accidentes

Acción contra la gravilla

En este programa número 257 hablamos del saludo en “uve”, el saludo motero por excelencia. Le damos una vuelta a su origen, mucho más antiguo de lo que creemos y también hablamos de otros gestos que se hacen con la mano y que son, más o menos, asimilables al mundo de las motos.

Luego tendremos con nosotros a Juan Carlos Toribio, de la IMU. Con él charlaremos sobre lo que tenemos que hacer si encontramos gravilla en la carretera y también de lo que hay que hacer si tenemos un accidente por su culpa.

De accidentes sabe mucho Piraña. Al menos de su último accidente en Córcega en el que destrozó su flamante BMW 1200GS. Nos contará ñas causas y las consecuencias.

Para finalizar… Música y Motos. Hoy con una invitada especial que le da lustre a la sección.

Viajo en Moto a capella

Hoy abro el programa con Jorge, que ha decidido lanzarse al mundo del podcasting motero en colaboración con Viajo en Moto

Jorge nos va a presentar su espacio desde Valdoviño, en Coruña.

Paco Rascón, Fernando Rivas y Carlos Conejero han venido a visitarme y he aprovechado para preguntarles por el viaje que estaban haciendo alrededor de la Península Ibérica

Después abrimos sección nueva de la mano de Kike Mafe.

Kike nos va a ir descubriendo música que tiene que ver, de una forma u otra, con las motos. Cada 15 días nos traerá un tema nuevo que seguro que nos sorprende.

Koldo sufrió un accidente bastante aparatodo en Mauritania. Cuando leí su blog me quedé bastante impactado, no solo por el accidente sino por la excelente forma de contarlo. Hoy lo tendremos en Viajo enMoto para escucharlo de su boca.

Xan da Cruz se ha liado la manta a la cabeza con el Bull Ardente, la versión galaica del Iron Butt. Esta ruta es que hay que hacerla en el interior de Galicia con sus curvas y su lluvia, si la hubiere.

Charly Sinewan estaba la semana pasada en Georgia, habrá conseguido superar sus problemas de papeleo?

Lo que sí que ha conseguido es encandilar a todo el mundo con su último vídeo de Cuba.

Y también tenemos noticias de “Los Africanos”, Ricardo Fité y Nico, Ride me Five.  Estos dos ya se han convertido en parte fija del programa así que se han ganado sintonía propia.

Más motoristas muertos en 2015

Como cada mes de enero la Dirección General de Tráfico presenta el balance de siniestralidad del año anterior. En 2015 se observa un estancamiento en cuanto a víctimas mortales, rondando éstas las 1.130 personas fallecidas en accidente de tráfico cada año.

No son malas cifras si las comparamos con países como Finlandia, Austria o Alemania aunque quizá la meteorología adversa que tienen durante la mayor parte del año tenga algo que ver. O no, porque Grecia, con un clima parecido a España tiene una tasa de mortalidad bastante mayor. Cierto es que cualquiera que haya conducido por Grecia se explicará fácilmente estos datos.

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Fuente: DGT

En lo tocante a la moto los datos son pésimos. El número de siniestros no solo no se estanca sino que se incrementa de forma notable. En la categoría de motocicletas, de 170 muertos en 2014 la cifra sube a 219 en 2015. Si hablamos de ciclomotores pasamos de 17  muertos en 2014 a 28 en 2015. Esto significa 60 fallecidos más.

La explicación podríamos buscarla en varios frentes, desde carreteras en cada vez peor estado a una climatología benigna que amplió la «temporada natural» de salidas en moto. También la paulatina recuperación económica podría sumarse como factor ya que la moto es, por lo general, un vehículo de ocio.

Para lo que si que no hay explicación ni causas ajenas al motorista es al hecho de que nueve de los fallecidos en accidente de moto no llevaran el casco, 6 más que el año anterior (en 2005 fueron 27 muertos los que iban sin casco)

Exceptuando camioneros, que han muerto 5 más, el resto de conductores de vehículos de cuatro o más ruedas han visto rebajada la cifra de decesos en su segmento, sobre todo autobuses y furgonetas. Pero los motoristas no. En 2015 hemos sido los protagonistas de la siniestralidad en carretera.

Ahora nos tocará leer y escuchar todo tipo de explicaciones, como la de esta semana en una televisión regional que apuntaba como causa que «las motocicletas son cada vez de mayor cilindrada».

