desde el Alto del Manzanal miro allá, a lo lejos, mucho más allá de Astorga y la Bañeza. 

Entorno los ojos un poco y lanzo la mirada todo lo lejos que puedo para que me inunde la sensación de lejanía, de grandeza, de “enormismo”. 

Me gusta sentirme pequeño en el mundo, apreciar su gigantismo y comprobar que hay mucho por ver, mucho por descubrir. 

En esos momentos, me arrebujo en mi mismo, me acurruco en un rincón apartado de mi cabeza y allí, agazapado sobre la moto, mi cuerpo se vuelve a llenar de esa sensación de libertad y de poder.

Luego, como impulsado por un resorte, de nuevo a la realidad con renovadas ansias de carretera, de ruta, de viajes y de no bajarme de la moto.

Asomarme a Astorga y su comarca desde el Alto del Manzanal es reencontrarme con el mundo. Mirar a un horizonte lejanísimo, después de un invierno constreñido entre montañas, un placer indescriptible.

Quizá por eso le tenga tanto cariño a estos páramos inhóspitos castigados por el sol del verano.

La Royal Enfield rueda con parsimonia mientras bajamos hacia Astorga.

Su velocidad punta son 110 km/h, más que suficiente para viajar con la calma que exigen las rutas de calma.

Astorga es inicio, o final según como se mire, de la Vía de la Plata. La vía romana original iba desde Mérida hasta Astorga, pasando por Cáceres y Salamanca.

Hay varias teorías sobre el origen del nombre de La Plata, pero no tienen que ver con el metal

La primera de ellas es que proviene del árabe andalusí, Al Balat, vía empedrada.

También se apunta a que pueda venir del latín vía delapidata, que significa “camino marcado con miliarios”.

– “Por dónde se va a Astorga, caminante?

– Siga usted la vía delapidata.

Estoy bajando por la Nacional 6 con la tranquilidad del que viaja sin rumbo.

Palacio Episcopal de Astorga

Aparco la moto en la plaza de Eduardo Castro, justo enfrente del Palacio Episcopal.

Muy Gaudí. Hermoso e imposible.

Aquí se combinan elementos religiosos y profanos en una singular mezcla que juega con las formas y con la luz.

Está lleno de matices.

Después de una visita, más rápida de lo que me gustaría, me doy una vuelta por los alrededores husmeando entre las tiendas que ofrecen las típicas legumbres de la zona, las mantecadas, los dulces…

Regreso a la moto por la plaza de la catedral de Santa María de Astorga.

Sobre la marcha me documento un poco sobre su estilo, gótico tardío, la única en España de abolengo alemán.

Que cosas, abolengo alemán.

La expresión queda revoloteando en mi cabeza durante un rato hasta que, en la fachada de los pies, sobre mis pensamientos, un ingenioso reloj llama mi atención.

Marca, en su esfera de 24 horas, la posición del sol y las fases de la luna.

El caso es que me suena, pero no sé de qué.

Internet me saca de dudas: la esfera fue usada para el logotipo del Instituto Astrofísico de Canarias.

Me subo de nuevo a la Royal y continúo en dirección sur. 

Pero antes me acerco a San Justo para darme un baño en la piscina. Tengo pasaporte Biker Friendly y me hacen descuento en la entrada.

Cuevas. 

Bodegas. 

Bodegas en cuevas.

Como casitas de los hobbits, las bodegas de Jiménez de Jamúz están alineadas en perfecta sincronía con el medio.

Son discretas, sólo dejan ver las puertas de la entrada y la loma que corona cada una de ellas. Pero en su interior atesoran la historia y la fuerza de los vinos de esta tierra.

Hoy en día muchas de ellas ya no se usan como bodega en sentido estricto: son más bien el lugar de encuentro de amigos y familia, un sitio en el que estar al abrigo de los calores veraniegos y hacer una pitanza en comunidad.

Me entretengo un rato circulando con la moto delante de las bodegas. Una de ellas está transformada en restaurante y parece que la carne de los bueyes que ellos mismos crían es su especialidad.

Un buen sitio para darse un capricho.

Pero aún no es la hora de comer y además traigo mi propio avituallamiento.

Todavía en la carretera general me doy cuenta de que la seña de identidad de Jiménez es la alfarería. Hay dos talleres nada más entrar en el pueblo.

Al callejear me tropiezo, casi de casualidad, con el Museo de la Alfarería.

La cerámica es lo que nos queda, lo que permanece, a veces incólume, cuando desaparece una civilización. Estos artesanos, quizá sin saberlo, están llamados a permanecer, a pervivir al igual que lo han hecho los artesanos alfareros de tantas civilizaciones anteriores.

