Crash Over

Despertar no es un acto duro “per se”, abres los ojos y ya está, el mundo vuelve a aparecer y, aunque tu no lo recuerdes, estarás, más o menos, en el lugar en que te dormiste. Lo verdaderamente traumático es tomar consciencia de que estás despierto y comenzar las primeras evoluciones para proceder a la incorporación de tu cuerpo físico. Me refiero, claro está, a levantarse de la cama después de una noche de copas.Primero sobreviene la sorpresa de recorrer con la mirada el lugar en el que estás y constatar, con desagrado, que no es tu casa. Una vez superado este primer escollo y realizada la composición de lugar realizas el primer giro de cabeza, tan sólo para percibir el primer pinchazo de dolor en las sienes. Instintivamente te llevas la mano a la los parietales y, con una ligera presión, te das el primer masaje para intentar salir del encefalograma plano en el que te hayas. Luego te arrebujas bajo las mantas intentando que eso que te está ocurriendo no sea más que un mal sueño del que aún no te has despertado. Cuando, por fin, haciendo acopio de valor decides incorporarte, lo haces por tiempos, quedándote sentado en el borde de la cama, apiadándote de ti mismo y prometiendo, solemnemente, que no va a volver a ocurrir, que no volverás a tomar nunca esa última copa que, estás seguro, es la que te jodió de esta manera. Ni por un instante piensas que la mezcla de vino, chupitos, cervezas y cubatas no es buena de ninguna manera, no. Ha sido aquella última copa, cuando ya no tenías sed y cuando el garito estaba a punto de cerrar la que te está amargando esta mañana de forma insistente.
Gelucho está durmiendo a mi lado, roncando, mientras la luz del sol pugna por entrar entre las cornitas del enorme ventanal del salón. Margy también duerme profundamente en la cama de al lado. Mientras voy rumiando mi desdicha en pos de una aspirina pienso en que pronto pasará esta horrible resaca y que, en pocas horas, estaremos en Italia, subiendo el Stelvio, disfrutando de las hermosas vistas de Belagio, el lago Lugano… Otro día hermoso para viajar en moto. Son las nueve de la mañana y el calor ya aprieta, calculo que unos veinticinco grados de temperatura. Perfecto.Mientras Margy prepara el desayuno despierto a Gelu sin demasiados miramientos y le recuerdo que la terraza no es el mejor sitio para dormir, por mucho que el amanecer sea el momento más hermoso del día. Su cara desencajada y gesto torcido hacen que no necesite más respuesta.
Después de desayunar y preparar el equipaje nos despedimos de nuestra anfitriona. Nos ha tratado como a amigos de toda la vida, hemos congeniado estupendamente y me gustaría quedarme unos días más pero la ruta debe continuar. A veces pienso que estos viajes míos son como un mandato divino, una peregrinación hacia ninguna parte que siempre debe continuar. No hay lugar para el descanso, tan solo viajar sobre la Vstrom y llegar a un nuevo lugar, conocer otras gentes, hacer nuevos amigos y avanzar, como dice el título de mi página web, sin destino, sólo hay travesía.
Ascendemos por la autopista, que nos llevará hasta el Brennerpass, con mucho tiento porque las curvas de “paella” se suceden y, a pesar de los tres carriles es fácil comerse una de ellas. Las autopistas austríacas son de factura impecable. Anchas, con buen firme y con tráfico fluido, al menos en esta soleada mañana de domingo. Yo llevo la pegatina que me autoriza a circular por ellas pero Gelu está aquí de ”ilegal”. No es que yo sea más cumplidor de la ley que él, simplemente a Margy le sobraba una y la colocamos en mi moto. Sin este requisito no se puede hacer uso de ninguna autopista, o mejor dicho, se puede hacer uso pero te arriesgas a una multa importante si te sorprende la policía sin el adhesivo.
Mientras descendemos, ya en Italia nos adelanta un grupo de Ferraris. Unos kilómetros más adelante volvemos a rebasarlos y me sitúo en paralelo mientras saludo al propietario y le hago monerías. El me sonríe, cómplice. Ambos estamos disfrutando de la ruta, aunque de forma totalmente distinta.