Daños en el amor propio

Hace unos días bromeaba jugando con la posibilidad de tener un accidente en moto. No era más que una boutade en la que reflexionaba sobre la vergüenza, el orgullo y las apariencias. Lo que no sabía mientras escribía aquello era lo cerca que estaba de acariciar una experiencia similar a lo que contaba.

Y resulta chocante porque, al igual que una premonición, mi accidente real sucedió a escasos 500 metros del lugar que yo había imaginado para la entrada Un asunto de mierda.

Venía muerto de sueño, quizá por haber dormido poco la noche anterior, por acumular más de 3500 km en los últimos días o, quien sabe, si por la copa de un vino malísimo que había tomado en Arriondas. Sin embargo antes de dar con mis huesos en la Tierra venía embebido en omnipotencia. Era como si los estertores de mi última juventud se resistieran a abandonar mi cuerpo. Muy «pro» que dicen ahora los modernos posturistas. A decir verdad venía haciéndome el chulo, para qué vamos a disfrazar de modernez lo que no son más que reminiscencias infantiloides. Cualquiera que me viese pasar apenas notaría diferencia alguna entre la chulería de ese día o la actitud humilde de cualquier otra fecha pero si el espectador pudiese atisbar entre mis estanterías cerebrales las vería brillantes, llenas de luz y purpurina. Pasillos enteros malgastando energía y al fondo, una bola brillante emanando purísimo blanco, de ese tan cegador que lo intuyes pero no lo miras directamente. Brillo interior de los que están pagados de sí mismos.

Y claro, tanta luz y tanta actividad intracraneal me ponen, a veces, al borde de lo fantasma.

Así venía yo, adelantando coches con alma de piloto, perdonando vidas al resto de la humanidad y con la mirada torva de los curtidos vaqueros de más allá del Río Grande. Creo que incluso podría enzarzarme en una alocada competición por la N-634 con cualquier sujeto de mediana edad, de pelo ondulado y engominado, de gintonic con pepino y profesión liberal.

Al salir de la autovía, más allá de Grao, todas esas ínfulas de triunfador magnánimo se habían ido diluyendo y tan solo quedaba el poso de un vino malo, la esencia de un viaje largo y, por encima de todo, un sueño que me consumía. Y ganas de hacer pis.
Al salir a la carretera nacional, después de la rotonda, ya navegaba medio ingrávido en la nebulosa de mi propio sopor y no quedaba nada de la actitud chulesca de los kilómetros anteriores. Más bien sentía una enorme compasión por mí mismo, por mi estado de agotamiento físico y mental. Cuando vi el apartadero bajé un par de marchas y encaré el arcén para detenerme a aliviar cuerpo y mente. Pero cuando cuerpo y mente no andan muy finos falla la sincronización así que la rueda delantera quedó clavada, resbaló sobre la gravilla y de pronto, me vi en el suelo mientras en el interior del casco seguía sonando una estridente música balcánica.

De pronto la nube de humo que me hacía ver el mundo a través de un cristal esmerilado se disipó de golpe y los aires de perdonavidas que me inundaban apenas una hora antes, acudieron a mi en tropel. Me levanté, me rasqué la rodilla con ademán despreocupado y miré alrededor para ver si alguien me había visto caer. No había nadie. Ni un coche, ni un espectador, ni una vaca. Después de apagar la música y quitarme el casco, levanté la moto con un pesado esfuerzo y con cara de resignación abnegada, comprobé los daños. En el fondo sabía que no le había pasado nada a la moto pero cuando vi el carenado rayado, la maleta que había vuelto a dejar a la luz un agujero de otra caída en Noruega y la defensa erosionada, me inundó una sensación certera que daba cuenta de mi idiotez. Tomé una amplia bocanada de aire e intenté arrancar. No hubo respuesta del motor. A cambio un silencio solo roto por la corriente del río se expandió como una mancha de aceite.

Lié un cigarrillo, hice pis en los arbustos y me quedé mirando la moto mientras me rascaba la cabeza con aire ausente. No me había visto nadie pero esto no dejaba de ser un Asunto de Mierda.

