Libro: Desde el Arcén. 10.000 km. en Ciclomotor

DESDE EL ARCÉN. 10.000 KM EN CICLOMOTOR

Desde el arcénImagínate subirte a un velomotor, un Mobylette del año de la polka y lanzarte a cruzar el Sáhara desde Argelia hasta el África Negra.
La ruta narrada en “Desde el Arcén” se realizó hace casi 20 años por Ignasi Florensa un catalán que por aquella contaba con 41 años y es, por decirlo de forma suave, un libro extraño. Cuando lo compré lo hice con el convencimiento de que estaba adquiriendo otro libro de viajes, una narración personal en la que el autor nos cuenta sus impresiones sobre el viaje y su periplo recorrido. Nada nuevo en su planteamiento pero, por lo general, deliciosos de leer. Sin embargo en la primera página, y en el más sentido literal pues la frase está estampada en la parte interior de la tapa, se nos advierte que nos adentramos en una novela basada en hechos reales protagonizados por el mismo autor (sic).
Uno no sabe muy bien como tomarse esto de los hechos reales, en plan “España Directo” y con ese ánimo un tanto turbado, comencé la lectura.
He de decir que me pareció horrenda, espantosa, abominable, al menos en sus cien primeras páginas. El texto, plagado de diálogos hasta la saciedad, se hacía monótono, burdo, cargante hasta el tedio. Y cuanto más profundizaba en las pláticas del protagonista, con los grises secundarios que nada aportaban a la “trama”, más me desconcertaba el hecho de descubrir diálogos fofos e inconsistentes tras los que no había nada más que aire. Tampoco ayudaba el hecho de encontrarse faltas de ortografía de cierta relevancia y expresiones construidas con una más que evidente falta de tino.
Aún así, continué leyéndolo, levantando la vista a los cielos de vez en cuando y meneando la cabeza como aquel que no da crédito a lo que lee.
A partir de la página 70 la cosa mejora un poco y la lectura se va haciendo menos árida pero sigue pesando el hecho de no saber si te están contando un viaje o el autor te está tomando el pelo a base de una imaginación desbordada.
 
Desde el ArcénAún partiendo de la base de que nadie es totalmente objetivo cuando escribe, (y qué menos objetividad cuando uno escribe sobre sí mismo), creo que el autor no tenía ninguna necesidad de inventarse aventuras en su viaje por África, ya bastante azaroso de por sí. De este modo los lectores nos quedamos con la duda de si realmente le han pasado las cosas que nos cuenta o nos está vacilando. Es cierto que no nos vacila del todo pues ya nos advierte que es una novela basada en hechos reales, pero la cosa se queda a medio camino entre la realidad y la ficción. Para ser novelista hay que escribir bien y el autor no domina, ni de lejos, este difícil arte. Si hubiera optado por trasladarnos su diario de a bordo, sin adornarlo con batallitas a medio camino entre lo real y lo imaginario, su obra hubiese tenido mucho más éxito.
Ignasi nos pasa por los morros una y otra vez el dominio que tiene el protagonista de la obra sobre los motores de ciclomotor describiéndonos averías y técnicas de reparación que, una o dos veces educan, tres o cuatro, aburren y a partir de ahí ya depende de la pasión del lector por este tipo de motores.
También cae el protagonista, Lluc Rodamón, en el tópico manido de este tipo de relatos, lo que vamos a llamar a partir de ahora, “el síndrome del aventurero de la hostia”, empeñado en separarse, bien a las claras, de las hordas de turistas que hay repartidos por el mundo. Ya se comentó por este blog el deje que tienen algunos autores que se encargan de dejarnos bien clarito que ellos no son turistas y que nada tienen que ver con los grupos de alemanes que, repartidos por la faz de la tierra, turistean cual rebaños bien aleccionados. Es como distintas subespecies de gente que se mueve. Unos son turistas, otros son viajeros, otros aventureros, otros trotamundos… y todos creyéndose superiores a los demás por hacer lo que hacen. Nuestro prota no es capaz de sustraerse a este hecho y nos deleita con varias frases perladas de hedonismo rampante.
Lo que peor me ha caído, sin lugar a dudas, es una de las afirmaciones que escupe en los alrededores de la página 147:
“No hay nada más capullo que un negro ilustrado”.
Discrepo sobre la presunta capullez, sobre todo a la vista de esta frase en la que el “auténtico viajero” que la profiere hace gala de su falta de “ilustración”. Pero no se preocupe el presunto lector porque hay más capullos y más gente censurada de forma mordaz a lo largo de la obra.
 
¿Qué tiene de bueno este libro entonces? Pues varias cosas. La primera que Florensa le echó un par de huevos al pagarse el mismo la edición, sin depender de editoriales ni patrocinios, (al igual que su viaje). La segunda que algunos pasajes están bien escritos y podemos recrearnos en los paisajes africanos son delectación. Y la tercera que descubrimos que el viajar no depende de la máquina que tengas o de tu poderío económico sino de las ganas que tengas de hacerlo.
 
 
Si deseas contactar con Ignasi o comprar su libro, el precio son 15 € y su teléfono 647 444 833

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