Pronto abandonamos la autopista y regresamos a las carreteras de montaña. El plan sigue su curso y antes de atacar el Stelvio subiremos el Passo Giovo a dos mil noventa y cuatro metros, un puerto de quince o veinte kilómetros plagado de curvas de ciento ochenta grados y donde se dan cita un buen número de motos de toda clase. Hay varias custom que ascienden torpemente en pos de la cima. Definitivamente una moto diseñada en su origen para los grandes espacios abiertos de Norteamérica no se encuentra en su medio ideal negociando curvas en los Dolomitas. Recuerdo mis tiempos de ruta sobre la Intruder 1400, una máquina con gran lanzamiento de horquilla y una tendencia demencial a caerse hacia el centro de la curva. Por no mencionar sus frenos, altamente ineficaces a la hora de detener aquella mole de hierro cromado con motor de tractor. Era una moto bonita y poco más. 
Aquí, en la cima, disfruto del frescor alpino y me congratulo de pisar de nuevo Italia. Me encanta hablar italiano. Reconozco que no tengo ni idea y que, lo que no sé, me lo invento, pero, aún así, es un placer juntar los dedos de la mano derecha y gesticular como un mafioso siciliano. Esto de los idiomas es un tanto frustrante para mi porque, sin dominar ninguno, siempre intento hacer algún chapurreo allí donde me encuentre. Ya hemos pasado San Martino y llegamos a Merano, una ciudad hermosa con amplios jardines y paseos que será el preámbulo de nuestro ascenso al Stelvio. Lo tengo tan cerca, tan al alcance de la mano que ya estoy saboreando el aire de la cumbre, sus cuarenta y ocho “tornanti”, su halo de puerto mítico.
Circulamos por el Val Venosta y varias motos nos dan la pasada sin respetar líneas contínuas. Aquí todo lo concerniente a la regulación del tráfico parece más relajado. En una de las “porterías” con paneles de información de tráfico me parece leer algo del Passo dello Stelvio pero no le presto demasiada atención. Después de pasar Silandro tomamos un desvío a la derecha, enfilando definitivamente, las primeras rampas que conducen al Stelvio. A la derecha un cartel dice algo de que el Stelvio está cerrado por la nieve. Me imagino que se habrán olvidado de quitarlo porque estamos en el mes de junio y en esta época no hay puertos cerrados.Allá, al fondo del valle se ven los impresionantes picos del Parco Nationale dello Stelvio, con sus cumbres cubiertas de nieve y las laderas oscurecidas por el verde de los abetos. Es un paisaje tíicamente alpino, una postal mítica de los Alpes italianos. Sonrío maliciosamente en el interior del caso y me digo “allá vamos”. Gelu se ha quedado atrás, haciendo sabe Dios qué y decido no esperarlo, ya nos veremos arriba. Agradezco que vaya un poco más lento porque este tramo de ruta es para disfrutar en solitario, en comunión con la carretera, en egoísta ascensión que ha de experimentarse en la más completa soledad 
Con las primeras rampas vulevo a ver otro cartel que indica que el puerto está cerrado. Este sí lo leo claramente pero prefiero pensar que se trata de un olvido. Si el puerto estuviera cerrado las indicaciones serías más visibles y más ostentosas. Aquí está el primer “tornanti”, empedrado, como corresponde y con una buena pendiente. Un placer malsano recorre todo mi cuerpo en este primer saludo al Stelvio. Es un hola sosegado que escenifico entornando los ojos y torciendo la boca en una mueca que tiene algo de lascivia.Las curvas cerradas se suceden y la pendiente es cada vez más pronunciada al tiempo que la carretera se va estrechando. Los abetos jalonan la carretera y se descuelngan ladera abajo manteniéndose firmes en esta pendiente imposible. Al dejar atrás las últimas casas una barrera pintada de blanco y rojo se haya levantada. Se trata de un dispositivo que se usa para cerrar los puertos al comenzar el ascenso durante el invierno, cuando están