Derrape de la vStrom

La Ruta

Cómo adaptar las cifras de muertos en carretera para provecho propio

El día 2 de enero de 2015 la Dirección General de Tráfico presenta los datos estadísticos del año que acaba de terminar. Caída de la mortalidad en vías interurbanas, España es uno de los países con mejor seguridad vial, menos de 1000 accidentes con muertos… Todo viento en popa gracias al maquillaje de los datos o a la mentira, depende como se mire. Según nos ha descubierto Mutua Motera el Ministerio del Interior ha manipulado los datos de 2013 para hacer más eficaz su gestión de 2014.

DGT 2013

Datos ofrecidos por la DGT de 2013

 

Datos ofrecidos por la DGT de 2014

Datos ofrecidos por la DGT de 2014

En qué quedamos, se han muerto 1128 personas  o 1134 en el año 2013? No es que la diferencia sea muy grande pero está muy feo jugar con las cifras de muertos para aparentar todo va mejorando en este país, desde la crisis hasta la siniestralidad.

Si quieres ampliar datos visita la página de Mutua Motera

 

Flores a los muertos en carretera

capillitaAllá donde se produce un accidente de tráfico mortal es frecuente que, durante años, alguien deposite flores. A nadie extraña, a no ser que se piense en otros accidentes u otras muertes que no se significan posteriormente con ramos ni coronas. Una muerte en una obra; un electrocutado en una torre de alta tensión; un tipo que se rompe la crisma tras resbalar en el portal, por ejemplo, no son recordados. Incluso un accidente de tráfico en la ciudad, o un atropellado, no dejan rastro. Pero todo cambia si sucede en la carretera.