El museo está cerca de la plaza, en la calle el Cueto.

Aparco la Royal casi en la misma puerta.

Dentro, el guía me hace viajar en el tiempo, me muestra cómo, con algo tan simple como el barro, los alfareros son capaces de elaborar todo tipo de recipientes.

No sólo eso. Como cerrando el círculo, veo que Gaudí usó, en la edificación del Palacio Episcopal de Astorga, alfarería de aquí.

Creó unos moldes con los que los alfareros del pueblo fueron elaborando piezas decoradas con motivos tradicionales muy variados. Son los que están adornando los arcos de las puertas y las nervaturas de las bóvedas del palacio.

Encuentro un extraño placer en conocer este dato.

Cerrar círculos. Serendipias que van llegando.

En Jimenez de Jamúz, me desvío en dirección sureste, hacia Santa Elena y de ahí a Villanueva de Jamúz.

Creo haber visto la indicación de un castillo, pero no destaca ninguno en al llanura.

¿Me habré equivocado?

No, ahí está, justo al un lado de la carretera.

Dejo la moto aparcada a la sombra de la torre del homenaje. El calor ya empieza a apretar a esta hora de la mañana. 

Qué gusto, después de un invierno malo y una mala primavera…

Este castillo era de Suero de Quiñones, de ascendencia asturiana.

Suero se hizo famoso por una de esas cosas de caballeros del siglo XV.

En el año 1434 pidió audiencia al rey Juan II de Castilla para llevar a cabo un torneo un tanto peculiar.

Consistía en que, durante un mes, cualquier caballero que deseara pasar por el puente de Hospital de Órbigo, tendría que enfrentarse a Don Suero y sus amigos.

El motivo para tremendo desafío era, entre otros, el amor.

Resulta que el caballero Suero estaba enamorado de Doña Leonor de Tovar. Para demostrarlo, llevaba una argolla de hierro colgada al cuello cada jueves.

Para poder librarse del peso, prometió peregrinar a Santiago con ella (con la argolla, no con Doña Leonor) y depositarla allí como prueba de su amor.

Pero antes, formando parte de la promesa, tenía que haber roto 300 lanzas de otros caballeros.

El rey dio su permiso y allá se fueron, al puente de Hospital de Órbigo a desafiar a cualquier caballero que quisiera cruzarlo. Y el que no aceptase el desafío tendría que entregar un guante y vadear el río por el agua, en señal de cobardía.

Así que, allí se juntaron, a la entrada del puente, con sus tenderetes y tinglado.

Cada día, al amanecer, una misa y luego empezaban las justas.

El Rey, probablemente con la intención de que aquello no durase mucho, había invitado a un montón de caballeros a que cruzaran el puente.

Y cualquiera le decía que no al rey…

Conforme iban llegando iban siendo vencidos en el torneo y la cosa se iba alargando cada vez más.

Cuando habían pasado 29 días, Don Suero fue herido y tuvieron que dejar la fiesta.

Aún así, peregrinó con sus amigos hasta Santiago y allí dejó la argolla y una cinta azul con la leyenda:

Si no os place corresponderme

En verdad que no hay dicha para mí.

Aún se conservan en la capilla de las reliquias de la Catedral.

Lo curioso de todo esto es que en el siglo XV ya no se celebraban justas o torneos medievales pero este juego se había puesto de moda.

Tanto, que hasta Don Quijote se refiere a las justas de Don Suero.

Aún con las excentricidades de Suero de Quiñones en la cabeza hago mi siguiente parada en Alija del Infantado. O Alija de los Melones, como se conocía hasta 1960.

Hay fiesta.

Se oyen gaitas y jolgorio hacia la plaza del ayuntamiento.

Es el mercado medieval de la villa.

Están celebrando el privilegio concedido al pueblo de Alixa por el mismísimo Rey Alfonso X El Sabio que les permitía celebrar mercados.

Y aquí siguen, con el mercado y rememorando este hecho.

Me doy una vuelta por el mercado y hago algunas compras. Jabón ecológico elaborado por la chica con la sonrisa más hermosa que haya visto. No sé si hoy o siempre. Creo que podría haber comprado cualquier cosa que quisiera venderme.

A la hora de continuar el viaje la Royal se niega a arrancar. 

Y allí, cariacontecido, pienso si no será una señal del cosmos.

El resto es otra historia.

Gaitas en Alija del Infantado
Avería Royal Endfield