Primavera en moto

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Lo admito, ya casi había perdido la esperanza de que llegara. Creo que, incluso, llegué a sentir cierta desesperación por su falta de puntualidad. La necesitaba tanto. Quizá no fuera sólo su presencia, el modo en que me hace ver las cosas, la energía que me inunda cuando llega… O sí, no lo sé. El caso es que ahora, circulando por la AS-14 veo que ha llegado con todo su esplendor. Comenzó con unas inflorescencias tímidas que se asomaban con cautela. Luego siguió la floración del brezo y ahora la primavera ha llegado con toda su fuerza, estrenando verdes e inundándolo todo de energía y de ánimo renovado.

Llueve.

Tiene que llover, es la primavera. Y es abril. Y yo voy fluyendo sobre la moto, acomodando cada pensamiento, cada recuerdo en su estantería correspondiente. Siento como se me quita el polvo, siento como me limpio por dentro fluyendo entre la lluvia. A veces pienso en la soledad de mi casco que, conforme voy avanzando, los pensamientos viejos salen por la parte de atrás de mi cabeza y entran los nuevos con cada kilómetro. El aire frío arrastra casi todas las angustias que, pegajosas, se aferran al interior de la cabeza. Salen por la parte posterior y sólo queda un leve poso en suspensión que me sirve para conformar una nueva visión. Es el cosmos mínimo, el microuniverso del interior del casco.

Y pienso.

Y pienso en el acto de pensar. El el proceso mismo del pensamiento mientras me pregunto, “¿en qué piensas?” y me respondo que en el acto mismo de pensar y todo se convierte en un bucle pernicioso, en un mantra enfermizo en el que me recreo porque sé que puedo eliminarlo de un plumazo porque estoy sobre la moto. Y sobre la moto soy omnipotente y tan yo mismo que la distancia entre todos mis “yos” se acorta de tal manera que todos confluyen en un mismo ser.

Y ahí estamos todos, la turbamulta en silencio, tan uno solo con la primavera, con la carretera, con la moto… Pensando en pensar.

¿Cuantas veces habré recorrido esta carretera de vuelta a casa? ¿Cuantas veces habré quedado extasiado con el verdor tierno de los abedules, con la hierba fresca y húmeda, con la niebla que, perezosa, se desgaja a media ladera entre brezos en flor y retamas blancas?

Todas las necesarias.

Y ahora, al parar aquí y escuchar este silencio tan quedo sólo puedo cerrar los ojos y asentir en sincera reverencia, aspirar el aroma de esta primavera que no iba a llegar nunca y que ahora explota con violenta belleza.

El eco de una chova resuena el el valle, está volando hacia un cortado de rocas. Sentado sobre la moto escucho otra vez los sonidos de la nada, la lluvia golpeando en el casco, la niebla que susurra. Engranaré la primera y seguiré negociando las curvas de la primavera, siguiendo una ruta hacia ninguna parte en pos de nada que no sean efímeras emociones. Enormes, por lo mínimas.

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