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Crash Over

Despertar no es un acto duro “per se”, abres los ojos y ya está, el mundo vuelve a aparecer y, aunque tu no lo recuerdes, estarás, más o menos, en el lugar en que te dormiste. Lo verdaderamente traumático es tomar consciencia de que estás despierto y comenzar las primeras evoluciones para proceder a la incorporación de tu cuerpo físico. Me refiero, claro está, a levantarse de la cama después de una noche de copas.Primero sobreviene la sorpresa de recorrer con la mirada el lugar en el que estás y constatar, con desagrado, que no es tu casa. Una vez superado este primer escollo y realizada la composición de lugar realizas el primer giro de cabeza, tan sólo para percibir el primer pinchazo de dolor en las sienes. Instintivamente te llevas la mano a la los parietales y, con una ligera presión, te das el primer masaje para intentar salir del encefalograma plano en el que te hayas. Luego te arrebujas bajo las mantas intentando que eso que te está ocurriendo no sea más que un mal sueño del que aún no te has despertado. Cuando, por fin, haciendo acopio de valor decides incorporarte, lo haces por tiempos, quedándote sentado en el borde de la cama, apiadándote de ti mismo y prometiendo, solemnemente, que no va a volver a ocurrir, que no volverás a tomar nunca esa última copa que, estás seguro, es la que te jodió de esta manera. Ni por un instante piensas que la mezcla de vino, chupitos, cervezas y cubatas no es buena de ninguna manera, no. Ha sido aquella última copa, cuando ya no tenías sed y cuando el garito estaba a punto de cerrar la que te está amargando esta mañana de forma insistente.
Gelucho está durmiendo a mi lado, roncando, mientras la luz del sol pugna por entrar entre las cornitas del enorme ventanal del salón. Margy también duerme profundamente en la cama de al lado. Mientras voy rumiando mi desdicha en pos de una aspirina pienso en que pronto pasará esta horrible resaca y que, en pocas horas, estaremos en Italia, subiendo el Stelvio, disfrutando de las hermosas vistas de Belagio, el lago Lugano… Otro día hermoso para viajar en moto. Son las nueve de la mañana y el calor ya aprieta, calculo que unos veinticinco grados de temperatura. Perfecto.Mientras Margy prepara el desayuno despierto a Gelu sin demasiados miramientos y le recuerdo que la terraza no es el mejor sitio para dormir, por mucho que el amanecer sea el momento más hermoso del día. Su cara desencajada y gesto torcido hacen que no necesite más respuesta.
Después de desayunar y preparar el equipaje nos despedimos de nuestra anfitriona. Nos ha tratado como a amigos de toda la vida, hemos congeniado estupendamente y me gustaría quedarme unos días más pero la ruta debe continuar. A veces pienso que estos viajes míos son como un mandato divino, una peregrinación hacia ninguna parte que siempre debe continuar. No hay lugar para el descanso, tan solo viajar sobre la Vstrom y llegar a un nuevo lugar, conocer otras gentes, hacer nuevos amigos y avanzar, como dice el título de mi página web, sin destino, sólo hay travesía.
Ascendemos por la autopista, que nos llevará hasta el Brennerpass, con mucho tiento porque las curvas de “paella” se suceden y, a pesar de los tres carriles es fácil comerse una de ellas. Las autopistas austríacas son de factura impecable. Anchas, con buen firme y con tráfico fluido, al menos en esta soleada mañana de domingo. Yo llevo la pegatina que me autoriza a circular por ellas pero Gelu está aquí de ”ilegal”. No es que yo sea más cumplidor de la ley que él, simplemente a Margy le sobraba una y la colocamos en mi moto. Sin este requisito no se puede hacer uso de ninguna autopista, o mejor dicho, se puede hacer uso pero te arriesgas a una multa importante si te sorprende la policía sin el adhesivo.
Mientras descendemos, ya en Italia nos adelanta un grupo de Ferraris. Unos kilómetros más adelante volvemos a rebasarlos y me sitúo en paralelo mientras saludo al propietario y le hago monerías. El me sonríe, cómplice. Ambos estamos disfrutando de la ruta, aunque de forma totalmente distinta.
Pronto abandonamos la autopista y regresamos a las carreteras de montaña. El plan sigue su curso y antes de atacar el Stelvio subiremos el Passo Giovo a dos mil noventa y cuatro metros, un puerto de quince o veinte kilómetros plagado de curvas de ciento ochenta grados y donde se dan cita un buen número de motos de toda clase. Hay varias custom que ascienden torpemente en pos de la cima. Definitivamente una moto diseñada en su origen para los grandes espacios abiertos de Norteamérica no se encuentra en su medio ideal negociando curvas en los Dolomitas. Recuerdo mis tiempos de ruta sobre la Intruder 1400, una máquina con gran lanzamiento de horquilla y una tendencia demencial a caerse hacia el centro de la curva. Por no mencionar sus frenos, altamente ineficaces a la hora de detener aquella mole de hierro cromado con motor de tractor. Era una moto bonita y poco más. 