cubiertos de nieve. Más arriba, otra barrera, ésta de bloques de cemento, también está abierta. Esto corrobora mi teoría de que el puerto, a pesar de las señales que encontré abajo en el valle, está abierto. La carretera está solitaria, es mía, me pertenece. Soy el más feliz del mundo rodando en este silencio tan solo roto por el discreto escape de la Vstrom. La brisa se torna cada vez más fría y el olor a pino y a frescura se cuela al interior del casco impregnándome, aún más, de aroma de la montaña.Han desaparecido los árboles conforme voy ascendiendo y las frondosas y pináceas se ven cada vez más lejanos en las laderas cercanas al valle. Ahora los canchales y los neveros sustituyen a la arboleda y veo la carretera en toda su impresionante magnitud. El piso, en algunas curvas, ha sido reparado recientemente pero, aún así, toda está bastante bacheada y no ofrece mucha confianza. En las zonas más umbrías aparecen algunos neveros, goteando, exudando invierno y mostrando la suciedad de la tierra que se les ha venido encima.Me salen al paso un par de marmotas alpinas, jugueteando en la carretera. Al verme, sorprendidas, corren a refugiarse en sus madrigueras del talud de escollera. Me detengo un rato para verlas más de cerca pero se niegan a salir de su escondite. Estas marmotas son como ardillas gigantes, rechonchas y con una gruesa capa de pelo. Viven a partir de los ochocientos metros de altitud y también son comunes en algunos lugares del Pirineo.Cuando ya todos los árboles han quedado atrás definitivamnete y los neveron son frecuentes veo una especia de hotel o restaurante a unos cien metros de la carretera, situado en un llano imposible en medio de valle. Ya falta muy poco para llegar a la cumbre, calculo que no más de cinco kilómetros a juzgar por la cantidad de curvas que ya he tomado. Decido no parar porque mi objetivo está tan cerca que casi lo puedo acariciar.
Al salir de una curva cerrada una excavadora ocupa toda la carretera de un lado a otro impidiendo el paso. Ahora ya está claro que el puerto está cerrado. Durante todo el recorrido vengo ignorando los carteles de advertencia pero esta excavadora en medio no deja lugar a dudas: de aquí hacia arriba no se sube.
Me paro en el hotel que acabo de rebasar, está cerrado. Unos eslovacos me preguntan si sé algo de las obras y cuando abrirán la carretera. Obviamente sé menos que ellos, acabo de llegar.
Llamo a Gelu para decirle que se puede ahorrar la subida, que me espere allí donde se encuentre pero su telefono está apagado. Decido esperarlo un rato. Me gusta pisar la nieve, aunque, como en este caso, esté sucia de tierra y muestre un penoso estado de decrepitud, de nieve vieja y ajada.
Voy a bajar de nuevo porque mi compañero no da señales de vida así que voy a su encuentro. En la bajada, casi en el fondo del valle, pregunto a unos obreros si han visto pasar una Ducati ruidosa. No ha pasado. Mas abajo una señora me dice lo mismo. Que raro. ¿Habrá tenido una avería? En este viaje la Ducati se ha mostrado bastante fiable, no "strappa", no petardea en las retenciones, tira bien desde las tres mil vueltas… todo andaba dentro de unos parámetros aceptables.  
Al llegar a Prato dello Stelvio, en una enorme recta, hay un Fiat Punto atravesado en la carretera y los carabiniere están dando paso de forma alternativa. Yo ya llevo un rato preocupado y al ver este panorama, instintivamente, comienzo una cantinela mental. "Que no sea él" "que no sea él", "que no sea él" . Pero veo la Ducati, destacada, sobre la plataforma de una grúa. Busco a Gelu con nerviosismo y no lo veo por ninguna parte. A un lado de la carretera, sentado con aire ausente y abatido, hay un chico que fácilmente identifico como el conductor del Fiat. Antes de quitarme el caso oigo a uno de los carabiniere que dice, aliviado, que ha llegado "il amico".
