existencia sobre la moto disfrutando de curvas perfectas.
 
 
 
 
Pronto volvimos a los trazados viejos y a la sorpresa de la costa occidental de Cantabria donde se alternan prados y arboleda que se acercan al Cantábrico para aspirar sus perfumes. Para nosotros fue una sorpresa inesperada porque, hasta la fecha, siempre habíamos pasado, al menos en mi caso, por rutas más alejadas de la costa, perdiendo de admirar estos paisajes. 
Es una zona muy turística; al menos eso se deduce dela ingente cantidad de mesones, restaurantes y posadas que hay a lo largo de la carretera. Sin embargo, a estas alturas de año, cuando la primavera aún se está desperezando, las hordas de “veraneantes”no han hecho su aparición y el camino se puede hacer con la tranquilidad de tener la carretera para uno solo. Recalamos en Comillas donde, al cabo de un rato, mi chiste fácil de vivir“entre comillas” dejó de tener gracia, aunque no por eso dejé de insistir. 
 
 
 
 
 
 
Las calles solitarias, los restaurantes vacíos, la ausencia de transeúntes nos dejaba bien claro que el momento álgido de la villa todavía estaba lejano. El enorme aparcamiento de la zona del puerto estaba desierto. Tan solo una Kawasaki Tengai y un par de coches suspiraban aburridos al caer la tarde. Tienen un algo de melancólico los pueblos turísticos fuera de temporada aunque n osabría decir si me gusta o no. Es como un ambiente decadente y solitario en el que parece retumbar la algarabía de los meses de verano. Son ecos fantasmales de las interminables noches de agosto,de fiesta, de bullicio…
 
 
 
Los precios, a pesar de estar en temporada baja, siguen siendo altos as que, a la mañana siguiente le pagamos a la señora de la pensión e lcorrespondiente impuesto revolucionario y continuamos nuestra ruta en dirección Pamplona.

Atrás fue quedando Santillana de Mar y aún hubo tiempo para equivocarse de carretera y llegar a Suances para desandar un trecho y realizar una inmersión en las absurdas circunvalaciones de Santander donde, desde que tengo uso de memoria, siempre hay alguna zona en obras queentretiene el paso del viajero. La zona industrial de las afueras deS antander tiene poco atractivo así que seguimos por la autovía un rato hasta que, hartos de que el paisaje pasase a nuestro lado a ciento veinte kilómetros por hora, volvimos a nuestra querida N-634 hasta Oriñon donde la enormidad de los marjales y la playa hacen que todo lo que se encuentra a su lado parezca realmente pequeño. 

En Oriñón viven Gorka y Vero a los que conocí en Croacia. No nos habíamos vuelto a ver desde hace caso dos años cuando dedicaron su año sabático a recorrer Europa bajo la lluvia a lomos de sus Yamaha de dos y medio. Me resulta altamente inexplicable porque apenas los conozco pero siento hacia ellos un gran cariño.

Gorka nos recomendó una ruta alternativa para llegar a Vitoria, por el Valle de Villaverde, una hermosa ruta a Balmaseda llena de curvas y colinas, de prados y de pinos, de caseríos y de encanto. Pero pronto quedó atrás eso también y emergimos, como por arte de magia, en el estepario valle de Vitoria que recuerda vagamente al estoico paisaje castellano. De ahí, otra secundaria de segundo orden y muy buen pis onos llevó hasta Estella para, antes de llegar, recibir la bronca de Elena por tomar fotos en marcha. 

En su descargo he de decir que la foto tampoco valía gran cosa.

Gorka nos había dicho que en Estella había una fuente de la que manaba vino. “¿Todo el año?” – pregunté incrédulo. Me parecía algo increíble. Una fuente de la que mana vino. Esto debía de ser algo único en el mundo y, desde luego, dada mi afición a este elemento líquido, o líquido elemento, no podía dejar pasar la oportunidad de honrar a Baco con mi presencia en tan sagrado lugar. En Estella pregunté a un parroquiano que nos dio unas instrucciones tan imprecisas e incomprensibles por lo rebuscadas que ignoro cómo pudimos llegar a la tan portentosa fuente. Pero sí. Allí estaba. Ya fe mía que manaba vino de verdad! Fresco y delicioso vino que brotaba, como algo prodigioso, con solo abrir el grifo. Cortesía,todo ello, de bodegas Irache. Me asaltó, sin embargo, cierto sentimiento de culpabilidad al ver el cartel que anunciaba las normas de uso: “ a beber sin abusar te invitamos con agrado, para poderlo llevar, el vino ha de ser comprado”. Beber sin abusar, beber sin abusar. Cuando se invita a alguien a la casa de uno, pues se leinvita, no se le advierte de que no abuse. “ven, Fulanito, a mi casa que te invito a comer un poco, pero sin abusar”. En fin, que no abusé y solo bebí mi trago y el de Elena.

De aquí a Pamplona fue un suspiro por la autovía y pronto la ciudad se abrió para nosotros con los suntuosos placeres del chiquiteo y los pinchos. Habíamos quedo con otros expedicionarios que se desplazaban desde la Asturias tramontana en coche y tan pronto como nos encontramos comenzó la segunda parte de la ruta, esta vez a pié,por Estafeta. Ya caían las seis y media de la mañana cuando el portero de un pub nos conminó a abandonar la puerta del local si no teníamos invitación. Golfos.

La mañana del día siguiente, tal y como era de prever, fue dura y angustiosa. Arrastraba los pies en un remedo de alegre pasacalles con mis compañeros flanqueándome, atronando la gaita y el bombo por el barrio de Gorrochapea, rebautizado por mí como el barrio de Agarrocheapataquía. Un hermoso juego de palabras con aún mashermosa traducción del gallego de la Asturias Occidental. Antes de confraternizar con los pamplonicas en una de esas curiosas tradiciones consistentes en ir a comer al txoko, tuvimos tiempo de tocar un rato más en la calle, con la correspondiente ingesta devino de la tierra que tanto nos gustó. Y aún más tiempo de tocaren el autobús urbano que nos acercó a la Plaza del Castillo donde deleitamos a propios y extraños con los sones de las gaitas.Vuelta al autobús urbano con la algarabía que nos caracteriza y concierto de rock en el Akelarre con gloriosa intervención de gaitas y guitarras eléctricas: “I´ts a Long way to the Top” de AD/DC

El viaje de regreso, a pesar de haber mantenido una más que honrosa contención la noche anterior, se tornó más bien aburrida, con sueño y cansancio generalizado, amenizado, de cuando en cuando, por lluvias intermitentes que nos refrescaban las ideas.

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