Aquí, en la cima, disfruto del frescor alpino y me congratulo de pisar de nuevo Italia. Me encanta hablar italiano. Reconozco que no tengo ni idea y que, lo que no sé, me lo invento, pero, aún así, es un placer juntar los dedos de la mano derecha y gesticular como un mafioso siciliano. Esto de los idiomas es un tanto frustrante para mi porque, sin dominar ninguno, siempre intento hacer algún chapurreo allí donde me encuentre. Ya hemos pasado San Martino y llegamos a Merano, una ciudad hermosa con amplios jardines y paseos que será el preámbulo de nuestro ascenso al Stelvio. Lo tengo tan cerca, tan al alcance de la mano que ya estoy saboreando el aire de la cumbre, sus cuarenta y ocho “tornanti”, su halo de puerto mítico.
Circulamos por el Val Venosta y varias motos nos dan la pasada sin respetar líneas contínuas. Aquí todo lo concerniente a la regulación del tráfico parece más relajado. En una de las “porterías” con paneles de información de tráfico me parece leer algo del Passo dello Stelvio pero no le presto demasiada atención. Después de pasar Silandro tomamos un desvío a la derecha, enfilando definitivamente, las primeras rampas que conducen al Stelvio. A la derecha un cartel dice algo de que el Stelvio está cerrado por la nieve. Me imagino que se habrán olvidado de quitarlo porque estamos en el mes de junio y en esta época no hay puertos cerrados.Allá, al fondo del valle se ven los impresionantes picos del Parco Nationale dello Stelvio, con sus cumbres cubiertas de nieve y las laderas oscurecidas por el verde de los abetos. Es un paisaje tíicamente alpino, una postal mítica de los Alpes italianos. Sonrío maliciosamente en el interior del caso y me digo “allá vamos”. Gelu se ha quedado atrás, haciendo sabe Dios qué y decido no esperarlo, ya nos veremos arriba. Agradezco que vaya un poco más lento porque este tramo de ruta es para disfrutar en solitario, en comunión con la carretera, en egoísta ascensión que ha de experimentarse en la más completa soledad 
Con las primeras rampas vulevo a ver otro cartel que indica que el puerto está cerrado. Este sí lo leo claramente pero prefiero pensar que se trata de un olvido. Si el puerto estuviera cerrado las indicaciones serías más visibles y más ostentosas. Aquí está el primer “tornanti”, empedrado, como corresponde y con una buena pendiente. Un placer malsano recorre todo mi cuerpo en este primer saludo al Stelvio. Es un hola sosegado que escenifico entornando los ojos y torciendo la boca en una mueca que tiene algo de lascivia.Las curvas cerradas se suceden y la pendiente es cada vez más pronunciada al tiempo que la carretera se va estrechando. Los abetos jalonan la carretera y se descuelngan ladera abajo manteniéndose firmes en esta pendiente imposible. Al dejar atrás las últimas casas una barrera pintada de blanco y rojo se haya levantada. Se trata de un dispositivo que se usa para cerrar los puertos al comenzar el ascenso durante el invierno, cuando están cubiertos de nieve. Más arriba, otra barrera, ésta de bloques de cemento, también está abierta. Esto corrobora mi teoría de que el puerto, a pesar de las señales que encontré abajo en el valle, está abierto. La carretera está solitaria, es mía, me pertenece. Soy el más feliz del mundo rodando en este silencio tan solo roto por el discreto escape de la Vstrom. La brisa se torna cada vez más fría y el olor a pino y a frescura se cuela al interior del casco impregnándome, aún más, de aroma de la montaña.Han desaparecido los árboles conforme voy ascendiendo y las frondosas y pináceas se ven cada vez más lejanos en las laderas cercanas al valle. Ahora los canchales y los neveros sustituyen a la arboleda y veo la carretera en toda su impresionante magnitud. El piso, en algunas curvas, ha sido reparado recientemente pero, aún así, toda está bastante bacheada y no ofrece mucha confianza. En las zonas más umbrías aparecen algunos neveros, goteando, exudando invierno y mostrando la suciedad de la tierra que se les ha venido encima.Me salen al paso un par de marmotas alpinas, jugueteando en la carretera. Al verme, sorprendidas, corren a refugiarse en sus madrigueras del talud de escollera. Me detengo un rato para verlas más de cerca pero se niegan a salir de su escondite. Estas marmotas son como ardillas gigantes, rechonchas y con una gruesa capa de pelo. Viven a partir de los ochocientos metros de altitud y también son comunes en algunos lugares del Pirineo.Cuando ya todos los árboles han quedado atrás definitivamnete y los neveron son frecuentes veo una especia de hotel o restaurante a unos cien metros de la carretera, situado en un llano imposible en medio de valle. Ya falta muy poco para llegar a la cumbre, calculo que no más de cinco kilómetros a juzgar por la cantidad de curvas que ya he tomado. Decido no parar porque mi objetivo está tan cerca que casi lo puedo acariciar.