La situación comienza a aclararse en mi cabeza y, conforme pasan los segundos, voy elaborando planes de aplicación inmediata. Sé que mi compañero no está, probablemente se lo hayan llevado en ambulancia. La moto no puede continuar viaje, está echa polvo. La policía querrá arreglar papeles. El conductor también. Poco a poco voy colocando cada asunto en una estantería mental, todo bien a la mano y con su solución apuntada en una nota al lado de cada obejeto-idea.
Me bajo de la moto y me dirijo al policía que parece dirigir el cotarro. No lleva uniforme, viste un polo y pantalón corto pero no cabe ninguna duda de que es el jefe. Le pregunto por Gelu y la gravedad de sus lesiones, así como el hospital al que se lo han llevado.
Ya quedaron solucionados el asunto de los papeles, el taller al que se va la moto y los datos del Fiat y he quedado emplazado a presentarme mañana o pasado, de nuevo, en las dependencias policiales en Males para recoger el atestado policial, o, por lo menos, un informe reducido de lo ocurrido. El Fiat, en una recta enorme, giraba a su izquierda, rebasando el carril contrario para entrar en la gasolinera sin percatarse de que, de frente, venía una Ducati y su piloto con la sana intención de subir el Stelvio y luego ir a conocer Belagio, Lugano, Suiza… Me imagino el accidente en cámara lenta y lo veo, una y otra vez, tanto desde la moto como desde el coche. La moto circula por su carril, a ochenta o noventa por hora. Había una señal que restringía la velocidad a sesenta, pero estaba tapada por la vegetación y no se veía. De frente, un coche se acerca en dirección contraria. Pero en lugar de que ambos vehículos se crucen con normalidad el Fiat azul inicia la maniobra para girar a la izquierda, ocupando la mitad del carril. Al ver a la moto se detiene bruscamente y la moto, después de una frenada de tres o cuatro metros, se va de atrás. Gelucho golpea el asfalto con el hombro. La moto y el piloto se arrastran en dirección al coche. El caso impacta contra la parte delantera y la moto se empotra en los bajos del coche.
De camino al hospital, a dieciséis kilómetros, otra cantinela vuelve a mi cabeza repitiéndose machaconamente. "que no haya sido nada", "que no haya sido nada", "que no haya sido nada". En la sala de urgencias no me permiten entrar a verlo, aún está con el doctor y en un rato me dirán algo. Pasan los minutos. Llevo más de una hora esperando y aún desconozco el alcance de las lesiones de mi compañero. Una enfermera rubia me pregunta si hablo italiano que necesita un intérprete para que el doctor le diga a Gelu lo que tiene. Sigo a la enfermera por los pasillos de urgencias y me la imagino con minifalda, blusa apretada y cofia. Supongo que la mente tiene sus válvulas de escape para momentos de tensión pero no me parece que sea el momento más adecuado para manidas fantasías sexuales. Borro el tópico de mi cabeza.
El doctor es un hombre delgado, bronceado y con un bigote entrecano. Calculo que tenga unos cincuenta años aunque aparenta menos edad. Viste pantalón blanco y polo del mismo color. Me lo imagino en el puerto deportivo preparándose para pasar la mañana del domingo en su velero de doce metros de eslora, con su señora, una dinámica rubia de cuarenta y cinco y otros dos matrimonios con los que salen a menudo.
En su placa pone Dr. Stecher. Tiene una voz aterciopelada, tranquilizadora, muy a tono con todo su aspecto. Me dice que Gelucho tiene una lesión en la espalda, una, o quizá dos, vértebras rotas. Trago saliva y aprieto los labios. Las manos comienzan a sudarme y me las froto contra el mugriento pantalón. Miro a Gelucho pero no es necesario que le traduzca nada. la cosa ha quedado bastante clara. El reporte médico continúa. El omóplato también está roto y varias costillas. Además le han detectado un neumotórax y hay que intervenirlo para insertarle un drenaje en el pulmón. Le insisto al Dr. Stecher en que me explique, bien a fondo y con términos sencillos, dado mi manejo básico del italiano, el alcance de las lesiones de la columna pero no obtengo más que un "debiamo spetare", (tenemos que esperar), y que estará varios días en observación.