Al salir de una curva cerrada una excavadora ocupa toda la carretera de un lado a otro impidiendo el paso. Ahora ya está claro que el puerto está cerrado. Durante todo el recorrido vengo ignorando los carteles de advertencia pero esta excavadora en medio no deja lugar a dudas: de aquí hacia arriba no se sube.
Me paro en el hotel que acabo de rebasar, está cerrado. Unos eslovacos me preguntan si sé algo de las obras y cuando abrirán la carretera. Obviamente sé menos que ellos, acabo de llegar.
Llamo a Gelu para decirle que se puede ahorrar la subida, que me espere allí donde se encuentre pero su telefono está apagado. Decido esperarlo un rato. Me gusta pisar la nieve, aunque, como en este caso, esté sucia de tierra y muestre un penoso estado de decrepitud, de nieve vieja y ajada.
Voy a bajar de nuevo porque mi compañero no da señales de vida así que voy a su encuentro. En la bajada, casi en el fondo del valle, pregunto a unos obreros si han visto pasar una Ducati ruidosa. No ha pasado. Mas abajo una señora me dice lo mismo. Que raro. ¿Habrá tenido una avería? En este viaje la Ducati se ha mostrado bastante fiable, no "strappa", no petardea en las retenciones, tira bien desde las tres mil vueltas… todo andaba dentro de unos parámetros aceptables.  
Al llegar a Prato dello Stelvio, en una enorme recta, hay un Fiat Punto atravesado en la carretera y los carabiniere están dando paso de forma alternativa. Yo ya llevo un rato preocupado y al ver este panorama, instintivamente, comienzo una cantinela mental. "Que no sea él" "que no sea él", "que no sea él" . Pero veo la Ducati, destacada, sobre la plataforma de una grúa. Busco a Gelu con nerviosismo y no lo veo por ninguna parte. A un lado de la carretera, sentado con aire ausente y abatido, hay un chico que fácilmente identifico como el conductor del Fiat. Antes de quitarme el caso oigo a uno de los carabiniere que dice, aliviado, que ha llegado "il amico".
La situación comienza a aclararse en mi cabeza y, conforme pasan los segundos, voy elaborando planes de aplicación inmediata. Sé que mi compañero no está, probablemente se lo hayan llevado en ambulancia. La moto no puede continuar viaje, está echa polvo. La policía querrá arreglar papeles. El conductor también. Poco a poco voy colocando cada asunto en una estantería mental, todo bien a la mano y con su solución apuntada en una nota al lado de cada obejeto-idea.
Me bajo de la moto y me dirijo al policía que parece dirigir el cotarro. No lleva uniforme, viste un polo y pantalón corto pero no cabe ninguna duda de que es el jefe. Le pregunto por Gelu y la gravedad de sus lesiones, así como el hospital al que se lo han llevado.
Ya quedaron solucionados el asunto de los papeles, el taller al que se va la moto y los datos del Fiat y he quedado emplazado a presentarme mañana o pasado, de nuevo, en las dependencias policiales en Males para recoger el atestado policial, o, por lo menos, un informe reducido de lo ocurrido. El Fiat, en una recta enorme, giraba a su izquierda, rebasando el carril contrario para entrar en la gasolinera sin percatarse de que, de frente, venía una Ducati y su piloto con la sana intención de subir el Stelvio y luego ir a conocer Belagio, Lugano, Suiza… Me imagino el accidente en cámara lenta y lo veo, una y otra vez, tanto desde la moto como desde el coche. La moto circula por su carril, a ochenta o noventa por hora. Había una señal que restringía la velocidad a sesenta, pero estaba tapada por la vegetación y no se veía. De frente, un coche se acerca en dirección contraria. Pero en lugar de que ambos vehículos se crucen con normalidad el Fiat azul inicia la maniobra para girar a la izquierda, ocupando la mitad del carril. Al ver a la moto se detiene bruscamente y la moto, después de una frenada de tres o cuatro metros, se va de atrás. Gelucho golpea el asfalto con el hombro. La moto y el piloto se arrastran en dirección al coche. El caso impacta contra la parte delantera y la moto se empotra en los bajos del coche.
De camino al hospital, a dieciséis kilómetros, otra cantinela vuelve a mi cabeza repitiéndose machaconamente. "que no haya sido nada", "que no haya sido nada", "que no haya sido nada". En la sala de urgencias no me permiten entrar a verlo, aún está con el doctor y en un rato me dirán algo. Pasan los minutos. Llevo más de una hora esperando y aún desconozco el alcance de las lesiones de mi compañero. Una enfermera rubia me pregunta si hablo italiano que necesita un intérprete para que el doctor le diga a Gelu lo que tiene. Sigo a la enfermera por los pasillos de urgencias y me la imagino con minifalda, blusa apretada y cofia. Supongo que la mente tiene sus válvulas de escape para momentos de tensión pero no me parece que sea el momento más adecuado para manidas fantasías sexuales. Borro el tópico de mi cabeza.
El doctor es un hombre delgado, bronceado y con un bigote entrecano. Calculo que tenga unos cincuenta años aunque aparenta menos edad. Viste pantalón blanco y polo del mismo color. Me lo imagino en el puerto deportivo preparándose para pasar la mañana del domingo en su velero de doce metros de eslora, con su señora, una dinámica rubia de cuarenta y cinco y otros dos matrimonios con los que salen a menudo.
En su placa pone Dr. Stecher. Tiene una voz aterciopelada, tranquilizadora, muy a tono con todo su aspecto. Me dice que Gelucho tiene una lesión en la espalda, una, o quizá dos, vértebras rotas. Trago saliva y aprieto los labios. Las manos comienzan a sudarme y me las froto contra el mugriento pantalón. Miro a Gelucho pero no es necesario que le traduzca nada. la cosa ha quedado bastante clara. El reporte médico continúa. El omóplato también está roto y varias costillas. Además le han detectado un neumotórax y hay que intervenirlo para insertarle un drenaje en el pulmón. Le insisto al Dr. Stecher en que me explique, bien a fondo y con términos sencillos, dado mi manejo básico del italiano, el alcance de las lesiones de la columna pero no obtengo más que un "debiamo spetare", (tenemos que esperar), y que estará varios días en observación.
El sol se muere en Val Venosta y sus tonos anaranjados tiñen la cristalera de la fachada del hospital. El apuntado campanario de la iglesia también se refleja. Y mi silueta, observándome a mi mismo como un espantapájaros de brazos caídos. Desde aquí veo la moto, aparcada a escasos veinte metros. Parece que me llama, que intenta consolarme pero no le hago caso. Vuelvo al interior del hospital y durante otras dos horas recorro los pasillos vacíos una y otra vez escuchando, de cuando en cuando, conversaciones en ese alemán tan particular que se habla en esta zona. Solo entiendo un par de palabras sueltas. Paso por sus vidas como un fantasma escuchando un retal de conversación que no entiendo y desaparezco.
Resuenan en mi cabeza los ecos de la fiesta de anoche. Las risas, las bromas con el idioma, las copas, Gelu bailando en la pista la tía de las posturitas… Y ahora está arriba, con el ayer tan lejano, en el "secondo piano", en la planta de cirugía para instalarle una tubería drenante.
El hospital está casi desierto, en silencio. De vez en cuando alguna enfermera entra o sale de la sala de urgencias para dar fé de que todo sigue funcionando. De fondo el sonido del TAC, amortiguado y el rumor de un ventilador en la oficina de admisiones.
Una enfermera sonriente se me acerca y me dice que en unos instantes lo subirán a planta. Carlamos sobre el Stelvio, "tancato per il lavoro" y sobre nuestro viaje. Me dice que hemos tenido mucha suerte. Yo, con cara de circunstancia le digo jque sí, que hemos tenido suerte pero ha sido mala.
En la habitación bromeo con las enfermeras y con Gelu. Intento crear un ambiente distendido de "aquí no ha pasado nada" y comienzo a sentirme un poco ridículo e histérico a partes iguales. En realidad estoy totalmente abatido. pero mantengo la compostura.
Se ha quedado en la habitación, tranquilo, reposando, con el drenaje asomando por un costado. Bajo las escaleras a la primera planta, con los puños apretados, sucio, triste. Las lágrimas comienzan a rodarme por la mejilla. Me siento en el suelo, al lado de la moto y lloro amargamente, sintiéndome inútil, sin saber qué hacer ni a dónde ir. Toda la tensión del día sale ahora en forma de lágrimas de llanto desconsolado y el mundo, de repente, se convierte en una mierda irreconocible.
Después de media hora llamo a Elena, mi mujer. Necesito escuchar una voz reconfortante y un poco de ánimo, aunque sólo sea para salir de aquí y buscar un hotel. Está en Oviedo, de sidras con unos amigos. Su voz suena amable y alegre e inmediatamente me inundo de remordimientos por lo que voy a contarle. Le voy a joder la noche pero no tengo opción. Cómo me gustaría tenerla a mi lado ahora mismo, mirándola en silencio, perdiéndome en sus enormes ojos verdes.
Cuelgo el teléfono y regreso a mis cavilaciones un rato más. La moto no me dice nada.
Hablo por teléfono con la hermana de Gelu, conteniendo el llanto y procurando parecer animado. Me río y le quito importancia al accidente. Miento conscientemente y le quito importancia al accidente. Al fin y al cabo ella está a tres mil kilómetros de aquí y en nada la ayudará saber detalles sobre nuestra situación sin poder hacer nada.
Me siento culpable.
Salgo del aparcamiento, al fin, y me dispongo a buscar un hotel cerca del hospital. Enseguida encuentro uno y el chico que me atiende habla portugués. Con eso nos vamos entendiendo. En el hotel Schawarzer Widder tumbado en la cama, intento limpiar mi mente, vaciarme de pensamientos. Mañana necesitaré, otra vez, tener la cabeza despejada. Estoy tan perdido