El sol se muere en Val Venosta y sus tonos anaranjados tiñen la cristalera de la fachada del hospital. El apuntado campanario de la iglesia también se refleja. Y mi silueta, observándome a mi mismo como un espantapájaros de brazos caídos. Desde aquí veo la moto, aparcada a escasos veinte metros. Parece que me llama, que intenta consolarme pero no le hago caso. Vuelvo al interior del hospital y durante otras dos horas recorro los pasillos vacíos una y otra vez escuchando, de cuando en cuando, conversaciones en ese alemán tan particular que se habla en esta zona. Solo entiendo un par de palabras sueltas. Paso por sus vidas como un fantasma escuchando un retal de conversación que no entiendo y desaparezco.
Resuenan en mi cabeza los ecos de la fiesta de anoche. Las risas, las bromas con el idioma, las copas, Gelu bailando en la pista la tía de las posturitas… Y ahora está arriba, con el ayer tan lejano, en el "secondo piano", en la planta de cirugía para instalarle una tubería drenante.
El hospital está casi desierto, en silencio. De vez en cuando alguna enfermera entra o sale de la sala de urgencias para dar fé de que todo sigue funcionando. De fondo el sonido del TAC, amortiguado y el rumor de un ventilador en la oficina de admisiones.
Una enfermera sonriente se me acerca y me dice que en unos instantes lo subirán a planta. Carlamos sobre el Stelvio, "tancato per il lavoro" y sobre nuestro viaje. Me dice que hemos tenido mucha suerte. Yo, con cara de circunstancia le digo jque sí, que hemos tenido suerte pero ha sido mala.
En la habitación bromeo con las enfermeras y con Gelu. Intento crear un ambiente distendido de "aquí no ha pasado nada" y comienzo a sentirme un poco ridículo e histérico a partes iguales. En realidad estoy totalmente abatido. pero mantengo la compostura.
Se ha quedado en la habitación, tranquilo, reposando, con el drenaje asomando por un costado. Bajo las escaleras a la primera planta, con los puños apretados, sucio, triste. Las lágrimas comienzan a rodarme por la mejilla. Me siento en el suelo, al lado de la moto y lloro amargamente, sintiéndome inútil, sin saber qué hacer ni a dónde ir. Toda la tensión del día sale ahora en forma de lágrimas de llanto desconsolado y el mundo, de repente, se convierte en una mierda irreconocible.
Después de media hora llamo a Elena, mi mujer. Necesito escuchar una voz reconfortante y un poco de ánimo, aunque sólo sea para salir de aquí y buscar un hotel. Está en Oviedo, de sidras con unos amigos. Su voz suena amable y alegre e inmediatamente me inundo de remordimientos por lo que voy a contarle. Le voy a joder la noche pero no tengo opción. Cómo me gustaría tenerla a mi lado ahora mismo, mirándola en silencio, perdiéndome en sus enormes ojos verdes.
Cuelgo el teléfono y regreso a mis cavilaciones un rato más. La moto no me dice nada.
Hablo por teléfono con la hermana de Gelu, conteniendo el llanto y procurando parecer animado. Me río y le quito importancia al accidente. Miento conscientemente y le quito importancia al accidente. Al fin y al cabo ella está a tres mil kilómetros de aquí y en nada la ayudará saber detalles sobre nuestra situación sin poder hacer nada.
Me siento culpable.
Salgo del aparcamiento, al fin, y me dispongo a buscar un hotel cerca del hospital. Enseguida encuentro uno y el chico que me atiende habla portugués. Con eso nos vamos entendiendo. En el hotel Schawarzer Widder tumbado en la cama, intento limpiar mi mente, vaciarme de pensamientos. Mañana necesitaré, otra vez, tener la cabeza despejada. Estoy tan perdido

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